¿Cómo sobrevivir a la juventud?

La verdad no tengo ni idea pero sé que tiene que ver con que te dejen darte de topes, conocer hartas cosas y equivocarte seriamente un buen par de veces.

Y así, un día, de repente, te das cuenta que gente entra y sale de tu vida y tu continuas adelante.

Aprendes que nada es tan grave como para acabar contigo y que, quién sabe como, un día te enteras que te caes retebien.

Ves a tus amigos como realmente son y a pesar de eso los quieres. Entiendes que tus papás hicieron lo mejor que pudieron (e incluso esperas hacer un trabajo tan bueno como ellos).

Reconoces que tu cuerpo seguirá creciendo, sólo que ahora a los lados y que ya le piensas a eso de la vida nocturna hasta la madrugada.

El problema es que no hay manual ni agenda que sirva pero, gracias a Dios (Buda o el osito Bimbo) un día decides elegir tus batallas y sigues enojándote o poniéndote muy triste pero ya no te azotas.

Y sin embargo, sigues creyendo en los grandes amores, te esfuerzas en creer que la gente es buena y piensas que las cosas “pasan por algo”.

Te sientes “joven por dentro” aunque tu piel esté cubierta de arrugas y estás seguro de que “cuando seas grande” sí harás ese curso que siempre has querido.

Te extraña cuando la gente te dice señora y piensas seriamente si todavía estás en edad de ponerte pantalones de cuero (por no hablar de la cantidad de centímetros arriba de la rodilla permitidos por década).

Das de brincos cuando una canción te gusta y chiflas a todo pulmón cuando tus seres queridos están compitiendo.

Y es que, por más cursi que se oiga, la edad la trae uno por dentro. Así que si tenemos suerte, no sólo sobreviviremos a la juventud sino que nos quedaremos a vivir en ella por siempre.

Las maldiciones sí existen

Tenemos mucho que aprenderles a los cuentos infantiles, como aprender a no confiar en extraños que nos ofrecen dulces – como Hansel y Gretel – o a no escuchar a aquellos que nos susurran lindas melodías al oído – como el flautista de Hamelin -.

Sin embargo, hay un elemento común que, por alguna razón, siempre pasamos de noche: El asunto de las maldiciones.

Normalmente, cuando pensamos en éstas, se nos viene a la mente alguna buena película de terror o mínimo una de aventura tipo Momia 1 y 2. Pero, ¿nos hemos puesto a pensar en las maldiciones que corren en nuestras familias?

Una maldición, cuentan por ahí, es la expresión de un “deseo maligno” dirigido contra una o varias personas que, en virtud de algún “poder mágico/misterioso”, se cumple.

Éstas afectan a toda la familia, incluso a varias generaciones, y dicen los que saben que romperlas requiere de potentes hechizos. Pues claro, nada se resuelve fácilmente.

Ahora ahí les va LA pregunta del año: ¿Qué pasa de padres a hijos, de generación en generación? Pues ni más ni menos que los patrones de comportamiento que, cuando son bastante enfermitos, se parecen a maldiciones que joden la vida de todos los miembros y a sus descendientes.

Pensemos en esas familias que hacen chantajes, que no expresan afecto o se caracterizan por cualquier otro comportamiento de esos lindos que joden la autoestima. Claramente sus integrantes tendrán problemas para relacionarse y ni hablar de establecer vínculos emocionales sanos y satisfactorios.

Entonces, si un miembro – o una generación – no lucha contra esa maldición, sigue reproduciendo estos comportamientos afectando su felicidad y la de los que vienen después.

Y como en toda maldición, romper estos patrones cuesta harto trabajo pero, afortunadamente no requiere de baños de purificación o talismanes especiales, sólo de hartas ganas de superarlos.

Así que echemos un vistazo a nuestros padres, revisemos la pareja que elegimos y evaluemos el trato que damos a los miembros más jóvenes, seguramente encontraremos alguna que otra maldición a la cual darle cuello.

El marketing de los grandes amores

A todos nos gusta pensar que eso de la “gran historia de amor” cuenta con un montón de ejemplos – incluso famosos casos históricos – que nos dan esperanza y fortalecen nuestra creencia en que, algún día, así será para nosotros.

Pero la verdad es que, cada vez que uno le escarba un poquito a alguno de esos grandes amores, uno se encuentra con cada sorpresa.

