Montón de cosas que no sabíamos

• Algunas personas nacen con un sistema bioquímico alegre que permite que su humor oscile en niveles más altos.

• La persona promedio tiene más probabilidad de morir por suicidio que a manos de un terrorista, un soldado o un traficante de drogas.

• En 2010, las hambrunas y la desnutrición mataron alrededor de un millón de personas, la obesidad a tres.

• La discriminación contra los católicos era legal en diversos sitios de los Estados Unidos hasta 1835.

• En el antiguo Egipto uno de los puestos clave en el Palacio era el de “Guardián del Recto real”.

• Solo quedan en el mundo 80,000 jirafas comparado con los 1,500 millones de cabezas de ganado.

• Las principales bajas de la II GM fueron los rusos, más de 20 millones entre civiles y soldados.

• El nombre real de Nueva York era Nueva Amsterdam y fue fundada por comerciantes holandeses.

• Entre los tracios, un pueblo guerrero europeo, cuando moría un hombre, sus mujeres discutían entre ellas para ver cuál había sido la favorita y así tener el privilegio de ser muerta y enterrada junto a éste.

• Una de las peores crisis financieras fue la “burbuja del Mississippi” en el siglo XVIII.

• La palabra “testificar” viene de “testículos”, del hábito de poner la mano en éstos al comprometerse a decir la verdad.

• Indonesia fue una “colonia privada” por más de 200 años (Fundada por la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales).

• La circuncisión era frecuente entre los egipcios y también diversos pueblos musulmanes.

• Los Neandertales no morían jóvenes, la baja mortalidad infantil afectaba el cálculo de la esperanza de vida promedio.

• Los griegos se ejercitaban desnudos pero se “amarraban” la punta del pene con una especie de “safety pin”.

• Los nuevos Papas debían “verificar” su “adecuación” al puesto sentándose en una silla que permitía que sus testículos colgaran y su existencia fuera verificada por un cardenal.

• Los babilonios subastaban cada año a las muchachas casaderas. Las más atractivas obtenían precios altos y con este dinero se formaban dotes para que las feas pudieran encontrar marido.

Para los que les gusten los datos “inútiles” les recomiendo “El libro de los Sucesos” de Isaac Asimov.

Creer en lo “normal” o “natural” es como creer en el hada de los dientes

Es muy sencillo, no existe algo como lo “normal” de carácter atemporal ni lo “natural” es sinónimo de lo moralmente correcto. Ejemplos hay montones:

Si lo normal significa lo “frecuente”, lo “socialmente aceptado”, lo “común”, entonces era normal en Grecia no sólo ver parejas homosexuales (como las que tenían Alejandro Magno o Aquiles), sino relaciones entre hombres mayores y muchachos jóvenes (muy jóvenes).

Lo “normal” en los tiempos de Hammurabi, incluso lo “legal”, era que la hija de un homicida fuera ejecutada como castigo del asesinato que su padre había cometido. Sip, eso de la inocencia de los terceros en cuestión no era de importancia.

Ahora, cuando revisamos la noción de lo “natural”, ésta tampoco sale bien librada. Si lo “natural” significa lo que ocurre en el mundo animal, entonces, lo natural entre los mamíferos (clase zoológica a la cual pertenecemos) es no ser monógamo (menos del 3% de los mamíferos lo son).

O también podemos pensar que la masturbación no es natural, pero los caballos, los monos, los delfines, los perros, las cabras, los elefantes y muchos otros animales lo hacen.

Lo que ocurre, es que nos encanta justificar nuestros deseos y necesidades bajo una entidad más poderosa que nuestra simple preferencia personal.

Por tanto, no es que “a mi” me guste o que “yo” piense o crea sino que algún ente más poderoso – y seguramente más sabio, como la Madre Naturaleza – lo decidió así.

Ahora bien, para distinguir entre lo realmente natural y lo cultural, el historiador Yuval Harari establece una buena regla empírica: Diferenciar entre lo que la biología permite y lo que la cultura prohíbe.

Su punto es que la biología tolera un espectro muuuy amplio de posibilidades mientras que la cultura obliga a la gente a realizar sólo algunas de éstas y no otras.

De hecho, continúa Harari, en el mundo Occidental, nuestros conceptos de “natural” y “antinatural”, no se han tomado de la biología, sino de la teología cristiana. Es la religión la que ha establecido “el uso natural” de las cosas y prohibido muchos otros.

Pero, como concluye el historiador, no hay nada realmente antinatural: Si la naturaleza lo permite, entonces es natural.

