La matrimania iletrada. O por qué antes de querer casarnos deberíamos aprender de literatura

Parecería que la meta principal del soltero es alcanzar ese estadio ideal de tranquilidad y, por supuesto, de felicidad total del casado.

Es como una carrera con una meta clara: Pasar de libre a unido, de solo a acompañado, de pez a pes-cado.

Pero, realmente ¿qué es el matrimonio? O más bien ¿qué versión nos hemos comprado? Pues resulta que una que refleja nuestro escaso conocimiento literario.

Empecemos por las bodas, esas fiestas que a todos nos gustan porque se nos olvida que, realmente, son una farsa (en el sentido más teatral del término).

Nos dicen los diccionarios: “La farsa es un género que se retroalimenta de las relaciones de la época y del país… para criticar la forma en la que viven… y donde los personajes se desenvuelven de manera caricaturesca o en situaciones no realistas”.

En breve, las farsas se caracterizan por exagerar la realidad. Así, lo lindo es más lindo y el amor es amorosísimo.

Pero, a diferencia de las farsas teatrales donde todos sabemos que su objetivo es burlarse, las bodas nos las tomamos muy en serio. Y cuando llegamos a casa, decimos “hay que bonito”, aunque muy en el fondo sepamos que se trata de una ficción.

Es más, tanto nos gusta esa versión teatral de la realidad que a todos nos encanta ver la “puesta en escena” pero no los ensayos. Éstos nos aburren. De hecho, la historia del casting es interesante sólo si hubo un famoso o un gran escándalo de por medio.

Y con las expectativas post boda vuelve a evidenciarse nuestra fascinación por la literatura pero esta vez del tipo Best Seller de verano (esas novelas románticas que venden mucho y en las que siempre hay buenos y malos).

Ahora bien, no cualquier “bueno” hace que la novela sea exitosa. Para ello es imprescindible que se trate de todo un héroe (o heroína en su caso).

Pero, se nos olvida que lo que hace a un héroe digno de admiración es que tiene que redimirse (Y no hay redención sin sufrimiento). Es decir, tiene que pasarla mal, re-mal para que la historia nos haga suspirar por esta súper persona que es capaz de enfrentar cualquier cantidad de desdichas con tal de estar al lado del ser amado.

Así que por qué mejor no revisamos nuestras narrativas del amor y sometemos a una seria revisión nuestras expectativas de parejas y matrimonios ¿O queremos seguir viviendo entre Walt Disney y Corín Tellado?

¿Por qué los japoneses ya no quieren coger?

Las últimas encuestas lo dejan bien claro: Un porcentaje importante de japoneses no desean comenzar una relación íntima en estos momentos y, mucho menos, una relación de pareja.

Y claro, de este lado del océano uno no entiende. ¿Cómo es posible que se abstraigan de una actividad tan entretenida (por decir lo menos)?

Pero sí, así es. Los jóvenes – y las jóvenes, para no discriminar – ya no quieren tener relaciones de pareja, ni siquiera relaciones íntimas, osease coger.

Y saben qué, uno no los puede culpar. Piénsenlo bien: Una relación – por más fortuita y corta que sea – toma tiempo y esfuerzo. Y, francamente, hay muchas relaciones, románticas y anexas, que son realmente molestas y poco satisfactorias.

A ver, ¿cuántas veces hemos estado – en una cama o fuera de ella – pensando “Y yo qué diablos hago aquí”? Pero ahí está uno, por cualquier cantidad de motivos equivocados que nos hacen preferir estar mal a estar solos.

Y realmente, además de la clásica excusa universal de la falta de tiempo para buscar, construir y compartir con un Otro, hay muchas otras razones para que, en este mundo tan individualizado, uno le rehúya a echarse encima más trabajo del que ya tenemos de forma remunerada.

En las relaciones en general, nuestros fantasmas más tenebrosos aparecen, incluso sin darnos cuenta. Y, de repente, nos convertimos en nuestros padres o en cualquier otra relación que criticamos y prometimos no tener (salvo aquellos suertudos con esquemas menos enfermitos que sí tuvieron modelos de relación más sanitos en su infancia).

En las relaciones, nos confrontamos con lo que somos, no con lo que queremos ser y nos damos cuenta de todas esas heridas infantiles que todavía cargamos.

Así que, ¿por qué querer siquiera convivir intensamente con un Otro aunque sea por un par de horas dando brincos? La respuesta es fácil aunque no evidente: Porque las relaciones también nos dan la oportunidad de aprender, de cambiar patrones y sí, de ser mejores personas.

