Las maldiciones sí existen

Tenemos mucho que aprenderles a los cuentos infantiles, como aprender a no confiar en extraños que nos ofrecen dulces – como Hansel y Gretel – o a no escuchar a aquellos que nos susurran lindas melodías al oído – como el flautista de Hamelin -.

Sin embargo, hay un elemento común que, por alguna razón, siempre pasamos de noche: El asunto de las maldiciones.

Normalmente, cuando pensamos en éstas, se nos viene a la mente alguna buena película de terror o mínimo una de aventura tipo Momia 1 y 2. Pero, ¿nos hemos puesto a pensar en las maldiciones que corren en nuestras familias?

Una maldición, cuentan por ahí, es la expresión de un “deseo maligno” dirigido contra una o varias personas que, en virtud de algún “poder mágico/misterioso”, se cumple.

Éstas afectan a toda la familia, incluso a varias generaciones, y dicen los que saben que romperlas requiere de potentes hechizos. Pues claro, nada se resuelve fácilmente.

Ahora ahí les va LA pregunta del año: ¿Qué pasa de padres a hijos, de generación en generación? Pues ni más ni menos que los patrones de comportamiento que, cuando son bastante enfermitos, se parecen a maldiciones que joden la vida de todos los miembros y a sus descendientes.

Pensemos en esas familias que hacen chantajes, que no expresan afecto o se caracterizan por cualquier otro comportamiento de esos lindos que joden la autoestima. Claramente sus integrantes tendrán problemas para relacionarse y ni hablar de establecer vínculos emocionales sanos y satisfactorios.

Entonces, si un miembro – o una generación – no lucha contra esa maldición, sigue reproduciendo estos comportamientos afectando su felicidad y la de los que vienen después.

Y como en toda maldición, romper estos patrones cuesta harto trabajo pero, afortunadamente no requiere de baños de purificación o talismanes especiales, sólo de hartas ganas de superarlos.

Así que echemos un vistazo a nuestros padres, revisemos la pareja que elegimos y evaluemos el trato que damos a los miembros más jóvenes, seguramente encontraremos alguna que otra maldición a la cual darle cuello.

Realmente ¿qué tan importante es el amor en el matrimonio?

Contrario a lo que nosotros, ciudadanos del SXXI, podríamos creer, por siglos el amor no tuvo un rol central en la vida matrimonial. Es más, durante gran parte de la Historia, éste fue un criterio totalmente irrelevante en la selección de pareja.

Ahora bien, esto no significa que los individuos no se enamoraran o cayeran presas de “bajas pasiones”, es sólo que el amor no se consideraba un elemento determinante de “un buen matrimonio”.

Lo que si importaba – y mucho -, era que el/la prospecto en cuestión fuera hábil en la realización de una serie de tareas básicas para el desarrollo de la vida familiar: Cultivar la tierra, coser la ropa, cuidar los animales, etc.

Dada la centralidad de estas labores, uno puede entender por qué las personas preferían emparejarse para cuidar su existencia misma – vivir en solitario representaría un riesgo muy serio a la supervivencia – más que buscar con quien vivir felices por siempre.

Pero dos fenómenos cambiaron radicalmente esta situación: El crecimiento de la vida urbana y el trabajo asalariado. Por primera vez en muchos siglos, los individuos pudieron priorizar sus intereses ya que su subsistencia no dependía más del Otro.

Y luego, para aumentar la presión por la búsqueda de la felicidad en la vida matrimonial, la disminución del número de hijos – más el aumento en la esperanza de vida – implicó que las parejas pasarían más tiempo juntas, ya no encargadas del cuidado de su progenie sino en plena convivencia.

Claramente, la idea de ser feliz con la persona que se ama adquirió mayor importancia frente a la posibilidad de pasar muuuchos años juntos.

Entonces, en pleno 2017, ¿qué justificación podríamos tener para no ser felices en nuestra vida de pareja? Francamente, ninguna.

Podemos elegirla libremente, ya no dependemos del Otro para subsistir y los hijos se van cada vez más rápido, así que ¿cómo es que nos permitimos ser miserables en nuestros matrimonios?

¿La respuesta? Como siempre, es de índole personal pero en el mismo sentido: Tomemos cartas en el asunto y hagámonos responsables de nuestra propia felicidad o qué, ¿necesitamos al Otro para, al menos, tener a quién echarle la culpa?

El compromiso versión SXXI

Resulta que hasta hace un par de décadas, la idea del compromiso estaba íntimamente ligado al Otro. Es decir, uno establecía compromisos con otras personas: Socios de negocios, familia y, sobre todo, parejas.

Pero ahora tenemos un nuevo tipo: El compromiso con nosotros mismos. Hemos establecido como prioritario en nuestras vidas ser “verdaderos a nosotros mismos”, fieles vigilantes de nuestros principios y valores pero, principalmente, estamos comprometidos con nuestra propia felicidad.

Así que vamos por la vida monitoreándonos constantemente, preguntándonos: ¿Cómo me siento? ¿La estoy pasando bien? ¿Soy feliz?

