El marketing de los grandes amores

A todos nos gusta pensar que eso de la “gran historia de amor” cuenta con un montón de ejemplos – incluso famosos casos históricos – que nos dan esperanza y fortalecen nuestra creencia en que, algún día, así será para nosotros.

Pero la verdad es que, cada vez que uno le escarba un poquito a alguno de esos grandes amores, uno se encuentra con cada sorpresa.

Por ejemplo, recuerdo escuchar cuando pequeña que Napoleón y Josefina se escribían laaargas cartas de amor, donde se declaraban su mutua pasión. Cartas que sirvieron incluso de pretexto para películas de esas bien románticas que uno debe ver con una caja de pañuelos desechables al lado.

Pero, frecuentemente, a los directores de cine se les olvida mencionar que esta bonita historia de amor acabó ni más ni menos que en divorcio (además de las múltiples infidelidades de ambas partes).

Otro caso bonito, digno de series y películas, es la historia de Eduardo de Inglaterra y la divorciada más famosa, Wally Simpson. Imagínense que él incluso rechazo el trono para poder estar con su amor.

Sin embargo – y con todo y los 35 años que estuvieron juntos -, las cartas de la “Americana” (así le decía su familia política que, obviamente, no la quería mucho que digamos) dejan entrever que eso de ser el objeto de adoración de un ex-rey las 24/7 es realmente una tarea muuuy pesada.

Claro, también hay historias donde el amor nunca se acaba, donde ambos miembros de la pareja continúan expresando su mutua admiración y cariño por el resto de sus días.

Pero, como el caso de Eloísa y Abelardo, esto no implica que la historia acabe bien. En pleno siglo XI, estos grandes intelectuales tuvieron la poca fortuna de ser separados, ella recluida en su abadía y él en la suya, sólo que castrado, ups. Eso si, siguieron queriéndose harto.

Entonces, ¿por qué nadie nos cuenta la parte en la que las historias rosas pierden su color? ¿Por qué ocultar que toda historia de amor contempla también todos los colores del arcoíris?

Sólo cuando dejemos de creer que el amor siempre es rosa podremos disfrutar de sus azules, amarillos y algunos rojos.

Realmente ¿qué tan importante es el amor en el matrimonio?

Contrario a lo que nosotros, ciudadanos del SXXI, podríamos creer, por siglos el amor no tuvo un rol central en la vida matrimonial. Es más, durante gran parte de la Historia, éste fue un criterio totalmente irrelevante en la selección de pareja.

Ahora bien, esto no significa que los individuos no se enamoraran o cayeran presas de “bajas pasiones”, es sólo que el amor no se consideraba un elemento determinante de “un buen matrimonio”.

Lo que si importaba – y mucho -, era que el/la prospecto en cuestión fuera hábil en la realización de una serie de tareas básicas para el desarrollo de la vida familiar: Cultivar la tierra, coser la ropa, cuidar los animales, etc.

Dada la centralidad de estas labores, uno puede entender por qué las personas preferían emparejarse para cuidar su existencia misma – vivir en solitario representaría un riesgo muy serio a la supervivencia – más que buscar con quien vivir felices por siempre.

Pero dos fenómenos cambiaron radicalmente esta situación: El crecimiento de la vida urbana y el trabajo asalariado. Por primera vez en muchos siglos, los individuos pudieron priorizar sus intereses ya que su subsistencia no dependía más del Otro.

Y luego, para aumentar la presión por la búsqueda de la felicidad en la vida matrimonial, la disminución del número de hijos – más el aumento en la esperanza de vida – implicó que las parejas pasarían más tiempo juntas, ya no encargadas del cuidado de su progenie sino en plena convivencia.

Claramente, la idea de ser feliz con la persona que se ama adquirió mayor importancia frente a la posibilidad de pasar muuuchos años juntos.

Entonces, en pleno 2017, ¿qué justificación podríamos tener para no ser felices en nuestra vida de pareja? Francamente, ninguna.

Podemos elegirla libremente, ya no dependemos del Otro para subsistir y los hijos se van cada vez más rápido, así que ¿cómo es que nos permitimos ser miserables en nuestros matrimonios?

¿La respuesta? Como siempre, es de índole personal pero en el mismo sentido: Tomemos cartas en el asunto y hagámonos responsables de nuestra propia felicidad o qué, ¿necesitamos al Otro para, al menos, tener a quién echarle la culpa?