No es amor, es pura calentura

Lo ves y algo en ti dice “Es él” y tú lo sabes, es tu intuición. Y claro, al conversar, te das cuenta que sí, hay una conexión profunda. Sabes que, realmente, esto es especial. Pues noooo, nos equivocamos flagrantemente.

Es madre naturaleza trabajando. Pero, a nosotros, nos encanta confundir el deseo con el amor. Se nos olvida que la famosísima frase “tienen química”, es la pura verdad: Eso que sientes, temo decirte, no es afecto, es pura feromona en acción.

El asunto es que, por alguna razón, nos hemos esforzado en traducir los mensajes de nuestra glándula pituitaria en lenguaje hollywoodesco. Ella sólo nos dice “Este DNA será bueno para procrear” y nosotros lo interpretamos como “Éste es el hombre de mis sueños, con quien me casaré, tendré hijos y seré inmensamente feliz”.

Bueno, de hecho, en sentido literal, no estamos tan mal, al menos no en eso de los hijos. Tu cuerpo sabe que sus genes y tus genes se complementan (por tener sistemas inmunes diferentes). Así que, sí, podría ser un buen padre para tus hijos pero, ojo, sólo en términos biológicos.

Es decir, podrían tener un mejor sistema inmune pero, que yo sepa, eso no cuenta – al menos en los tiempos modernos – como requisito para convertirlos en la pareja ideal. Sólo aclara que estos niños podrían ser más resistentes (y no creo que eso todavía sea garantía frente a los mutantes y alterados virus y bacterias del SXX1).

Y obvio, tampoco aplica ya eso de procrear por el miedo a los bajos índices de población (lo que tal vez era el caso cuando éramos platillo favorito de los gatos dientes de sable que, como su nombre lo indica, de gatos sólo tenían la especie ya que pesaban más de 200 kilos).

Pero, parece que madre naturaleza está un poco atrasadita de noticias y nos sigue haciendo creer que la cascada de dopamina que sentimos al ver a esa persona que le gustó a nuestra glándula sigue siendo un buen criterio para elegir pareja.

Y no quiero siquiera empezar a hablar de qué pasa cuando ovulamos o “¿Por qué todos me parecen tan guapos ciertos días del mes?”

Entonces, reconozcamos el trabajo evolutivo que realiza nuestra querida pituitaria pero sólo como punto de partida de otro candidato más en la lista, no como el ganador del sorteo evolutivo del año. Por que evolucionar implica, digo yo, saber qué hacer con nuestros instintos y no seguirlos de manera ciega como el difunto Australopithecus.

¿Por qué la equidad no sirve en la cama?

Seguro a todos nos han dicho que para tener una buena relación, las reglas tienen que ser parejas. Es decir, aplicar los mismos criterios sobre qué sí se vale y qué no, qué se espera y qué se demanda a los dos miembros de la pareja (o a los tres o a más, cada quien).

Sin embargo, se nos olvida que la equidad es una cosa y la simetría otra. Es decir, asumir que cada uno debe tener/hacer/acceder a las mismas cosas es un GRAN error.

Porque, ser equitativos no significa ser simétricos sino dar a cada miembro de la pareja lo que “se merece” en función de SUS necesidades. Una cosa son los derechos y otra, muy diferente, las necesidades.

Y aquí no hablo de diferencias de género o de estilos de vida sino de algo mucho más importante y delicado, de la vil y llana disparidad en términos de líbido.

Dicho simplemente: ¿Qué pasa cuando uno es mucho más cachondo que el otro? ¿Quién cede? ¿Qué se acuerda?

Estoy segura que, en muchas parejas, si le preguntáramos a una de las partes muy posiblemente nos diría que cogen de más mientras que para la otra, la cantidad sería mínima comparada con su ideal.

Y ese es el problema de aplicar la equidad en el sexo. No se trata de las mismas oportunidades sino de que diferentes necesidades requieren distintos criterios para cada persona.

Claro que esto suena más fácil dicho que hecho. Seguramente todos queremos negociar con base en un espíritu de igualdad, casi democrática, característica de los padres fundadores de muchas de nuestras Repúblicas. Pero, francamente, estamos errados al equipar la dificultad para ser fiel de unos con el desinterés real por el sexo de otros.

Porque esto ocurre, y más frecuentemente de lo que pensamos. Muchas parejas son diferentes en sus gustos, en su nivel intelectual, en sus intereses y, también, en la cama.

