El amor debería ser un concepto central de la Teoría Económica (o pregúntenselo a Adam Smith)

Aclaro: No me refiero al impacto que Don Valentín tuvo el día de ayer en nuestros monederos.

En la Teoría de los Sentimientos Morales, el padre de la economía moderna clarifica que el gran motivador de nuestra vida económica es “ser vistos”, ser “atendidos” o, dicho sencillamente, que el Otro se entere de nuestra existencia. Pero, queremos auto-engañarnos pensando que, en esas compras interminables de bienes y servicios, sólo buscamos una satisfacción material.

Mentira vil: Estamos guiados por un deseo mucho más profundo. Como dice Alain de Botton (filosofía contemporánea light en su versión más agradable): “Cuál es el objetivo último de la riqueza y el poder si no es más que la búsqueda del amor”.

Sin lugar a dudas, este ímpetu amoroso es el incuestionable motor de todas nuestras acciones económicas. Es más, nuestra existencia misma como homo economicus se lo debemos al Señor Cupido.

Ahora bien, como esta visión del amor no tiene nada de romántica, hemos perdido de vista el resto de sus componentes económicos.

En el amor, como en todo bien que busca satisfacer nuestras necesidades, el trabajo es una variable siempre presente. Es decir, no hay acceso al producto deseado si no hay una actividad laboral que nos permita alcanzarlo. En otras palabras, no hay relación amorosa exitosa sin trabajo.

Y si además, nos echamos un clavado con el otro gran padre de la Teoría Económica, Don Carlos Marx, nos quedaría claro que el trabajo es el espacio donde nos desarrollamos, donde alcanzamos la perfección. Y qué mejor que aplicar esta actividad esencial del hombre en su búsqueda más intrínseca: El amor.

Así que, ¿ya quedó claro que en el amor hay que trabajarle o seguiremos esperando que el destino nos ponga enfrente a nuestra media naranja y seremos felices por siempre sólo porque somos re-lindos?

Dejemos de asumir que las cosas se dan solas, que las relaciones “surgen” como las flores del campo y empecemos a darle duro por hacer de éstas el producto que deseamos comprar cada uno de nuestros días.

Olvídate de los propósitos de Año Nuevo, sólo sé mejor persona

Y no me refiero a ser buenos versión “en la fila para la santificación” o más amables o caritativos que San Francisco de Asis. Simplemente, en lugar de hacer una lista de promesas que sabemos no cumpliremos, dediquémonos a enfrentar mejor la vida.

Y tampoco me refiero a los grandes retos o a resolver las grandes encrucijadas que se nos presentan. Se trata, solamente, de tener mejores herramientas para el día a día. En mi caso particular, hay tres cosas que he aprendido y que me han ayudado a tomar la vida con “más filosofía”.

La primera y más importante: Hablaaa¡ Así de sencillo, sólo abre tu boquita y …. Di lo que piensas, pide lo que quieres. Los demás no somos brujos (aunque a veces parezcamos) y no podemos adivinar qué hay detrás de esa indirecta o esa mirada. Por más que el Otro nos quiera y nos conozca, eso de “sólo con una mirada nos entendemos” es producto de más de una película de Hollywood (es decir, es falso de toda falsedad).

Pero, lo que ocurre, es que eso de la responsabilidad como que no nos gusta. Siempre es más lindo poder echarle la culpa a alguien más del resultado de nuestros actos/palabras/decisiones. Además, frecuentemente se nos olvida que los Otros tampoco son responsables de cómo nos sentimos. Es uno quien puede decidir convertirse en víctima u optar por un comportamiento un poco más maduro.

El segundo aprendizaje es literalmente vital: Nada es taaan grave, sobrevivirás, lo prometo. Lo que ocurre es que nos hemos acostumbrado a pensar que somos rete-importantes y que tooodo lo que nos ocurre es de suma relevancia y la verdad es que no. Realmente, muchas de las cosas que nos pasan son meramente coyunturales y pasajeras y, rara vez, afectan y modifican nuestra vida de manera definitiva. Así que, relajémonos, todo tiene solución y si no, para qué preocuparse.

Claro, creemos, o nos gusta creer más bien, que somos los dueños de nuestro destino y que son las decisiones que tomamos las que definen nuestra vida. Pero, en el fondo es que eso de convivir con la angustia de dejar ir, no se nos da. Nos llenamos de miedo y nos rehusamos a aceptar que no siempre vamos a lograr lo que queremos o tener lo que pedimos, incluso si lo planeamos cuidadosamente. Pero así es la vida, llena de sorpresas.

En tercer lugar y, no por ello menos importante, está el agradecimiento permanente. Sí, también así de sencillo: Da gracias (a la vida, a Jehová, al osito Bimbo, a quién quieras) por tooodo lo que tienes. En lugar de quejarte por lo que no tienes, fíjate en lo que sí tienes. En lugar de criticar las situaciones que atraviesas, pon atención a todo lo que has aprendido gracias a ellas. Recuerda la sabiduría detrás del “vaso medio lleno”: La vida es como la percibes, como tú decides verla.

Entonces, si logramos ser más asertivos, nos azotamos menos y nos enfocamos en lo bueno, realmente no habrá manera de pasarla mal este año que empieza. Así que… ¡a trabajar¡

Por qué soy grinch/gruñona/aguafiestas

Porque entre los festejos de Navidad y los de Año Nuevo, la verdad, no sabría cuáles me parecen más molestos: Si las demostraciones de afecto con etiqueta de centro comercial y grandes moños rojos o las afirmaciones de “ahora sí el próximo año …” de los convivios finales.

Entre el “hay que juntarnos porque es Navidad” (aunque no nos hayamos visto/hablado todo el año) o el “es importante hacer tus propósitos de Año Nuevo”(como si se cumplieran de forma mágica), no sé cuál elegir.

El tono excesivamente religioso de la Navidad me parece demasiado pero a los festejos de Año Nuevo – carentes de toda espiritualidad – les falta alma. La primera está llena de rituales formales de celebraciones cristianas pero en el segundo abundan las prácticas paganas para atraer el amor y el dinero. La verdad, ni a cuál irle.

En el fondo, lo que más me molesta es la necesidad de tanto protocolo sólo para recordarnos ser buenas personas. ¿Por qué, sencillamente, no decidimos querernos y procurar ser mejores todos los días? ¿Por qué, además, le encontramos la variante “cómprelo-cómprelo” a todo evento del calendario?

Yo me niego a llamar a mis amigos (aquellos con los que no he hablado en meses) sólo para decirles “Feliz Navidad” y a pensar que, ahora sí el próximo año va a ser mejor porque, pues, es un año nuevo y todo está por escribirse (de nuevo, sic.).

Ahora bien, dicen que los “grinch” arruinamos los momentos alegres de otros. Pero yo juro que me comporto y procuro quedarme calladita, calladita (que, como dicen en México, así se ve uno más bonita – qué tal de misógina la frase -).

Eso si, no puedo evitar no querer compartir las decoraciones cursis llenas de lucecitas, la ropa interior roja para, ahora sí, encontrar el amor o los villancicos versión Justin Bieber que suenan por todos lados.

Ser grinch no es prueba irrefutable de ser amargado, de no tener con quien festejar o bien, de traumas infantiles durante esta temporada. Yo simplemente no quiero “abrir mi corazón”, abrazar a todos y valorar lo aprendido un par de días al año.

Yo quiero a mi gente y procuro ser mejor persona los 365 días. Así que, déjenme ser grinch que no le hago mal a nadie.