¿Por qué los cuernos furtivos son mejores que el swinger abierto?

O ¿por qué preferimos que nos vean la cara? ¿Por qué tanto miedo a las palabras?

¿Qué pasaría si abriéramos la conversación? Si, un día cualquiera, decidiéramos preguntar ¿Qué onda contigo, con nosotros? ¿Qué haremos si el otro es infiel? ¿Queremos saber? ¿Se vale? ¿Cuáles son las reglas?

Ya sé, muchas preguntas y pocas respuestas. Es más, ni yo misma logro ponerme de acuerdo y, aún cuando creo firmemente que los “cachos” no son “para tanto”, los detalles de un posible acuerdo se me escapan.

Imaginemos: Un día me entero (porque, tarde o temprano, uno siempre se entera) que soy una “cornuda” y, claro, lo primero que ocurre es que Zeus se queda corto con todo y sus relámpagos.

En mi cólera, seguramente diré cosas hirientes y, posiblemente, mande a volar al imperfecto pero, todo será culpa del ego, del orgullo. Porque, realmente, el que esté libre de culpa que tire la primera piedra (¿o a poco pecar de pensamiento no es igual de malo que pecar de obra?).

Y no se trata de aplicar el famoso “ojo por ojo”, de “cobrar” la infidelidad, sino de ver cómo le hace uno para sobrevivir esto de los retos de la vida en pareja, retos que son más viejos que las tabletas del Mar muerto.

Intentar ser más honestos con nosotros mismos y hacerles frente con un enfoque más abierto, incluso, tal vez, más realista.

Y no, no es un enfoque “moderno”. A lo largo de las décadas, de los siglos incluso, muchas parejas han tenido claro que la fidelidad emocional y la exclusividad sexual no siempre van de la mano y sus acuerdos han ido en todas direcciones. Algunos más exitosos, unos menos dolorosos pero todos ellos desafiantes.

Por ahora, baste decir que, entre el swinger abierto (osease ver al otro tener relaciones) y sólo saber de éstas o de la posibilidad de éstas, hay un gran trecho. Así que… a encontrar el espacio intermedio que nos permita ser pareja y no morir en el intento.

Con ustedes: ¡El clítoris!

Pues si, ahora resulta que ya es un descubrimiento contundente: El clítoris ES el pene femenino.

Y no se trata solamente de que “funcione igual” (osease, crezca y se ponga duro) o que sea su equivalente (como fuente de placer y excitación). Nop, el clítoris ES un pene.

Sólo basta ver los modelos 3D que están haciendo los franceses para sus clases de educación sexual. Sip, modelos a tres dimensiones y sip, clases de educación sexual.

Vayamos poco a poco. Del clítoris, como de los icebergs, sólo vemos la puntita, así que al tener un modelo completo podemos ver tooodo lo que está abajo y evitar que nos pase como al Titanic: Nadie quiere que su barco se hunda (osease, su relación, su acostón) por no saber el gran impacto que puede causar lo que está debajo de esa “pequeña puntita”.

Y de las clases de educación sexual… qué les puedo decir. Me encantaría ver la cara de la Asociación de Padres de Familia ante la sutil sugerencia de un modelo 3D, jiji. Si se niegan a hablar de disfrute y placer en la relación sexual y tratan a la masturbación como pecado capital con boleto directito al infierno, qué podemos esperar.

Pero bueno, concentrémonos en la dimensión individual, en el impacto que la falta de información sobre el clítoris tiene en nuestras encamadas.

Saber que el clítoris tiene “brazos” que rodean la labia cambia radicalmente el enfoque hasta del más dedicado “apretador de botones”. Chicos – y, obvio también, chicas -, el trabajo no es de profundidad, es de extensión. Es decir, hay que trabajar a lo largo y ancho del playground: Se trata de – aproximadamente – 10 cm de diversión de cada lado. ¿A poco no suena bien entretenido?