Por ejemplo, recuerdo escuchar cuando pequeña que Napoleón y Josefina se escribían laaargas cartas de amor, donde se declaraban su mutua pasión. Cartas que sirvieron incluso de pretexto para películas de esas bien románticas que uno debe ver con una caja de pañuelos desechables al lado.

Pero, frecuentemente, a los directores de cine se les olvida mencionar que esta bonita historia de amor acabó ni más ni menos que en divorcio (además de las múltiples infidelidades de ambas partes).

Otro caso bonito, digno de series y películas, es la historia de Eduardo de Inglaterra y la divorciada más famosa, Wally Simpson. Imagínense que él incluso rechazo el trono para poder estar con su amor.

Sin embargo – y con todo y los 35 años que estuvieron juntos -, las cartas de la “Americana” (así le decía su familia política que, obviamente, no la quería mucho que digamos) dejan entrever que eso de ser el objeto de adoración de un ex-rey las 24/7 es realmente una tarea muuuy pesada.

Claro, también hay historias donde el amor nunca se acaba, donde ambos miembros de la pareja continúan expresando su mutua admiración y cariño por el resto de sus días.

Pero, como el caso de Eloísa y Abelardo, esto no implica que la historia acabe bien. En pleno siglo XI, estos grandes intelectuales tuvieron la poca fortuna de ser separados, ella recluida en su abadía y él en la suya, sólo que castrado, ups. Eso si, siguieron queriéndose harto.

Entonces, ¿por qué nadie nos cuenta la parte en la que las historias rosas pierden su color? ¿Por qué ocultar que toda historia de amor contempla también todos los colores del arcoíris?

Sólo cuando dejemos de creer que el amor siempre es rosa podremos disfrutar de sus azules, amarillos y algunos rojos.

Mi nueva palabra favorita: Orgasmicidad

¿A poco no es genial? Orgasmicidad: La capacidad de tener/alcanzar el orgasmo (porque no todos ni todas la tienen o la saben desarrollar).

Pero, hay otras palabras que no sólo son interesantísimas sino que me pregunto cómo es que hasta ahora me entero de su existencia.

Una de éstas es “Spectatoring”, aunque no tengo muy claro cómo se traducirá al español: ¿Espectadorsismo? ¿Espectadoreando?. En todo caso, se trata ni más ni menos de uno de los errores más graves – y más comunes – a la hora de hacer el amor.

Resulta que en 1970, una de las parejas pioneras en el estudio de la “respuesta sexual humana” (así dice Wikipedia) acuñó dicho término pero, por lo visto, tuvo poco eco y, realmente, no entiendo por qué.

Esto del espectadorsismo – o como sea que se diga – tiene que ver con el estar tan pendiente de uno mismo– de nuestro cuerpo, de nuestro actuar – al momento de tener relaciones, que acaba por darle al traste al placer

Es decir, en lugar de concentrarnos en lo que estamos sintiendo y deseando, nos la pasamos viendo, en pleno rol de espectador de película mala, qué hacemos y cómo lo hacemos, no para disfrutarlo, sino para juzgarlo. Así que, como pueden imaginarse, de alcanzar el orgasmo ni hablar. Estamos tan distraídos haciendo la reseña de lo malo, de las fallas y los supuestos errores que cometemos, que no hay manera de pasarla bien.

Pero además, parece ser que a las mujeres nos cuesta más trabajo eso de concentrarnos en el disfrute a la hora de estar en plena faena amorosa. Esto ocurre incluso en estudios con ratas: Los machos se distraen poco una vez que han comenzado mientras que a las hembras una simple botana las hace olvidar en qué estaban.

Ahora bien, esta situación tiene una clara solución: el “mindfulness” (que se traduce algo así como la “atención plena”). Así que, aunque se oiga a discurso esotérico new age (con todo respeto a éstos), tenemos que practicar el aquí y el ahora incluso a la hora de coger.

Esto nos permitirá resolver también otro error propio del género: La menor claridad para reconocer la respuesta de nuestro cuerpo en general – y de nuestros genitales en particular – a los estímulos sexuales.

En efecto, parece ser que hay un desfase entre lo que nuestro cuerpo siente y lo que nuestra mente cree que sentimos. Uno dice “rico, ya hasta estoy lubricando” mientras que la otra opina que “el programa de televisión está mucho más entretenido que el cristiano que tengo encima”.