Y claro, hay evidentes ventajas a ponerse primero y no dejarse pisar ni ser usado como chancla por alguien más. Pero, no sé en qué momento de esta vida Millenial, hemos perdido la capacidad de comprometernos con el de enfrente en las buenas y en las malas.

La teoría nos dice que esto tiene que ver con nuestros modelos culturales que entran en flagrante contradicción: Somos tradicionales en unas cosas y modernos en otras, velamos por el colectivo y las instituciones pero priorizamos nuestro propio bienestar. Así que, ¿cómo salir de este enredo?

Yo, a mis casi 50 años, sigo sin tener la respuesta y ni siquiera tengo claro a qué le tengo miedo: ¿Que me lastimen? (check, ya ha pasado y sigo aquí dando lata), ¿perder parte de mi individualidad? (si, claro, como si fuera tan fácil deshacerse de una personalidad tan opinadora). En fin, es terrible, ni siquiera hay un factor claro que justifique tanta reticencia al compromiso.

Así que pregunto ¿Y ustedes, cómo le han hecho? ¿Cómo lograron decir “Sí, le entro”? Aunque al final la entrada al mundo comprometido sólo haya durado un par de buenos años y varios malos. O, tal vez, ustedes son de aquellos “suertudos” (osease, que tuvieron la suerte de trabajar constantemente en su relación y disfrutarla vaaarios, muchos y hartos años).

Creo que, en el mientras aprendo cómo se hace eso, sólo me queda fajarme los pantalones y lanzarme al vacío, no evitando el miedo sino a pesar de éste.

A la esperanza hay que matarla, no dejarla que muera al último

Es bonito creer que ese famoso lema “La esperanza muere al último” es reflejo de una actitud optimista, positiva, incluso socialmente valorada.

Pero yo creo que todo es un gran lavado de cerebro. Esperar que, al final, las cosas mejoren, la gente cambie, los problemas se solucionen, es tan ingenuo como creer que la Bella realmente se enamoró de la Bestia sólo por que ésta tenía un gran corazón.

Lo que ocurre es que nuestra fascinación por los cuentos de hadas nos ha llevado a una parálisis en la toma de decisiones y, sobre todo, en los cambios que nuestras vidas demandan urgentemente.

Pero es que es relindo pensar que nuestro vecino del otro lado de la cama ahora sí, seguro, deja de hacer esas cosas que nos vuelven locos y nos hacen pensar seriamente en el atractivo de una vida en solitario. Que nuestros jefes ahora sí, definitivamente, se van a dar cuenta de qué mal nos valoraron y cambiarán sus modos y hasta nos darán un aumento.

Y así, la lista es interminable: Que si mi madre, que si mi suegra, que si la vecina, que si nuestros gobernantes. Nada, la gente no cambia, sólo tiene variaciones coyunturales dentro de su script inicial.

Lo mejor sería dejar de practicar esa dependencia fáctica y empezar a hacernos cargos de nuestra cotidianidad problemática. Enfrentar los problemas como si de nadie más dependieran porque, de hecho, de nadie más dependen, sólo de nosotros y si no lo hacemos, ¿entonces quién?

Asumamos que nuestra vida y nuestra felicidad son nuestra responsabilidad, de nadie más. Y veremos que una vez que dejamos la parálisis de lado, las cosas se ponen posiblemente difíciles pero claramente más divertidas.

Y de lectura, dos blogs lindos e interesantes. El primero, “Barking up the wrong tree” de Eric Barker es la versión “tips” de investigaciones serias mientras que “Brain pickings” de Maria Popova trae referencias literarias y filosóficas sobre problemas cotidianos.

Cuando el amor aumenta, el erotismo disminuye (lo dice la física y Esther Perel)

La tercera ley de Newton establece que “siempre que un objeto ejerce una fuerza sobre un segundo objeto, éste ejerce una fuerza de igual magnitud y dirección pero en sentido opuesto sobre el primero”.

O lo que es lo mismo: A cada acción le corresponde una reacción, sólo que en sentido contrario. Así que, ¿cómo no le pensamos antes? Era obviooo: El amor y el erotismo son dos fuerzas en sentido contrario así que hace tooodo el sentido que cuando una entra full por la puerta, la otra se escabulla por la ventana.

¿Por qué ocurre esto? Pues resulta que los mecanismos que implementamos para lograr una sensación de seguridad en nuestra relación, son los mismos que, a mediano plazo, acaban con ésta. Ocurre que la estabilidad y confianza que nos permiten establecer una relación de largo plazo le dan al traste (o, en cristiano, “hacen trizas”) a la necesidad de novedad y cambio. Y, no me dejaran mentir: Lo predecible es seguro pero francamente aburrido.

Ocurre que, el riesgo y la aventura que nos ofrecen una vida vibrante, nuestro deseo por lo excitante y misterioso y la diversión de esos encuentros furtivos, no son ingredientes bienvenidos en la cama matrimonial. Y, sin embargo, son imprescindibles para una relación exitosa.