Esto no es todo, como estos brazos rodean la vagina, contribuyen al placer en la penetración. Y sí, se están imaginando bien, esto implica que la supuesta división entre orgasmos vaginales y clitoridianos no aplica tal cual. Si el orgasmo es “vaginal”, cuenta con ayuda de parte del clítoris y si el orgasmo es “clitoridiano”, éste recorre toda la circunferencia de la vagina ¿Así o más genial?

Pero a mi, lo que más me encanta de toda esta situación es que si podemos definir al clítoris como un “pene interno”, por qué no llamar al pene un “clítoris externo”.

Ser “cachonda” / “caliente” – o como quieran llamarlo – vs. Parecerlo

Ahora resulta que, para ser cachonda, uno tiene que tener tipo de puta (con todo respeto a éstas).

Es decir, parecería que uno debe poner señales claras, evidentes y fáciles de leer. Casi como usar un gran letrero que diga “me gusta el sexo” para que los hombres no se sorprendan y entiendan que a una le gustan las cosas buenas y divertidas.

Porque parece que ser seria y trabajadora y vestir como “persona normal” (sin escotes o faldas mínimas en un día domingo cualquiera) está en total contradicción con disfrutar de una buena cama. Como si en el mundo sólo hubiera de dos sopas: Aburrida y frígida o, desmadrosa y puta.

Pero, si uno lo piensa bien, son dos caras de la misma moneda. Si no, de dónde creen que salió la famosísima frase (ok, tal vez no tan famosa pero si muy atinada): “Work hard, play hard”, o mi versión favorita: “Work hard, play harder”.

Y las cosas se ponen peor. Una vez que al imperfecto en cuestión le queda clara la naturaleza sexosa de su pretensa a galana, empieza con las guarradas (entiéndase, naqueces, comentarios vulgares, o como se diga en ese español que se supone que es uno pero que realmente son muchas lenguas).

Yo no sé si es producto de la sorpresa o de que “como uno era serio” se aguantaron todos los comentarios que se les ocurrieron y por eso todos salen de manera abrupta y sin censura de por medio.

O tal vez hay una clara y contundente relación entre “me gusta el sexo” y “me puedes decir vulgaridades” (porque, segurito, me encantan) que yo, por alguna extraña razón, desconozco.

Así que, ¿por qué no vamos trabajando en lograr un punto medio entre la “vieja aburrida” y la “puta que me cojo”?

Instrucciones para follar en la vida moderna

Ni antes de la tercera, ni después de la quinta. Que si creo que funciona, sip. Que si lo he cumplido, nop.

Claro, todo depende de qué busca uno. Y no, no estoy dando consejos para conseguir citas ni mucho menos pareja. Es simplemente que, a mi, me gustan las cosas buenas y, en el sexo, como en el resto de mi vida, me gusta saber que voy a pasar un buen rato. Que lo voy a disfrutar y, sobre todo, que me voy a divertir.

Entonces, si no conozco a Juanito, no sé bien qué le gusta ni qué me gusta de él.

Claro, esto no aplica si lo que quiero es un acostón rápido donde lo que más importa es mi satisfacción personal, calmar mi antojo como cuando uno tiene harta sed y la diferencia entre una limonada y un refresco bien frío no es tanta.

Pero además, hay un aspecto que nubla mi entendimiento de los one night stands: A mi me gusta repetir. Es decir, si algo es bueno pues, por qué no repetirlo. Y si no sé ni cómo se apellida Juanito ni como buscarlo después.

Tons, ¿por qué tres salidas?, ¿por qué no dos o cuatro?

Yo creo que, como dicen, dos de tres. Si ya tuvieron una buena cita, nada es garantía de que la siguiente también será buena. Pero, si ya pasaron dos rounds ganadores, todo pinta que el tercero será bueno.

Y, ahora si, a coger con ganas, con todo.