El compromiso versión SXXI

Resulta que hasta hace un par de décadas, la idea del compromiso estaba íntimamente ligado al Otro. Es decir, uno establecía compromisos con otras personas: Socios de negocios, familia y, sobre todo, parejas.

Pero ahora tenemos un nuevo tipo: El compromiso con nosotros mismos. Hemos establecido como prioritario en nuestras vidas ser “verdaderos a nosotros mismos”, fieles vigilantes de nuestros principios y valores pero, principalmente, estamos comprometidos con nuestra propia felicidad.

Así que vamos por la vida monitoreándonos constantemente, preguntándonos: ¿Cómo me siento? ¿La estoy pasando bien? ¿Soy feliz?

Y claro, hay evidentes ventajas a ponerse primero y no dejarse pisar ni ser usado como chancla por alguien más. Pero, no sé en qué momento de esta vida Millenial, hemos perdido la capacidad de comprometernos con el de enfrente en las buenas y en las malas.

La teoría nos dice que esto tiene que ver con nuestros modelos culturales que entran en flagrante contradicción: Somos tradicionales en unas cosas y modernos en otras, velamos por el colectivo y las instituciones pero priorizamos nuestro propio bienestar. Así que, ¿cómo salir de este enredo?

Yo, a mis casi 50 años, sigo sin tener la respuesta y ni siquiera tengo claro a qué le tengo miedo: ¿Que me lastimen? (check, ya ha pasado y sigo aquí dando lata), ¿perder parte de mi individualidad? (si, claro, como si fuera tan fácil deshacerse de una personalidad tan opinadora). En fin, es terrible, ni siquiera hay un factor claro que justifique tanta reticencia al compromiso.

Así que pregunto ¿Y ustedes, cómo le han hecho? ¿Cómo lograron decir “Sí, le entro”? Aunque al final la entrada al mundo comprometido sólo haya durado un par de buenos años y varios malos. O, tal vez, ustedes son de aquellos “suertudos” (osease, que tuvieron la suerte de trabajar constantemente en su relación y disfrutarla vaaarios, muchos y hartos años).

Creo que, en el mientras aprendo cómo se hace eso, sólo me queda fajarme los pantalones y lanzarme al vacío, no evitando el miedo sino a pesar de éste.

Cómo las hormonas le dan al traste a la búsqueda de nuestra “otra mitad”

Uno elige pareja con base en un montón de criterios, algunos más claros y racionales, otros más misteriosos y sorprendentes. Por ejemplo, sabemos que nuestros patrones familiares determinan en gran parte el tipo de personas que nos atrae. También nos queda claro que muchos establecemos un perfil físico que, normalmente, nos gusta más que otros.

Pero, no teníamos claro que nuestras hormonas nos pueden hacer fallar estrepitosamente en esta elección. Dos ejemplos puntuales: Las mujeres que toman anticonceptivos y los hombres de edad madura.

Cuando se toman pastillas anticonceptivas se afecta el ciclo menstrual, pero también se ve seriamente afectada la capacidad de elegir la mejor opción de pareja en términos biológicos. El coctel de hormonas que las mujeres toman de manera diaria, mensual o semestral altera la búsqueda de la perfecta combinación de anticuerpos que hará que su descendencia sea más fuerte y resistente a enfermedades.

De hecho, aquellos que han escuchado del experimento de las camisetas sudadas (no mojadas, eso es otra cosa), saben que las mujeres eligen “aromas” a partir de cierta compatibilidad, es decir, prefieren aquellos que hacen un mejor fit genético con su carga personal.

Entonces, con el gran buffet de hormonas corriendo por sus venas, resulta difícil hacer caso a los criterios biológicos básicos y se acaba por elegir a una pareja que, sencillamente, no respeta las leyes básicas de nuestra biología.

Y, como es de esperarse, una vez que se deja de tomar pastillas, la pareja elegida cuidadosamente (tanto así que tuvieron la precaución de no procrear hasta fortalecer su relación), ¡zas! ya no resulta tan encantadora, aunque no sepamos por qué.

