El placer de hacer preguntas

Porque lo importante, dice el filósofo, son las preguntas, no las respuestas. Y tiene razón. Sin embargo, todos tenemos claras opiniones sobre cualquier cantidad de preguntas. Nos aferramos firmemente a toda una serie de afirmaciones que, en muchos casos, ni siquiera hemos revisado o analizado.

Simplemente, vamos por la vida asumiendo que lo que nos han dicho, es. Que lo que todos hacen, es lo “normal” y que el juicio social es totalmente válido (aún cuando nuestra intuición y/o nuestros sentimientos vayan por otro lado).

Nos gusta la inercia, aún cuando ésta nos provoque incomodidad como un chícharo en el cojín del sofá donde estamos sentados. Preferimos cambiar de posición y acomodarnos de ladito, que cambiar la manera en la que pensamos.

Tenemos temor a criticar, a cuestionar; sin darnos cuenta que, un buen argumento, no sólo puede cambiar la manera en la que vemos las cosas sino que nos enseña a ser autocríticos, a revisar nuestras propias opiniones y a validar su solidez.

Se nos olvida lo que dice Immanuel Kant: No somos una cosa más en el mundo, somos “la” cosa que experimenta otras cosas. No podemos negar que la curiosidad es parte inherente de lo que somos como especie y de quienes somos como individuos.

Así que cómo ir por la vida sin aprender, discutir, reflexionar… ¿O para qué tenemos un graaan cerebro al que le caben hartas cosas?

Y qué mejor manera de tener nuestro cerebro ocupado que priorizar el “Qué” por encima del “Cómo”: El primero es el dato, objetivo, frio. El cómo es la apropiación personal, contextual, coyuntural. Es decir, toma la información y después… haz lo que quieras con ella, hazla tuya, organízala en tu cabeza como mejor te plazca (de todas manera, tanto conocimiento no te dejará actuar a lo tonto). Además, pensar hace la vida mucho más interesante.

Vayamos pues a disfrutar la sinapsis que, en su gran sabiduría, Madre naturaleza decidió que fuera terreno infinito para lo que es importante y para lo que no, para todos aquellos que les importa y para los que no. Estamos condenados irremediablemente a ser víctimas de la curiosidad intelectual. Genial, ¿no?

Así que si les interesa entretener un poco a su cerebro, les recomiendo el libro del divulgador español Pere Estupinyà, “El ladrón de cerebros, Comer cerezas con los ojos cerrados”, lleno de datos entretenidos.

¿Por qué leer Antropología y Neurociencia ayuda a entender mejor las relaciones y el sexo?

Ahí les van 4 de las explicaciones más interesantes que confirman que las abuelitas y la sabiduría popular tenían razón (aunque no sabían por qué):

1. Hacerse la difícil funciona
2. Los hombres son todo ojos
3. Las mujeres quieren hablar
4. Pero, para todos, el sexo es bueno para la salud (en particular el semen)

Empecemos por la tradicional idea de que las mujeres tienen que hacerse del rogar para que los hombres “las tomen en serio”. Pues resulta que es cierto: Cuando obtenemos una “recompensa” fácil y rápidamente se reduce la duración y la intensidad de la influencia de la dopamina en el cerebro.

Por el contrario, un retraso en su obtención estimula su producción. Es decir, mientras más difícil actúes, más emocionado tendrás al de enfrente (Sip, al cerebro eso del feminismo y la equidad le importa poco).

Segundo, los hombres sí son más sensibles a los estímulos visuales y por una buena razón evolutiva. Ellos sólo necesitaban ver a la que tenían enfrente para saber si era – o no – una buena candidata para la preservación de su DNA (osease, para ser la madre de sus hijos). El ratio cadera-cintura, el tono de su piel y la simetría de su rostro eran claves importantes para evaluar su resistencia a las enfermedades y su estado de salud general.

En cambio, las mujeres tenían que “leer” más allá de una espalda ancha y unos brazos fuertes. Era necesario que prestaran atención a claves más sutiles para saber si el cristiano en cuestión sería confiable para quedarse y cuidar de su descendencia (al menos un par de años mientras éstos aprendían a caminar).

Por la misma razón, la charla precoito (la de antes de coger) es tan importante para las mujeres. Resulta que en esto de la evaluación de los candidatos a padre para sus hijos, ellas evalúan la capacidad del susodicho de priorizar el diálogo por encima de la calentura.

Dicho de otra manera, de aguantarse las ganas y escucharla hasta que esté lista para la acción. De esta forma, el prueba que es digno de su confianza y que cuidará bien de su progenie (o al menos, lo finge bien).

Finalmente, sabemos que el sexo genera hartos químicos que nos ponen contentos pero ahora resulta que el fluido seminal trae consigo importantes beneficios a la salud.

Además de contener dopamina, norepinefrina y tirosina (un aminoácido necesario para fabricar más dopamina) así como testosterona y estrógenos (que contribuyen a la calentura y al orgasmo), también incluye oxitocina y vasopresina que nos permiten construir lazos y hasta hormonas luteinizantes que nos ayudan al ciclo mensual. ¿Alguna otra razón para estar interesadas?

Les dejo la recomendación bibliográfica de esta semana: El ya clásico tratado de Helen Fisher “Why we love”.