Pero, luego viene el tenebroso asunto de cuándo dormir en casa del otro. Y no hablo de esas veces que se quedaron dormidos y por la early morning uno de los dos sale corriendo, casi casi sin mirar pa´ atrás.

Hablo de pasar la noche, de pernoctar en una misma cama y, lo más escalofriante, de despertar juntos.

Posiblemente tendrán que compartir el baño (si no es la ducha cachonda, al menos les tocará lavarse los dientes). Y esta cercanía es potencialmente tenebrosa. Desde el “buenos días” hasta la despedida. ¿Qué decir?, ¿Cómo despedirse? ¿Quedan para luego?

Así que si uno no puede siquiera imaginarse la reacción del otro ante nuestro “Lindo día, nos vemos después”, seguramente les falta otra cita antes de compartir la pasta de dientes.

Y, ¿que por qué no más de cinco? Porque si ya salieron cinco veces y ambos se pudieron aguantar las ganas… Chicas, eso no pinta muy divertido.

¿Y la vagina?

Seguimos combatiendo la abrumadora ignorancia (empezando por la mía). Yo nunca supe, es más, ni siquiera imaginé, que había diferentes tipos de vaginas.

Que había unas más apretadas, otras más suaves, otras más calientes y unas más, re húmedas.

Es decir, que prácticamente, había al – menos – cuatro criterios básicos para “evaluarlas”, diferenciarlas e incluso catalogarlas.

Aclaro, no sé si habrá una clasificación de vaginas como las que existen sobre los tipos de pene (de lápiz, de hongo, de cono y no recuerdo los otros) pero claramente me molesta que nadie me la haya platicado.

Es más, no sé si la falta de clasificación de una parte tan importante del cuerpo femenino es sólo parte de la “incultura” general en torno al sexo o bien, una muestra más de la inequidad de género.  Pero, en ambos casos, me niego a seguir sin explorar y comentar el tema.

Y no, no se me ocurre empezar a comparar entre amigas. ¿Se imaginan? Sería rete divertido. Ya me veo yo preguntando: “Oye Juanita, ¿la tuya es de las de cueva amplia y profunda o más bien de las que parecen colchón de cama con almohadón de plumas?”

Eso si, me imagino claramente el potencial de esta información para hacernos publicidad. Es decir, no de publicarlo en nuestras redes sociales pero si en un rico sexting con un potencial a susodicho (osease galán): “Tengo unas bellas tetas” (o “lindos senos”, si somos más conservadoras y nos da penita) “y mi vagina es pachonchita” (osease, como relleno de cojín).

O simplemente decir: “Soy Juanita, hablo inglés, me gusta practicar yoga y tengo una vagina muy rica”. Jajajaja. Me encantaría ver la cara de los pobres hombres al escuchar estas palabras de tan originales galanas.

Pero el punto, además de las múltiples oportunidades de promoción personal es que saberlo es importante.

Nos empodera y adueña de nuestros cuerpos. Y nos da un diferencial para decirle al de enfrente: Oye, yo sé que beso rico pero ahora también sé que tengo una vagina rica. ¡Suertudo ud¡

La obsesión por el pene

La verdad que no la entiendo (si, hay muchas cosas que no entiendo y ésta es otra más).

Qué fijación con su tamaño y, para los más sofisticados, específicamente con su longitud y grosor.

No sé (si, también hay muchas cosas que no sé) por qué nadie les explicó que la vagina sólo, repito, SOLO tiene terminales nerviosas al principio. Es decir, sólo la entrada siente.

Así que si Ud. tiene 5 cm. más allá de ésta o 15 cm., la verdad, es que resulta menos importante a la hora de la hora. El placer no va por ahí.

Es más, si Ud. la tiene demasiado grande, le puedo garantizar que a las mujeres no siempre les gustará. Realmente es complicado hacer cosas divertidas como un oral y es francamente incómodo cuando se topa con la pared (porque ésta existe, déjenme decirles. Sí, hay un límite a qué tan lejos puede llegar).