Explicaciones seguramente sobrarán, pero nadie tendrá claro que es Madre Naturaleza buscando el mejor fit para el sistema inmune de sus hijos la responsable de esta situación. Y lo peor, ya sin la carga de las pastillas, seguramente habrá atracción hacia otro hombre, no hacia el encantador marido que se tiene al lado.

En el caso de los hombres, las hormonas también les hacen una mala jugada. Cuando llegan a la “edad madura”, osease por ahí de los 45-50 años, sus niveles de testosterona comienzan a bajar. Esto afecta, entre otras cosas, su estado de ánimo y, sobre todo, su libido (osease, las ganas de coger).

Se sienten decaídos, bueno, hasta deprimidos. Y claro, empiezan a cuestionar la relación, la pareja que tienen al lado (además de sus éxitos laborales, su patrimonio y toda otra serie de supuestos generadores de bienestar).

Ahora, una de las principales maneras en que se puede “recuperar” esta energía, este gusto por la vida y, claro, el deseo de aparearse es…. Sip, teniendo un nuevo interés sexual. A esto se le llama el efecto Coolidge (gracias al expresidente de Estados Unidos a quien se le atribuye una simpática anécdota cuya conclusión es: La variedad de parejas sexuales es vigorizante).

Pero no nos espantemos, esto pasa hasta en los mamíferos más fieles. La aparición de una nueva posibilidad sexual hace que los niveles de testosterona suban.

Con esto, los hombres se sienten revitalizados, con gran energía y un excelente ánimo (además de con hartas ganas de coger). Pero ¡oh! ¿cuál es el pequeño detalle? Que asocian este rush de químicos con el amor y deciden que han encontrado a su nueva pareja de vida. Por tanto, corren a “rehacer” su vida con quien los hace sentir “vivos”.

Lástima que, con el tiempo, los niveles de testosterona regresan a su base inicial (porque su “nueva” pareja deja de ser una novedad) y se dan cuenta que, la verdad, no estaban enamorados sino entestostereados. ¡Qué pícara nos resultó Madre Naturaleza!

Así que váyanse con cuidado, haciéndole caso a su mente y a su corazón pero sobre todo a su cuerpo. Es sabio y sabe lo que conviene. Aprendámoslo a escuchar un poquito más.

Cuando el amor aumenta, el erotismo disminuye (lo dice la física y Esther Perel)

La tercera ley de Newton establece que “siempre que un objeto ejerce una fuerza sobre un segundo objeto, éste ejerce una fuerza de igual magnitud y dirección pero en sentido opuesto sobre el primero”.

O lo que es lo mismo: A cada acción le corresponde una reacción, sólo que en sentido contrario. Así que, ¿cómo no le pensamos antes? Era obviooo: El amor y el erotismo son dos fuerzas en sentido contrario así que hace tooodo el sentido que cuando una entra full por la puerta, la otra se escabulla por la ventana.

¿Por qué ocurre esto? Pues resulta que los mecanismos que implementamos para lograr una sensación de seguridad en nuestra relación, son los mismos que, a mediano plazo, acaban con ésta. Ocurre que la estabilidad y confianza que nos permiten establecer una relación de largo plazo le dan al traste (o, en cristiano, “hacen trizas”) a la necesidad de novedad y cambio. Y, no me dejaran mentir: Lo predecible es seguro pero francamente aburrido.

Ocurre que, el riesgo y la aventura que nos ofrecen una vida vibrante, nuestro deseo por lo excitante y misterioso y la diversión de esos encuentros furtivos, no son ingredientes bienvenidos en la cama matrimonial. Y, sin embargo, son imprescindibles para una relación exitosa.

Eso de pasar del amor romántico (ése que trae una buena dosis de cama pero es de corta duración) a un apego de largo plazo, es todo un reto. Madre naturaleza decidió darnos químicos suficientes para estar juntos los primeros años de la crianza. Pero luego, asumió que sus amables súbditos (es decir, nosotros) bien podrían encontrar por ellos mismos otras razones para permanecer en pareja una vez que los sentimientos de éxtasis jubiloso pasaran.

Pero se le olvidó que a los homínidos nos da por complicarnos la vida, por pretender que todos somos parte de ese 3% de los mamíferos que establece una relación para toda la vida y que creemos que el amor todo lo puede. Así que nuestra mejor opción fue fundirnos con el otro para hacernos más fuertes, pero sólo logramos perdernos y desdibujarnos, arruinando la pasión.