Entonces, si somos diferentes en la cama y queremos cosas diferentes, al aplicar las mismas reglas para ambos miembros de la pareja no estamos dando un trato equitativo sino que estamos claramente perjudicando a una de las partes (o incluso a ambas al intentar un término medio que seguramente no dejará feliz a ninguno de los dos).

El reto es cómo dar solución a una situación que se perfila como re-complicada: ¿Cómo procurar prestar atención a las distintas necesidades y lograr que las reglas no sólo sean parejas sino realmente equitativas al reconocer que cada miembro puede necesitar algo diferente?

Pero bueno, si no empezamos por darnos cuenta y dejamos de aplicar nuestra falsa idea de equidad como simetría, no podremos siquiera empezar a pensar y discutir nuevos acuerdos.

“No te necesito”. Lo que toda novia debería decirle a su futuro marido

Empecemos por la definición: “Necesidad es aquello a lo cual es imposible sustraerse, faltar o resistir” y cuya carencia, nos dice la RAE, prácticamente atenta contra la conservación de la vida.

Por tanto, “necesitar” a tu pareja implicaría que ésta es tan indispensable para vivir en un estado de salud plena que su pérdida podría – incluso – provocar el fallecimiento.

Pero, a ver, todos nos reímos de los remedios que se anuncian en la tele de productos “mágicos” que curan todo pero nos parece perfectamente serio y aceptable pensar que un sólo individuo nos puede satisfacer todas y cada una de nuestras necesidades.

Eso es el matrimonio desde la necesidad. Es la promesa de un Otro que te llenará en tooodos los aspectos: Físico, emocional, psicológico, afectivo, financiero, romántico, sexual y espiritual. Un otro cuya existencia permitirá que nunca más volverás a necesitar nada más, de nadie más ¡Qué paquetote¡

Y claro que el estar en pareja es lindo, que seguramente tú y el otro se complementan. Es más, hasta les creo que se hacen mejores personas uno al lado del otro. Pero no puedo aceptar que estemos en una relación porque necesitamos al otro y sin él nos morimos.

Tenemos que superar nuestra obsesión por los dramas tipo Romeo y Julieta y entender que esas historias de amor “necesitado” acaban literalmente en muertos (en ese caso en particular fueron 6 en 3 días. Así o más atractivo).

Por eso, una novia (o para este fin, cualquier persona que piense entrar en una relación “formal” – lo que sea que esto signifique -) no debe “necesitar” al otro, debe quererlo, amarlo pero, sobre todo, debe decidir querer estar, no necesitar estar.

Así que la próxima vez que estés a punto de decir “Mi amor, te necesito”, piénsalo dos veces. Eso no pinta bien, buscar la “píldora mágica resuelve todo” nos pone en el rumbo seguro de una decepción amorosa. Es mejor decir “No te necesito, pero me encanta la idea de compartir mi no necesidad contigo”.

¿Por qué los cuernos furtivos son mejores que el swinger abierto?

O ¿por qué preferimos que nos vean la cara? ¿Por qué tanto miedo a las palabras?

¿Qué pasaría si abriéramos la conversación? Si, un día cualquiera, decidiéramos preguntar ¿Qué onda contigo, con nosotros? ¿Qué haremos si el otro es infiel? ¿Queremos saber? ¿Se vale? ¿Cuáles son las reglas?

Ya sé, muchas preguntas y pocas respuestas. Es más, ni yo misma logro ponerme de acuerdo y, aún cuando creo firmemente que los “cachos” no son “para tanto”, los detalles de un posible acuerdo se me escapan.

Imaginemos: Un día me entero (porque, tarde o temprano, uno siempre se entera) que soy una “cornuda” y, claro, lo primero que ocurre es que Zeus se queda corto con todo y sus relámpagos.

En mi cólera, seguramente diré cosas hirientes y, posiblemente, mande a volar al imperfecto pero, todo será culpa del ego, del orgullo. Porque, realmente, el que esté libre de culpa que tire la primera piedra (¿o a poco pecar de pensamiento no es igual de malo que pecar de obra?).

Y no se trata de aplicar el famoso “ojo por ojo”, de “cobrar” la infidelidad, sino de ver cómo le hace uno para sobrevivir esto de los retos de la vida en pareja, retos que son más viejos que las tabletas del Mar muerto.

Intentar ser más honestos con nosotros mismos y hacerles frente con un enfoque más abierto, incluso, tal vez, más realista.

Y no, no es un enfoque “moderno”. A lo largo de las décadas, de los siglos incluso, muchas parejas han tenido claro que la fidelidad emocional y la exclusividad sexual no siempre van de la mano y sus acuerdos han ido en todas direcciones. Algunos más exitosos, unos menos dolorosos pero todos ellos desafiantes.

