Cuando el amor aumenta, el erotismo disminuye (lo dice la física y Esther Perel)

La tercera ley de Newton establece que “siempre que un objeto ejerce una fuerza sobre un segundo objeto, éste ejerce una fuerza de igual magnitud y dirección pero en sentido opuesto sobre el primero”.

O lo que es lo mismo: A cada acción le corresponde una reacción, sólo que en sentido contrario. Así que, ¿cómo no le pensamos antes? Era obviooo: El amor y el erotismo son dos fuerzas en sentido contrario así que hace tooodo el sentido que cuando una entra full por la puerta, la otra se escabulla por la ventana.

¿Por qué ocurre esto? Pues resulta que los mecanismos que implementamos para lograr una sensación de seguridad en nuestra relación, son los mismos que, a mediano plazo, acaban con ésta. Ocurre que la estabilidad y confianza que nos permiten establecer una relación de largo plazo le dan al traste (o, en cristiano, “hacen trizas”) a la necesidad de novedad y cambio. Y, no me dejaran mentir: Lo predecible es seguro pero francamente aburrido.

Ocurre que, el riesgo y la aventura que nos ofrecen una vida vibrante, nuestro deseo por lo excitante y misterioso y la diversión de esos encuentros furtivos, no son ingredientes bienvenidos en la cama matrimonial. Y, sin embargo, son imprescindibles para una relación exitosa.

Eso de pasar del amor romántico (ése que trae una buena dosis de cama pero es de corta duración) a un apego de largo plazo, es todo un reto. Madre naturaleza decidió darnos químicos suficientes para estar juntos los primeros años de la crianza. Pero luego, asumió que sus amables súbditos (es decir, nosotros) bien podrían encontrar por ellos mismos otras razones para permanecer en pareja una vez que los sentimientos de éxtasis jubiloso pasaran.

Pero se le olvidó que a los homínidos nos da por complicarnos la vida, por pretender que todos somos parte de ese 3% de los mamíferos que establece una relación para toda la vida y que creemos que el amor todo lo puede. Así que nuestra mejor opción fue fundirnos con el otro para hacernos más fuertes, pero sólo logramos perdernos y desdibujarnos, arruinando la pasión.

Pensarnos más allá de nuestra pareja es complicado y hasta suena feo pero es la única opción que tenemos para que cada reencuentro sea una aventura vibrante, una de esas que nos emocionan y nos recuerdan que, además de estar unidos en las buenas y en las malas, también lo debemos estar en la cama, la mesa o cualquier otra superficie que se preste para el amorío desenfrenado.

P.d. ¿Y Esther? Su libro se llama “Mating in captivity”, échenle un ojo.

¿Por qué los cuernos furtivos son mejores que el swinger abierto?

O ¿por qué preferimos que nos vean la cara? ¿Por qué tanto miedo a las palabras?

¿Qué pasaría si abriéramos la conversación? Si, un día cualquiera, decidiéramos preguntar ¿Qué onda contigo, con nosotros? ¿Qué haremos si el otro es infiel? ¿Queremos saber? ¿Se vale? ¿Cuáles son las reglas?

Ya sé, muchas preguntas y pocas respuestas. Es más, ni yo misma logro ponerme de acuerdo y, aún cuando creo firmemente que los “cachos” no son “para tanto”, los detalles de un posible acuerdo se me escapan.

Imaginemos: Un día me entero (porque, tarde o temprano, uno siempre se entera) que soy una “cornuda” y, claro, lo primero que ocurre es que Zeus se queda corto con todo y sus relámpagos.

En mi cólera, seguramente diré cosas hirientes y, posiblemente, mande a volar al imperfecto pero, todo será culpa del ego, del orgullo. Porque, realmente, el que esté libre de culpa que tire la primera piedra (¿o a poco pecar de pensamiento no es igual de malo que pecar de obra?).

Y no se trata de aplicar el famoso “ojo por ojo”, de “cobrar” la infidelidad, sino de ver cómo le hace uno para sobrevivir esto de los retos de la vida en pareja, retos que son más viejos que las tabletas del Mar muerto.

Intentar ser más honestos con nosotros mismos y hacerles frente con un enfoque más abierto, incluso, tal vez, más realista.

Y no, no es un enfoque “moderno”. A lo largo de las décadas, de los siglos incluso, muchas parejas han tenido claro que la fidelidad emocional y la exclusividad sexual no siempre van de la mano y sus acuerdos han ido en todas direcciones. Algunos más exitosos, unos menos dolorosos pero todos ellos desafiantes.

Por ahora, baste decir que, entre el swinger abierto (osease ver al otro tener relaciones) y sólo saber de éstas o de la posibilidad de éstas, hay un gran trecho. Así que… a encontrar el espacio intermedio que nos permita ser pareja y no morir en el intento.

“Fue puro sexo”

Cuando los hombres dicen “No significó nada, fue puro sexo”. Chicas, es probablemente cierto.

Que no debería ser, que si el sexo sin amor bla bla, que cómo pueden cogerse a alguien diferente de la persona que aman y toda una larga lista de comentarios, quejas y preguntas que, realmente, no aplican.

Déjenme explicar.

Los psicólogos lo llaman “compartimentalización”. Es tal y como suena, la división en compartimentos de nada más ni nada menos, que la vida misma. Los diferentes ámbitos, actores e incluso acciones están separados en la mente de los individuos.

Ahora bien, lo más importante de esta separación, no es que uno quede más neurótico de lo normal, sino que, todo lo contrario, ésta nos permite convivir con nuestras propias contradicciones.

Esto ocurre porque a cada uno de los compartimentos se le aplican diferentes reglas. De manera tal que uno puede vivir y convivir perfectamente con ideas y actitudes opuestas. Por ejemplo:

  • Amo a mi esposa pero… le pongo el cuerno.
  • Soy un buen hombre porque… no la engaño, es puro sexo
  • Una cosa son los afectos y otra… la carne

Y otras frases lindas por el estilo.

Hay que entender que esto es un mecanismo de defensa de la mente. Y no, no los estoy justificando. Los estoy tratando de explicar para que no les apliquemos el mismo “traductor” que a nuestras acciones.

Esto no significa que nos tengamos que aguantar y tolerar estas actitudes pero, es importante que, si decidimos mandar a volar a nuestra pareja por un acostón, no nos sintamos tan miserables preguntándonos cómo fue posible un comportamiento tan contradictorio.

Y, sobre todo, que nos sintamos bien con nosotras mismas, no pensando que fue  nuestra falta de encanto o sex appeal lo que provocó la infidelidad (al menos no siempre aplica J).

Pero además, y cito “recientes investigaciones han sacado a la luz el otro lado de la infidelidad, ese que no está relacionado con la insatisfacción en el día a día sino, más bien al contrario, con el engaño como una paradójica señal de que todo va bien”.

Esta afirmación va a la par de los datos que nos muestran algunas encuestas donde más de la mitad de los hombres y una buena tercera parte de las mujeres infieles, expresan estar muy felices con sus parejas.

Entonces, ¿por qué los cuernos?

Por que se nos olvida que no todo lo que ocurra en la mente, cuerpo y espíritu de nuestra pareja tiene que ver directamente con nosotros y nuestro desempeño. Muchas veces, se trata de meras exploraciones personales que no tienen la menor intención de cambiar el statu quo – y mucho menos la relación -. Raro, contradictorio, pero cierto.