Pensarnos más allá de nuestra pareja es complicado y hasta suena feo pero es la única opción que tenemos para que cada reencuentro sea una aventura vibrante, una de esas que nos emocionan y nos recuerdan que, además de estar unidos en las buenas y en las malas, también lo debemos estar en la cama, la mesa o cualquier otra superficie que se preste para el amorío desenfrenado.

P.d. ¿Y Esther? Su libro se llama “Mating in captivity”, échenle un ojo.

El amor debería ser un concepto central de la Teoría Económica (o pregúntenselo a Adam Smith)

Aclaro: No me refiero al impacto que Don Valentín tuvo el día de ayer en nuestros monederos.

En la Teoría de los Sentimientos Morales, el padre de la economía moderna clarifica que el gran motivador de nuestra vida económica es “ser vistos”, ser “atendidos” o, dicho sencillamente, que el Otro se entere de nuestra existencia. Pero, queremos auto-engañarnos pensando que, en esas compras interminables de bienes y servicios, sólo buscamos una satisfacción material.

Mentira vil: Estamos guiados por un deseo mucho más profundo. Como dice Alain de Botton (filosofía contemporánea light en su versión más agradable): “Cuál es el objetivo último de la riqueza y el poder si no es más que la búsqueda del amor”.

Sin lugar a dudas, este ímpetu amoroso es el incuestionable motor de todas nuestras acciones económicas. Es más, nuestra existencia misma como homo economicus se lo debemos al Señor Cupido.

Ahora bien, como esta visión del amor no tiene nada de romántica, hemos perdido de vista el resto de sus componentes económicos.

En el amor, como en todo bien que busca satisfacer nuestras necesidades, el trabajo es una variable siempre presente. Es decir, no hay acceso al producto deseado si no hay una actividad laboral que nos permita alcanzarlo. En otras palabras, no hay relación amorosa exitosa sin trabajo.

Y si además, nos echamos un clavado con el otro gran padre de la Teoría Económica, Don Carlos Marx, nos quedaría claro que el trabajo es el espacio donde nos desarrollamos, donde alcanzamos la perfección. Y qué mejor que aplicar esta actividad esencial del hombre en su búsqueda más intrínseca: El amor.

Así que, ¿ya quedó claro que en el amor hay que trabajarle o seguiremos esperando que el destino nos ponga enfrente a nuestra media naranja y seremos felices por siempre sólo porque somos re-lindos?

Dejemos de asumir que las cosas se dan solas, que las relaciones “surgen” como las flores del campo y empecemos a darle duro por hacer de éstas el producto que deseamos comprar cada uno de nuestros días.

La matrimania iletrada. O por qué antes de querer casarnos deberíamos aprender de literatura

Parecería que la meta principal del soltero es alcanzar ese estadio ideal de tranquilidad y, por supuesto, de felicidad total del casado.

Es como una carrera con una meta clara: Pasar de libre a unido, de solo a acompañado, de pez a pes-cado.

Pero, realmente ¿qué es el matrimonio? O más bien ¿qué versión nos hemos comprado? Pues resulta que una que refleja nuestro escaso conocimiento literario.

Empecemos por las bodas, esas fiestas que a todos nos gustan porque se nos olvida que, realmente, son una farsa (en el sentido más teatral del término).

Nos dicen los diccionarios: “La farsa es un género que se retroalimenta de las relaciones de la época y del país… para criticar la forma en la que viven… y donde los personajes se desenvuelven de manera caricaturesca o en situaciones no realistas”.

En breve, las farsas se caracterizan por exagerar la realidad. Así, lo lindo es más lindo y el amor es amorosísimo.

Pero, a diferencia de las farsas teatrales donde todos sabemos que su objetivo es burlarse, las bodas nos las tomamos muy en serio. Y cuando llegamos a casa, decimos “hay que bonito”, aunque muy en el fondo sepamos que se trata de una ficción.

Es más, tanto nos gusta esa versión teatral de la realidad que a todos nos encanta ver la “puesta en escena” pero no los ensayos. Éstos nos aburren. De hecho, la historia del casting es interesante sólo si hubo un famoso o un gran escándalo de por medio.