Lo mismo pasa con el grosor. Un pene muy grueso no siempre equivale a una mejor sensación. A veces, es todo un reto idear cómo meterlo y eso de “ahí te va de un solo” puede generar más de un grito que seguramente no será de placer.

Pero, incluso si en el momento la susodicha en cuestión está disfrutando harto esto no implica que después, cuando ya se haya enfriado la cuestión, no diga ¡Auch¡, cuando se de cuenta que está un poco lastimadita en la entrada de tanta empujada.

Y además, yo puedo jurarles que no se trata de tenerlo sino de saber usarlo. Y, es más, de saber usar todo el arsenal.

Están los obvios comandantes: Pene, manos y boca. Pero también hay toda una serie de soldados de a piso representados en los miles de cm. de deliciosa piel.

Así que, en lugar de pensar en un “ejercito de uno”, piensen en atacar con todo un batallón.

El mejor General no gana solo una guerra, requiere de un buen ejército para lograr la conquista contundente del territorio enemigo.

No hay nada más sexoso

Que decirle a un hombre que mueres de ganas de cogértelo.

Ser objeto de deseo parece ser una fantasía que ni siquiera ellos tienen clara. Seguramente, ninguno te ha dicho: “Qué bonito sentí cuando me dijiste que me querías coger”.

Pero, si fueras hombre, sabrías – de alguna manera muy básica e intuitiva – que esta afirmación conlleva toda una serie de implicaciones re importantes y atractivas:

  1. Que a la chica en cuestión le gustas harto (Súper bueno para cualquier ego).
  2. Que la susodicha no tiene miedo de hablar de sexo (Y, como dicen… del dicho al hecho, no hay un gran trecho. Osease, se ve acción en tu futuro).
  3. Que a esta mujer le gusta el sexo (No utiliza el conocido “quiero hacer el amor contigo” u otras formas sutiles de disfrazar el deseo femenino. Dice claramente “ganas” y “coger” en la misma frase. ¡Suertudo¡).
  4. Que seguramente es proactiva y le gusta tomar la iniciativa (¿Realmente necesito explicar lo que esto implica en la cama?)
  5. Que le gusta disfrutar, gozar y no siente pena ni culpa por ello (Por que, realmente, ¿de qué tendría que sentirse mal?)

Una mujer que sabe lo que quiere, como en otros ámbitos de la vida, es muy atractiva. Por eso, me llama la atención el que no se nos haya ocurrido antes.

Es más, la verdad no entiendo cómo es que nadie nos dijo esto antes. En lugar de preocuparnos por la celulitis o el outfit perfecto, era muuucho más sencillo concentrarnos en nuestro deseo y expresarlo en voz alta. Así de sencillo.

Ah, porque cómo cuesta trabajo pedir lo que queremos y más cuando tiene que ver con asuntos de cama. Es más, este mismo término resulta ridículo.  “Asuntos de cama”, por qué no llamar a las cosas por lo que son.

Pensemos por un momento qué pasaría si una mujer dijera: Yo muero de ganas de bailar toda la noche, de comer helado hasta que me duela la panza, de cantar a todo pulmón, etc. etc.

Todos diríamos “mira, qué divertida”, “sería una gran compañía”, “seguro la pasaría uno genial” y otro montón de halagos.

Pues, en el sexo debería ser exactamente igual. Querer pasarla rebien en la cama, llevar las cosas al límite y divertirse de lo loco debería ser socialmente bien valorado.

Poder decir “quiero cogerte” y dejar claro que disfrutas del sexo, que no sientes vergüenza en decir lo que quieres y que, muy seguramente, tampoco tendrás ninguna pena en hacer lo que deseas. Ser una mujer que sabe lo que quiere y que es clara al pedirlo. ¿O no todas queremos eso?