Así que, por qué no dejar de ser espectadoras juiciosas y prestar mayor atención a lo rico de nuestras sensaciones. Cambiemos el “para, que yo no tengo ganas esta noche” por muchos y muy variados “qué tal si hoy …”.

Y el sexo ¿qué tan importante es en el matrimonio?

De nueva cuenta, se nos olvida que antes del feminismo, los juguetes sexuales y las pastillas anticonceptivas, eso de coger era otra cosa.

No sólo porque por siglos su función fue meramente procreadora (sip, así dice el diccionario) sino que eso de disfrutarlo era razón suficiente para quemarnos toditos en el mismito infierno.

Pero, y aquí viene la parte tramposa, aunque la eyaculación y el orgasmo masculino no son lo mismo, la primera, frecuentemente… se siente bien. Así que para tener hijos los hombres debían – o al menos podían – disfrutarlo aunque fuera un poquito.

Y entonces ¿qué pasaba con las mujeres? Pues simplemente que ellas no estaban contempladas en la ecuación. Eso del placer era territorio masculino.

De hecho, cuando una mujer se casaba, se asumía (por ella, los otros y sobre todo por el marido) que los esposos se convertían en una sola figura legal, una sola entidad que era representada, ante la sociedad y los jueces, por el esposo. La mujer devenía un bien más a cargo de su querido cónyuge.

Por tanto, cuando una mujer aceptaba matrimoniarse, daba el consentimiento de tener relaciones sexuales en cualquier momento. Es decir, cedía el derecho a decidir cuándo y cómo, dando acceso irrestricto a su esposo al “lecho conyugal”.

Es más, la posibilidad de acusarlo de violación era totalmente impensable. Es hasta 1993 (sip, hace nada) que la Organización de las Naciones Unidas declaró la violación en el matrimonio como una violación de los derechos humanos. ¡El horror¡

Pero nosotros, habitantes del SXXI, tenemos la fortuna (aunque no sé qué tan generalizada sea esta afirmación) de que no nos violen pero ¿qué tal que nos maten del aburrimiento?

Lo que ocurre es que el mundo del placer sigue siendo masculino. Es como el dicho romántico “Donde come uno, comen dos”: Con que uno goce, ya la hicimos.

Realmente ¿qué tan importante es el amor en el matrimonio?

Contrario a lo que nosotros, ciudadanos del SXXI, podríamos creer, por siglos el amor no tuvo un rol central en la vida matrimonial. Es más, durante gran parte de la Historia, éste fue un criterio totalmente irrelevante en la selección de pareja.

Ahora bien, esto no significa que los individuos no se enamoraran o cayeran presas de “bajas pasiones”, es sólo que el amor no se consideraba un elemento determinante de “un buen matrimonio”.

Lo que si importaba – y mucho -, era que el/la prospecto en cuestión fuera hábil en la realización de una serie de tareas básicas para el desarrollo de la vida familiar: Cultivar la tierra, coser la ropa, cuidar los animales, etc.

Dada la centralidad de estas labores, uno puede entender por qué las personas preferían emparejarse para cuidar su existencia misma – vivir en solitario representaría un riesgo muy serio a la supervivencia – más que buscar con quien vivir felices por siempre.

Pero dos fenómenos cambiaron radicalmente esta situación: El crecimiento de la vida urbana y el trabajo asalariado. Por primera vez en muchos siglos, los individuos pudieron priorizar sus intereses ya que su subsistencia no dependía más del Otro.

Y luego, para aumentar la presión por la búsqueda de la felicidad en la vida matrimonial, la disminución del número de hijos – más el aumento en la esperanza de vida – implicó que las parejas pasarían más tiempo juntas, ya no encargadas del cuidado de su progenie sino en plena convivencia.

Claramente, la idea de ser feliz con la persona que se ama adquirió mayor importancia frente a la posibilidad de pasar muuuchos años juntos.

Entonces, en pleno 2017, ¿qué justificación podríamos tener para no ser felices en nuestra vida de pareja? Francamente, ninguna.

Podemos elegirla libremente, ya no dependemos del Otro para subsistir y los hijos se van cada vez más rápido, así que ¿cómo es que nos permitimos ser miserables en nuestros matrimonios?

¿La respuesta? Como siempre, es de índole personal pero en el mismo sentido: Tomemos cartas en el asunto y hagámonos responsables de nuestra propia felicidad o qué, ¿necesitamos al Otro para, al menos, tener a quién echarle la culpa?