Y con las expectativas post boda vuelve a evidenciarse nuestra fascinación por la literatura pero esta vez del tipo Best Seller de verano (esas novelas románticas que venden mucho y en las que siempre hay buenos y malos).

Ahora bien, no cualquier “bueno” hace que la novela sea exitosa. Para ello es imprescindible que se trate de todo un héroe (o heroína en su caso).

Pero, se nos olvida que lo que hace a un héroe digno de admiración es que tiene que redimirse (Y no hay redención sin sufrimiento). Es decir, tiene que pasarla mal, re-mal para que la historia nos haga suspirar por esta súper persona que es capaz de enfrentar cualquier cantidad de desdichas con tal de estar al lado del ser amado.

Así que por qué mejor no revisamos nuestras narrativas del amor y sometemos a una seria revisión nuestras expectativas de parejas y matrimonios ¿O queremos seguir viviendo entre Walt Disney y Corín Tellado?

Lo que funciona en primavera ya no sirve en otoño (O ¿por qué la crisis de los 40s?)

Llegamos a los 40 y, de repente y casi sin querer, uno se empieza a cuestionar dónde está y a dónde va.

Si llegaste al cuarto piso y te das cuenta que no has logrado tus metas, que, la verdad, no estás donde querías ni tienes lo que deseabas, es imposible no ser víctima de un serio ataque de depresión.

Pero, qué tal si “sí la hiciste” y estás no sólo donde pensabas sino todavía mejor (en términos labores o económicos o incluso familiares). Pues, felicidades pero ¿sabes qué? A ti también te va a dar la depresión.

Y si, no en su variante “frustrada” sino de grandes interrogantes: ¿Y ahora, qué sigue? Porque nadie nos dijo qué seguía después de tener la casa, la familia, la empresa y hasta el perro.

Claro, la respuesta podría ser fácil: ¡Quieres más¡ Pero, las preguntas siguen: ¿Más de qué? ¿Con quién? ¿Para qué?

Y te pones a analizar, de nuevo casi sin quererlo (porque, obviamente, las conclusiones a las que llegues pueden inquietarte profundamente y desestabilizarte).

En el caso de los ocupados laboralmente, uno puede empezar por un aspecto obvio, el trabajo: Querías ser jefe. Check (osease palomita, ya lo cumpliste). Pero ¿valió la pena todo el esfuerzo, la chinga, el tiempo invertido?

Y esa es la parte fácil pero, conlleva inevitablemente a la siguiente pregunta: ¿Para qué lo hice? Y, sobre todo ¿para quién?

Entonces, entramos en el siguiente tema que ya se pone emocionante: Tu pareja. Osease, la madre/padre de tus hijos o, al menos, aquella persona a quien le invertiste hartos días, meses y años.

Y claro que, seguramente, es un buen individuo a quien quieres pero, ya se te olvidó para qué lo querías contigo. ¿Necesitabas apoyo en el difícil camino hacia el éxito? ¿Querías una buena madre/padre para tus hijos?

¿Y qué pasa si ahora ya no necesitas ese apoyo sino un compañero de juegos para disfrutar tus logros? ¿Y si tus hijos ya crecieron, todavía necesitas a alguien que esté más pendiente de ellos que de ti?

Y conste que no sólo lo digo yo, lo dice uno de los grandes padres de la psicología moderna, Carl Jung:

“No podemos vivir el atardecer de la vida con el mismo programa que la mañana, pues lo que en la mañana era mucho, en el atardecer será poco, y lo que en la mañana era verdadero, en la tarde será falso”.

Y es que antes era más sencillo, para los 40 uno ya era abuelo y sólo quedaba esperar el final de la vida (apenas en el SXX la esperanza de vida promedio pasó arriba de los 50 años). Pero ahora, nos quedan varias décadas por delante y queremos vivirlas de la mejor manera y con la mejor compañía. ¡Qué gran reto¡ Así que, a deprimirnos un rato reflexionando para poder disfrutar no sólo del otoño sino de un gran invierno.

¿Por qué los japoneses ya no quieren coger?

Las últimas encuestas lo dejan bien claro: Un porcentaje importante de japoneses no desean comenzar una relación íntima en estos momentos y, mucho menos, una relación de pareja.

Y claro, de este lado del océano uno no entiende. ¿Cómo es posible que se abstraigan de una actividad tan entretenida (por decir lo menos)?