Así que, más que limitarnos y tratar de limitar al Otro, exploremos los no límites de nuestra naturalidad. Recuerden, todo lo naturalmente posible se vale – O dicho de otra manera: Olvidémonos de los prejuicios y disfrutemos más -.

Obviamente la recomendación es el libro de Harari: “Sapiens. De animales a dioses: Una breve historia de la humanidad”.

Cómo las hormonas le dan al traste a la búsqueda de nuestra “otra mitad”

Uno elige pareja con base en un montón de criterios, algunos más claros y racionales, otros más misteriosos y sorprendentes. Por ejemplo, sabemos que nuestros patrones familiares determinan en gran parte el tipo de personas que nos atrae. También nos queda claro que muchos establecemos un perfil físico que, normalmente, nos gusta más que otros.

Pero, no teníamos claro que nuestras hormonas nos pueden hacer fallar estrepitosamente en esta elección. Dos ejemplos puntuales: Las mujeres que toman anticonceptivos y los hombres de edad madura.

Cuando se toman pastillas anticonceptivas se afecta el ciclo menstrual, pero también se ve seriamente afectada la capacidad de elegir la mejor opción de pareja en términos biológicos. El coctel de hormonas que las mujeres toman de manera diaria, mensual o semestral altera la búsqueda de la perfecta combinación de anticuerpos que hará que su descendencia sea más fuerte y resistente a enfermedades.

De hecho, aquellos que han escuchado del experimento de las camisetas sudadas (no mojadas, eso es otra cosa), saben que las mujeres eligen “aromas” a partir de cierta compatibilidad, es decir, prefieren aquellos que hacen un mejor fit genético con su carga personal.

Entonces, con el gran buffet de hormonas corriendo por sus venas, resulta difícil hacer caso a los criterios biológicos básicos y se acaba por elegir a una pareja que, sencillamente, no respeta las leyes básicas de nuestra biología.

Y, como es de esperarse, una vez que se deja de tomar pastillas, la pareja elegida cuidadosamente (tanto así que tuvieron la precaución de no procrear hasta fortalecer su relación), ¡zas! ya no resulta tan encantadora, aunque no sepamos por qué.

Explicaciones seguramente sobrarán, pero nadie tendrá claro que es Madre Naturaleza buscando el mejor fit para el sistema inmune de sus hijos la responsable de esta situación. Y lo peor, ya sin la carga de las pastillas, seguramente habrá atracción hacia otro hombre, no hacia el encantador marido que se tiene al lado.

En el caso de los hombres, las hormonas también les hacen una mala jugada. Cuando llegan a la “edad madura”, osease por ahí de los 45-50 años, sus niveles de testosterona comienzan a bajar. Esto afecta, entre otras cosas, su estado de ánimo y, sobre todo, su libido (osease, las ganas de coger).

Se sienten decaídos, bueno, hasta deprimidos. Y claro, empiezan a cuestionar la relación, la pareja que tienen al lado (además de sus éxitos laborales, su patrimonio y toda otra serie de supuestos generadores de bienestar).

Ahora, una de las principales maneras en que se puede “recuperar” esta energía, este gusto por la vida y, claro, el deseo de aparearse es…. Sip, teniendo un nuevo interés sexual. A esto se le llama el efecto Coolidge (gracias al expresidente de Estados Unidos a quien se le atribuye una simpática anécdota cuya conclusión es: La variedad de parejas sexuales es vigorizante).

Pero no nos espantemos, esto pasa hasta en los mamíferos más fieles. La aparición de una nueva posibilidad sexual hace que los niveles de testosterona suban.

Con esto, los hombres se sienten revitalizados, con gran energía y un excelente ánimo (además de con hartas ganas de coger). Pero ¡oh! ¿cuál es el pequeño detalle? Que asocian este rush de químicos con el amor y deciden que han encontrado a su nueva pareja de vida. Por tanto, corren a “rehacer” su vida con quien los hace sentir “vivos”.

Lástima que, con el tiempo, los niveles de testosterona regresan a su base inicial (porque su “nueva” pareja deja de ser una novedad) y se dan cuenta que, la verdad, no estaban enamorados sino entestostereados. ¡Qué pícara nos resultó Madre Naturaleza!

Así que váyanse con cuidado, haciéndole caso a su mente y a su corazón pero sobre todo a su cuerpo. Es sabio y sabe lo que conviene. Aprendámoslo a escuchar un poquito más.

El orgasmo femenino… ¿por qué es un acto de protesta?

En las crónicas de la historia médica hay una enfermedad con síntomas muuuy delicados: Ansiedad constante, insomnio, irritabilidad extrema, etc., etc.