Por ahora, baste decir que, entre el swinger abierto (osease ver al otro tener relaciones) y sólo saber de éstas o de la posibilidad de éstas, hay un gran trecho. Así que… a encontrar el espacio intermedio que nos permita ser pareja y no morir en el intento.

Con ustedes: ¡El clítoris!

Pues si, ahora resulta que ya es un descubrimiento contundente: El clítoris ES el pene femenino.

Y no se trata solamente de que “funcione igual” (osease, crezca y se ponga duro) o que sea su equivalente (como fuente de placer y excitación). Nop, el clítoris ES un pene.

Sólo basta ver los modelos 3D que están haciendo los franceses para sus clases de educación sexual. Sip, modelos a tres dimensiones y sip, clases de educación sexual.

Vayamos poco a poco. Del clítoris, como de los icebergs, sólo vemos la puntita, así que al tener un modelo completo podemos ver tooodo lo que está abajo y evitar que nos pase como al Titanic: Nadie quiere que su barco se hunda (osease, su relación, su acostón) por no saber el gran impacto que puede causar lo que está debajo de esa “pequeña puntita”.

Y de las clases de educación sexual… qué les puedo decir. Me encantaría ver la cara de la Asociación de Padres de Familia ante la sutil sugerencia de un modelo 3D, jiji. Si se niegan a hablar de disfrute y placer en la relación sexual y tratan a la masturbación como pecado capital con boleto directito al infierno, qué podemos esperar.

Pero bueno, concentrémonos en la dimensión individual, en el impacto que la falta de información sobre el clítoris tiene en nuestras encamadas.

Saber que el clítoris tiene “brazos” que rodean la labia cambia radicalmente el enfoque hasta del más dedicado “apretador de botones”. Chicos – y, obvio también, chicas -, el trabajo no es de profundidad, es de extensión. Es decir, hay que trabajar a lo largo y ancho del playground: Se trata de – aproximadamente – 10 cm de diversión de cada lado. ¿A poco no suena bien entretenido?

Esto no es todo, como estos brazos rodean la vagina, contribuyen al placer en la penetración. Y sí, se están imaginando bien, esto implica que la supuesta división entre orgasmos vaginales y clitoridianos no aplica tal cual. Si el orgasmo es “vaginal”, cuenta con ayuda de parte del clítoris y si el orgasmo es “clitoridiano”, éste recorre toda la circunferencia de la vagina ¿Así o más genial?

Pero a mi, lo que más me encanta de toda esta situación es que si podemos definir al clítoris como un “pene interno”, por qué no llamar al pene un “clítoris externo”.

Ser “cachonda” / “caliente” – o como quieran llamarlo – vs. Parecerlo

Ahora resulta que, para ser cachonda, uno tiene que tener tipo de puta (con todo respeto a éstas).

Es decir, parecería que uno debe poner señales claras, evidentes y fáciles de leer. Casi como usar un gran letrero que diga “me gusta el sexo” para que los hombres no se sorprendan y entiendan que a una le gustan las cosas buenas y divertidas.

Porque parece que ser seria y trabajadora y vestir como “persona normal” (sin escotes o faldas mínimas en un día domingo cualquiera) está en total contradicción con disfrutar de una buena cama. Como si en el mundo sólo hubiera de dos sopas: Aburrida y frígida o, desmadrosa y puta.

Pero, si uno lo piensa bien, son dos caras de la misma moneda. Si no, de dónde creen que salió la famosísima frase (ok, tal vez no tan famosa pero si muy atinada): “Work hard, play hard”, o mi versión favorita: “Work hard, play harder”.

Y las cosas se ponen peor. Una vez que al imperfecto en cuestión le queda clara la naturaleza sexosa de su pretensa a galana, empieza con las guarradas (entiéndase, naqueces, comentarios vulgares, o como se diga en ese español que se supone que es uno pero que realmente son muchas lenguas).

Yo no sé si es producto de la sorpresa o de que “como uno era serio” se aguantaron todos los comentarios que se les ocurrieron y por eso todos salen de manera abrupta y sin censura de por medio.

O tal vez hay una clara y contundente relación entre “me gusta el sexo” y “me puedes decir vulgaridades” (porque, segurito, me encantan) que yo, por alguna extraña razón, desconozco.

Así que, ¿por qué no vamos trabajando en lograr un punto medio entre la “vieja aburrida” y la “puta que me cojo”?