Pero sí, así es. Los jóvenes – y las jóvenes, para no discriminar – ya no quieren tener relaciones de pareja, ni siquiera relaciones íntimas, osease coger.

Y saben qué, uno no los puede culpar. Piénsenlo bien: Una relación – por más fortuita y corta que sea – toma tiempo y esfuerzo. Y, francamente, hay muchas relaciones, románticas y anexas, que son realmente molestas y poco satisfactorias.

A ver, ¿cuántas veces hemos estado – en una cama o fuera de ella – pensando “Y yo qué diablos hago aquí”? Pero ahí está uno, por cualquier cantidad de motivos equivocados que nos hacen preferir estar mal a estar solos.

Y realmente, además de la clásica excusa universal de la falta de tiempo para buscar, construir y compartir con un Otro, hay muchas otras razones para que, en este mundo tan individualizado, uno le rehúya a echarse encima más trabajo del que ya tenemos de forma remunerada.

En las relaciones en general, nuestros fantasmas más tenebrosos aparecen, incluso sin darnos cuenta. Y, de repente, nos convertimos en nuestros padres o en cualquier otra relación que criticamos y prometimos no tener (salvo aquellos suertudos con esquemas menos enfermitos que sí tuvieron modelos de relación más sanitos en su infancia).

En las relaciones, nos confrontamos con lo que somos, no con lo que queremos ser y nos damos cuenta de todas esas heridas infantiles que todavía cargamos.

Así que, ¿por qué querer siquiera convivir intensamente con un Otro aunque sea por un par de horas dando brincos? La respuesta es fácil aunque no evidente: Porque las relaciones también nos dan la oportunidad de aprender, de cambiar patrones y sí, de ser mejores personas.

No es amor, es pura calentura

Lo ves y algo en ti dice “Es él” y tú lo sabes, es tu intuición. Y claro, al conversar, te das cuenta que sí, hay una conexión profunda. Sabes que, realmente, esto es especial. Pues noooo, nos equivocamos flagrantemente.

Es madre naturaleza trabajando. Pero, a nosotros, nos encanta confundir el deseo con el amor. Se nos olvida que la famosísima frase “tienen química”, es la pura verdad: Eso que sientes, temo decirte, no es afecto, es pura feromona en acción.

El asunto es que, por alguna razón, nos hemos esforzado en traducir los mensajes de nuestra glándula pituitaria en lenguaje hollywoodesco. Ella sólo nos dice “Este DNA será bueno para procrear” y nosotros lo interpretamos como “Éste es el hombre de mis sueños, con quien me casaré, tendré hijos y seré inmensamente feliz”.

Bueno, de hecho, en sentido literal, no estamos tan mal, al menos no en eso de los hijos. Tu cuerpo sabe que sus genes y tus genes se complementan (por tener sistemas inmunes diferentes). Así que, sí, podría ser un buen padre para tus hijos pero, ojo, sólo en términos biológicos.

Es decir, podrían tener un mejor sistema inmune pero, que yo sepa, eso no cuenta – al menos en los tiempos modernos – como requisito para convertirlos en la pareja ideal. Sólo aclara que estos niños podrían ser más resistentes (y no creo que eso todavía sea garantía frente a los mutantes y alterados virus y bacterias del SXX1).

Y obvio, tampoco aplica ya eso de procrear por el miedo a los bajos índices de población (lo que tal vez era el caso cuando éramos platillo favorito de los gatos dientes de sable que, como su nombre lo indica, de gatos sólo tenían la especie ya que pesaban más de 200 kilos).

Pero, parece que madre naturaleza está un poco atrasadita de noticias y nos sigue haciendo creer que la cascada de dopamina que sentimos al ver a esa persona que le gustó a nuestra glándula sigue siendo un buen criterio para elegir pareja.

Y no quiero siquiera empezar a hablar de qué pasa cuando ovulamos o “¿Por qué todos me parecen tan guapos ciertos días del mes?”

Entonces, reconozcamos el trabajo evolutivo que realiza nuestra querida pituitaria pero sólo como punto de partida de otro candidato más en la lista, no como el ganador del sorteo evolutivo del año. Por que evolucionar implica, digo yo, saber qué hacer con nuestros instintos y no seguirlos de manera ciega como el difunto Australopithecus.