Este serio padecimiento sólo atacaba a las mujeres pero su gravedad era tal que, para el siglo XIX – nos dice la literatura -, 75 por ciento de las ciudadanas americanas necesitaban tratamiento médico.

Y no sólo Freud habló de ella, sino que desde tiempos de los sabios griegos, su diagnóstico ya había sido establecido. Es más, hasta principios del siglo XX, existía un recurso casi infalible para remediarlo.

Sin embargo, la gravedad del padecimiento era tal que no bastaba una dosis, sino que el tratamiento tenía que ser aplicado de manera regular.

Y sip, se están imaginando bien, estamos hablando de la histeria y del tratamiento “médico” para tratarla.

¿Y cuál era la gran solución a este gravísimo malestar? El “masaje vulvular”.

Como lo oyen, los especialistas (o en su caso, sus enfermeras cuando el tratamiento demandaba demasiado tiempo) frotaban las vulvas de sus pacientes.

Ahora, parecería obvio que lo que estas pobres mujeres padecían no era otra cosa que mal sexo. Se trataba de mujeres mal cogidas o, sencillamente no cogidas, que no lograban alcanzar el orgasmo (porque de masturbarse ni hablar).

Por tanto, necesitaban ir al médico para lograr una “descarga energética” (¿qué tal el lindo nombre?) y así controlar su comportamiento histérico.

Porque claro, eso de reconocer que las mujeres tenían derecho al placer sexual y, es más, tenían harto deseo, se consideraba escandaloso, casi humillante.

Nosotras, tan puras, ahora resulta que éramos dependientes de cosas tan mundanas como una vil explosión de placer.

Pero, ocultar el deseo sexual femenino, presentarlo como algo malo, casi patológico, no se limita a épocas medievales. Todavía existen quienes se niegan a reconocer su importancia y hablan de éste como un tabú.

Pero, ¿para qué Madre Naturaleza nos habrá dotado de un órgano cuya única función en la vida es dar placer (nuestro preciado clítoris) si no es para usarlo?

Así que sólo para empezar a emparejar el marcador, yo creo que es nuestra obligación moral tener un montón de descargas energéticas.

Si quieren reírse un rato (de lo patético de los ejemplos), les recomiendo el libro “The technology of orgasm” sobre la variedad de dispositivos para remediar la histeria femenina.

¿Cuál es la diferencia entre coger y hacer el amor?

La respuesta es sencilla, ninguna.

Básicamente hay dos formas en las que los grandes simios – humanos incluidos – usan el sexo: Para establecer vínculos a la buena o para instaurarlos a la mala.

Me explico, compartimos más de 98% de nuestro DNA con nuestros primos más cercanos, chimpancés y bonobos (una especie de chimpancé pequeño). Es más, somos más similares a ellos que un elefante de Asia con un elefante de África, así que dejemos los purismos y concentrémonos en lo que Madre Naturaleza nos puede enseñar.

El típico chimpancé que hemos visto de astronauta, personaje de televisión y patiño de circo, usa el sexo para demostrar su poder. Tiene relaciones sexuales para dominar y hasta viola a los miembros más débiles. En cambio, los bonobos practican el sexo para reforzar los lazos de amistad. Es más, hasta caminan abrazados y se hacen piojito (osease, no sólo se los comen, sino que se hacen cariñitos en el proceso de búsqueda y captura).

Por tanto, sería muy ingenuo pensar que los primeros “cogen” mientras que los segundos hacen el amor. Realmente es sólo el significado que queramos darle el que diferencia una relación sexual de otra.

O queremos creer que una buena cogida de una sola noche es menos significativa que una docena de camas por “obligación”, aburridas y rutinarias con “el amor de nuestra vida”?

Para complicarla un poco más, está otro primate, primo lejano nuestro, el gibón. Este simio es el único monógamo pero es bastante antisocial y, de hecho, coge muuuy poco. Si, otra forma de establecer relaciones sexuales.

El punto de todo esto es que la complejidad de las tramas sexuales es muy amplia y diversa. Así que nuestros intentos por simplificarlas y clasificarlas en sólo dos sopas (o hay harto placer sin cariñito o hay sexo normal con amorcito) es de un reduccionismo rampante.

Si algo podríamos aprender como el simio más “avanzado” es a aprovechar la riqueza de significados y significantes y disfrutar el abanico de opciones que nos presenta la vida: Coger como extraños con la pareja de años o echarle algo de amorcito al free del mes son sólo dos opciones que bien podríamos aplicar entre muchas otras.

Si quieren revisar más sus creencias sobre sexo léanse “Sex at Dawn” un tratado ya clásico sobre sexualidad humana.

