A la esperanza hay que matarla, no dejarla que muera al último

Es bonito creer que ese famoso lema “La esperanza muere al último” es reflejo de una actitud optimista, positiva, incluso socialmente valorada.

Pero yo creo que todo es un gran lavado de cerebro. Esperar que, al final, las cosas mejoren, la gente cambie, los problemas se solucionen, es tan ingenuo como creer que la Bella realmente se enamoró de la Bestia sólo por que ésta tenía un gran corazón.

Lo que ocurre es que nuestra fascinación por los cuentos de hadas nos ha llevado a una parálisis en la toma de decisiones y, sobre todo, en los cambios que nuestras vidas demandan urgentemente.

Pero es que es relindo pensar que nuestro vecino del otro lado de la cama ahora sí, seguro, deja de hacer esas cosas que nos vuelven locos y nos hacen pensar seriamente en el atractivo de una vida en solitario. Que nuestros jefes ahora sí, definitivamente, se van a dar cuenta de qué mal nos valoraron y cambiarán sus modos y hasta nos darán un aumento.

Y así, la lista es interminable: Que si mi madre, que si mi suegra, que si la vecina, que si nuestros gobernantes. Nada, la gente no cambia, sólo tiene variaciones coyunturales dentro de su script inicial.

Lo mejor sería dejar de practicar esa dependencia fáctica y empezar a hacernos cargos de nuestra cotidianidad problemática. Enfrentar los problemas como si de nadie más dependieran porque, de hecho, de nadie más dependen, sólo de nosotros y si no lo hacemos, ¿entonces quién?

Asumamos que nuestra vida y nuestra felicidad son nuestra responsabilidad, de nadie más. Y veremos que una vez que dejamos la parálisis de lado, las cosas se ponen posiblemente difíciles pero claramente más divertidas.

Y de lectura, dos blogs lindos e interesantes. El primero, “Barking up the wrong tree” de Eric Barker es la versión “tips” de investigaciones serias mientras que “Brain pickings” de Maria Popova trae referencias literarias y filosóficas sobre problemas cotidianos.

¿Cuándo dejaremos de querer ser perfectos?

No sólo porque es retecansado sino porque aún cuando uno le intente harto, nunca es suficiente. Yo creo firmemente que el “debería de” hay que tirarlo a la basura.

Lo que ocurre es que nos convertimos en víctimas de nuestro propio deseo de perfección. Y ni hablar de las expectativas de los demás…

Pero incluso si nos da por no escuchar a los otros, uno nunca logra disfrutar de la cotidianeidad porque se nos ocurren mil y un formas en que nuestra vida podría ser mejor (no importa que tan linda sea ésta).

Que si nuestro trasero podría estar en mejor forma, que si en nuestro último proyecto podríamos haber hecho algo más, que si nos sale una cana en la ceja es el acabose. ¡Me rindo!

Definitivamente, uno hace lo que puede con lo que tiene y si esto no va acorde a las expectativas propias o ajenas pues… ni modo, a disfrutar de la vida tal y como ésta viene.

Ahora bien, me dirán, si uno no intenta ser mejor persona, ¿cómo evitar la complacencia, la mediocridad?

Pues, en mi humilde opinión, sólo uno mismo puede ser el juez de su propia vida. Ahora que, tampoco se vale hacer trampa, hay que tener un diálogo honesto con nosotros mismos.

De hecho, sondear cómo nos sentimos, qué pensamos y, sobre todo, qué queremos (para nosotros, para los nuestros, para los otros) sería una buena práctica cotidiana.

Preguntarnos para qué hacemos lo que hacemos, porque estamos donde estamos y cuál es la razón por la que nos juntamos con quien lo hacemos es la receta no mágica a una vida más tranquila y satisfactoria.

Así que mandemos todas esas expectativas falsas a volar, demos una mirada a nuestro alrededor y abracemos la encantadora vida que nos ha tocado.

No quiero sonar paranoica pero…

¿No tienen la impresión de que nos están preparando para la hecatombe mundial?

Desde los blockbusters de este año hasta las noticias internacionales, a mi me parece que eso de un posible ataque de los muertos vivientes es el menor de nuestros problemas.

Me explico: Tenemos la ilusión (pero ésta todavía más falsa que las ilusiones normales) de que nosotros decidimos qué pensar y cómo ver la realidad. Se nos olvida flagrantemente que son nuestras percepciones las que determinan nuestra visión del mundo y que éstas son fácilmente manipulables. Para ejemplo basta mencionar el uso del color naranja en los restaurantes Vips para que nos dé hambre.

Empecemos por las películas, esa linda fuente de distracción mental y relajamiento existencial. Uno va al cine a olvidarse un rato de la realidad y claro, tooodos tenemos muy claro que entre Hollywood y el planeta tierra hay un abismo (para bien y para mal): Nuestro mundo es menos lindo-lindo, peligrosísimo y emocionante que el de las películas. Pero ¿estamos seguros que hacemos esta distinción?

Superhéroes, Jedis, espías, mutantes, piratas y drogadictos, asesinos, narcos, ciborgs y chimpancés de diferentes tamaños pelean en mundos que se destruyen, malos que sólo buscan la extinción de los buenos y asesinatos en guerras constantes. Claramente después de este coctel de historias terminaremos 2017 con una gran fe en la raza humana y llenos de esperanza en nuestro futuro… eh… No lo creo.

Y ni qué decir de las noticias internacionales donde las cadenas televisivas, en pos del rating, presentan las noticias más emocionantes, osease, sensacionalistas, escandalosas y, por qué no, morbosas que encuentran. Todo bajo un amarillismo total para no quedarse atrás del nivel de emoción y excitación al que nos acostumbra uno y otro día la tele, el cine y hasta el youtube.

Con esto, no es de extrañar que nos resulte difícil distinguir la ficción de la realidad: Los malos de las noticias no le piden nada al Emperador de las galaxias y seguramente nos preguntamos si los narcos que vemos en la nota policiaca no serán tan ingeniosos e inteligentes como los de las películas y series.

Pero además, los noticieros nos dejan con la firme creencia de que hay muchas cosas en el mundo de las cuáles deberíamos estar temerosos. Al jugar con nuestros miedos afectan nuestra perspectiva, y al perder la capacidad de darle la justa dimensión a las cosas nos volvemos presas del miedo y el enojo.

Como resultado tenemos una ecuación bien peligrosa: “Malos del mal” + “Planeta al borde de la destrucción” + “Niveles de empatía de menos dos” … ¿Qué nos espera?