Eligen “niñas buenas” y después… se aburren

No saben cuántas veces he visto “la pareja ideal”. El es opinionated, exitoso, seguro de sí, todo un macho alfa.

Y, claramente, su elección inicial, esa, la de su primera mujer, es aquella chiquita correcta, dulce, no particularmente brillante (Ojo, esto no quiere decir tonta, sólo que no tan, como decirlo, “estimulante mentalmente”).

Debo aceptar que esta decisión es brillante. Quién más le permitiría desarrollar una carrera exitosa mientras ella se repliega a un segundo lugar para ocuparse de las cosas aburridas de la vida diaria: Los hijos, la casa, el súper, las amistades, etc. etc. Todo ello para que el hombre de la casa pueda alcanzar el pináculo de su carrera (sip, así le dicen).

Pero, un buen día, los hijos crecen y ya no hay tantas cosas por las cuales ocuparse. Y, además, los discursos comienzan a separarse cada día más.

Ya no hay temas de escuela pero los temas del trabajo siguen, esos no paran.
Ella busca nuevas cosas en qué ocuparse mientras que él sigue enfrascado en discutir la política corporativa y la verdad, yo no sé si ellas no entienden mucho (más bien creo que nos les importa). Y, con el tiempo, ellos y ellas también se van aburriendo.

Ellos no tienen un mate “a su altura”, que los rete y les sorprenda, y ellas, se han cansado de ser ciudadanas de segunda con poca voz y nulo voto real (Por que en el fondo todo se trata del respeto y la validación que sentimos).

A ella no le interesa aguantar más, a él no le importa seguir igual. Dos caminos en clara oposición. El es egoísta, pero eso si, sin quererlo (siempre habló de sí y siempre lo escuchaban), ella quiere serlo (que la escuchen, que realmente le pongan atención).

Un partner for life es todo un reto cuando la realidad se impone. Cuando lo que se necesita al principio de la relación no es lo mismo que se necesita al final.

¿Recetas mágicas? No, no hay. Pero si un buen consejo: Dos individuos siempre son más interesantes que uno y medio.

Instrucciones para follar en la vida moderna

Ni antes de la tercera, ni después de la quinta. Que si creo que funciona, sip. Que si lo he cumplido, nop.

Claro, todo depende de qué busca uno. Y no, no estoy dando consejos para conseguir citas ni mucho menos pareja. Es simplemente que, a mi, me gustan las cosas buenas y, en el sexo, como en el resto de mi vida, me gusta saber que voy a pasar un buen rato. Que lo voy a disfrutar y, sobre todo, que me voy a divertir.

Entonces, si no conozco a Juanito, no sé bien qué le gusta ni qué me gusta de él.

Claro, esto no aplica si lo que quiero es un acostón rápido donde lo que más importa es mi satisfacción personal, calmar mi antojo como cuando uno tiene harta sed y la diferencia entre una limonada y un refresco bien frío no es tanta.

Pero además, hay un aspecto que nubla mi entendimiento de los one night stands: A mi me gusta repetir. Es decir, si algo es bueno pues, por qué no repetirlo. Y si no sé ni cómo se apellida Juanito ni como buscarlo después.

Tons, ¿por qué tres salidas?, ¿por qué no dos o cuatro?

Yo creo que, como dicen, dos de tres. Si ya tuvieron una buena cita, nada es garantía de que la siguiente también será buena. Pero, si ya pasaron dos rounds ganadores, todo pinta que el tercero será bueno.

Y, ahora si, a coger con ganas, con todo.

Pero, luego viene el tenebroso asunto de cuándo dormir en casa del otro. Y no hablo de esas veces que se quedaron dormidos y por la early morning uno de los dos sale corriendo, casi casi sin mirar pa´ atrás.

Hablo de pasar la noche, de pernoctar en una misma cama y, lo más escalofriante, de despertar juntos.

Posiblemente tendrán que compartir el baño (si no es la ducha cachonda, al menos les tocará lavarse los dientes). Y esta cercanía es potencialmente tenebrosa. Desde el “buenos días” hasta la despedida. ¿Qué decir?, ¿Cómo despedirse? ¿Quedan para luego?

Así que si uno no puede siquiera imaginarse la reacción del otro ante nuestro “Lindo día, nos vemos después”, seguramente les falta otra cita antes de compartir la pasta de dientes.

Y, ¿que por qué no más de cinco? Porque si ya salieron cinco veces y ambos se pudieron aguantar las ganas… Chicas, eso no pinta muy divertido.