A la esperanza hay que matarla, no dejarla que muera al último

Es bonito creer que ese famoso lema “La esperanza muere al último” es reflejo de una actitud optimista, positiva, incluso socialmente valorada.

Pero yo creo que todo es un gran lavado de cerebro. Esperar que, al final, las cosas mejoren, la gente cambie, los problemas se solucionen, es tan ingenuo como creer que la Bella realmente se enamoró de la Bestia sólo por que ésta tenía un gran corazón.

Lo que ocurre es que nuestra fascinación por los cuentos de hadas nos ha llevado a una parálisis en la toma de decisiones y, sobre todo, en los cambios que nuestras vidas demandan urgentemente.

Pero es que es relindo pensar que nuestro vecino del otro lado de la cama ahora sí, seguro, deja de hacer esas cosas que nos vuelven locos y nos hacen pensar seriamente en el atractivo de una vida en solitario. Que nuestros jefes ahora sí, definitivamente, se van a dar cuenta de qué mal nos valoraron y cambiarán sus modos y hasta nos darán un aumento.

Y así, la lista es interminable: Que si mi madre, que si mi suegra, que si la vecina, que si nuestros gobernantes. Nada, la gente no cambia, sólo tiene variaciones coyunturales dentro de su script inicial.

Lo mejor sería dejar de practicar esa dependencia fáctica y empezar a hacernos cargos de nuestra cotidianidad problemática. Enfrentar los problemas como si de nadie más dependieran porque, de hecho, de nadie más dependen, sólo de nosotros y si no lo hacemos, ¿entonces quién?

Asumamos que nuestra vida y nuestra felicidad son nuestra responsabilidad, de nadie más. Y veremos que una vez que dejamos la parálisis de lado, las cosas se ponen posiblemente difíciles pero claramente más divertidas.

Y de lectura, dos blogs lindos e interesantes. El primero, “Barking up the wrong tree” de Eric Barker es la versión “tips” de investigaciones serias mientras que “Brain pickings” de Maria Popova trae referencias literarias y filosóficas sobre problemas cotidianos.

El placer de hacer preguntas

Porque lo importante, dice el filósofo, son las preguntas, no las respuestas. Y tiene razón. Sin embargo, todos tenemos claras opiniones sobre cualquier cantidad de preguntas. Nos aferramos firmemente a toda una serie de afirmaciones que, en muchos casos, ni siquiera hemos revisado o analizado.

Simplemente, vamos por la vida asumiendo que lo que nos han dicho, es. Que lo que todos hacen, es lo “normal” y que el juicio social es totalmente válido (aún cuando nuestra intuición y/o nuestros sentimientos vayan por otro lado).

Nos gusta la inercia, aún cuando ésta nos provoque incomodidad como un chícharo en el cojín del sofá donde estamos sentados. Preferimos cambiar de posición y acomodarnos de ladito, que cambiar la manera en la que pensamos.

Tenemos temor a criticar, a cuestionar; sin darnos cuenta que, un buen argumento, no sólo puede cambiar la manera en la que vemos las cosas sino que nos enseña a ser autocríticos, a revisar nuestras propias opiniones y a validar su solidez.

Se nos olvida lo que dice Immanuel Kant: No somos una cosa más en el mundo, somos “la” cosa que experimenta otras cosas. No podemos negar que la curiosidad es parte inherente de lo que somos como especie y de quienes somos como individuos.

Así que cómo ir por la vida sin aprender, discutir, reflexionar… ¿O para qué tenemos un graaan cerebro al que le caben hartas cosas?

Y qué mejor manera de tener nuestro cerebro ocupado que priorizar el “Qué” por encima del “Cómo”: El primero es el dato, objetivo, frio. El cómo es la apropiación personal, contextual, coyuntural. Es decir, toma la información y después… haz lo que quieras con ella, hazla tuya, organízala en tu cabeza como mejor te plazca (de todas manera, tanto conocimiento no te dejará actuar a lo tonto). Además, pensar hace la vida mucho más interesante.

Vayamos pues a disfrutar la sinapsis que, en su gran sabiduría, Madre naturaleza decidió que fuera terreno infinito para lo que es importante y para lo que no, para todos aquellos que les importa y para los que no. Estamos condenados irremediablemente a ser víctimas de la curiosidad intelectual. Genial, ¿no?

Así que si les interesa entretener un poco a su cerebro, les recomiendo el libro del divulgador español Pere Estupinyà, “El ladrón de cerebros, Comer cerezas con los ojos cerrados”, lleno de datos entretenidos.