Eso de pasar del amor romántico (ése que trae una buena dosis de cama pero es de corta duración) a un apego de largo plazo, es todo un reto. Madre naturaleza decidió darnos químicos suficientes para estar juntos los primeros años de la crianza. Pero luego, asumió que sus amables súbditos (es decir, nosotros) bien podrían encontrar por ellos mismos otras razones para permanecer en pareja una vez que los sentimientos de éxtasis jubiloso pasaran.

Pero se le olvidó que a los homínidos nos da por complicarnos la vida, por pretender que todos somos parte de ese 3% de los mamíferos que establece una relación para toda la vida y que creemos que el amor todo lo puede. Así que nuestra mejor opción fue fundirnos con el otro para hacernos más fuertes, pero sólo logramos perdernos y desdibujarnos, arruinando la pasión.

Pensarnos más allá de nuestra pareja es complicado y hasta suena feo pero es la única opción que tenemos para que cada reencuentro sea una aventura vibrante, una de esas que nos emocionan y nos recuerdan que, además de estar unidos en las buenas y en las malas, también lo debemos estar en la cama, la mesa o cualquier otra superficie que se preste para el amorío desenfrenado.

P.d. ¿Y Esther? Su libro se llama “Mating in captivity”, échenle un ojo.

¿Cuándo dejaremos de querer ser perfectos?

No sólo porque es retecansado sino porque aún cuando uno le intente harto, nunca es suficiente. Yo creo firmemente que el “debería de” hay que tirarlo a la basura.

Lo que ocurre es que nos convertimos en víctimas de nuestro propio deseo de perfección. Y ni hablar de las expectativas de los demás…

Pero incluso si nos da por no escuchar a los otros, uno nunca logra disfrutar de la cotidianeidad porque se nos ocurren mil y un formas en que nuestra vida podría ser mejor (no importa que tan linda sea ésta).

Que si nuestro trasero podría estar en mejor forma, que si en nuestro último proyecto podríamos haber hecho algo más, que si nos sale una cana en la ceja es el acabose. ¡Me rindo!

Definitivamente, uno hace lo que puede con lo que tiene y si esto no va acorde a las expectativas propias o ajenas pues… ni modo, a disfrutar de la vida tal y como ésta viene.

Ahora bien, me dirán, si uno no intenta ser mejor persona, ¿cómo evitar la complacencia, la mediocridad?

Pues, en mi humilde opinión, sólo uno mismo puede ser el juez de su propia vida. Ahora que, tampoco se vale hacer trampa, hay que tener un diálogo honesto con nosotros mismos.

De hecho, sondear cómo nos sentimos, qué pensamos y, sobre todo, qué queremos (para nosotros, para los nuestros, para los otros) sería una buena práctica cotidiana.

Preguntarnos para qué hacemos lo que hacemos, porque estamos donde estamos y cuál es la razón por la que nos juntamos con quien lo hacemos es la receta no mágica a una vida más tranquila y satisfactoria.

Así que mandemos todas esas expectativas falsas a volar, demos una mirada a nuestro alrededor y abracemos la encantadora vida que nos ha tocado.

El amor debería ser un concepto central de la Teoría Económica (o pregúntenselo a Adam Smith)

Aclaro: No me refiero al impacto que Don Valentín tuvo el día de ayer en nuestros monederos.

En la Teoría de los Sentimientos Morales, el padre de la economía moderna clarifica que el gran motivador de nuestra vida económica es “ser vistos”, ser “atendidos” o, dicho sencillamente, que el Otro se entere de nuestra existencia. Pero, queremos auto-engañarnos pensando que, en esas compras interminables de bienes y servicios, sólo buscamos una satisfacción material.

Mentira vil: Estamos guiados por un deseo mucho más profundo. Como dice Alain de Botton (filosofía contemporánea light en su versión más agradable): “Cuál es el objetivo último de la riqueza y el poder si no es más que la búsqueda del amor”.

Sin lugar a dudas, este ímpetu amoroso es el incuestionable motor de todas nuestras acciones económicas. Es más, nuestra existencia misma como homo economicus se lo debemos al Señor Cupido.

Ahora bien, como esta visión del amor no tiene nada de romántica, hemos perdido de vista el resto de sus componentes económicos.

En el amor, como en todo bien que busca satisfacer nuestras necesidades, el trabajo es una variable siempre presente. Es decir, no hay acceso al producto deseado si no hay una actividad laboral que nos permita alcanzarlo. En otras palabras, no hay relación amorosa exitosa sin trabajo.

Y si además, nos echamos un clavado con el otro gran padre de la Teoría Económica, Don Carlos Marx, nos quedaría claro que el trabajo es el espacio donde nos desarrollamos, donde alcanzamos la perfección. Y qué mejor que aplicar esta actividad esencial del hombre en su búsqueda más intrínseca: El amor.

Así que, ¿ya quedó claro que en el amor hay que trabajarle o seguiremos esperando que el destino nos ponga enfrente a nuestra media naranja y seremos felices por siempre sólo porque somos re-lindos?

Dejemos de asumir que las cosas se dan solas, que las relaciones “surgen” como las flores del campo y empecemos a darle duro por hacer de éstas el producto que deseamos comprar cada uno de nuestros días.