Y el sexo ¿qué tan importante es en el matrimonio?

De nueva cuenta, se nos olvida que antes del feminismo, los juguetes sexuales y las pastillas anticonceptivas, eso de coger era otra cosa.

No sólo porque por siglos su función fue meramente procreadora (sip, así dice el diccionario) sino que eso de disfrutarlo era razón suficiente para quemarnos toditos en el mismito infierno.

Pero, y aquí viene la parte tramposa, aunque la eyaculación y el orgasmo masculino no son lo mismo, la primera, frecuentemente… se siente bien. Así que para tener hijos los hombres debían – o al menos podían – disfrutarlo aunque fuera un poquito.

Y entonces ¿qué pasaba con las mujeres? Pues simplemente que ellas no estaban contempladas en la ecuación. Eso del placer era territorio masculino.

De hecho, cuando una mujer se casaba, se asumía (por ella, los otros y sobre todo por el marido) que los esposos se convertían en una sola figura legal, una sola entidad que era representada, ante la sociedad y los jueces, por el esposo. La mujer devenía un bien más a cargo de su querido cónyuge.

Por tanto, cuando una mujer aceptaba matrimoniarse, daba el consentimiento de tener relaciones sexuales en cualquier momento. Es decir, cedía el derecho a decidir cuándo y cómo, dando acceso irrestricto a su esposo al “lecho conyugal”.

Es más, la posibilidad de acusarlo de violación era totalmente impensable. Es hasta 1993 (sip, hace nada) que la Organización de las Naciones Unidas declaró la violación en el matrimonio como una violación de los derechos humanos. ¡El horror¡

Pero nosotros, habitantes del SXXI, tenemos la fortuna (aunque no sé qué tan generalizada sea esta afirmación) de que no nos violen pero ¿qué tal que nos maten del aburrimiento?

Lo que ocurre es que el mundo del placer sigue siendo masculino. Es como el dicho romántico “Donde come uno, comen dos”: Con que uno goce, ya la hicimos.

Realmente ¿qué tan importante es el amor en el matrimonio?

Contrario a lo que nosotros, ciudadanos del SXXI, podríamos creer, por siglos el amor no tuvo un rol central en la vida matrimonial. Es más, durante gran parte de la Historia, éste fue un criterio totalmente irrelevante en la selección de pareja.

Ahora bien, esto no significa que los individuos no se enamoraran o cayeran presas de “bajas pasiones”, es sólo que el amor no se consideraba un elemento determinante de “un buen matrimonio”.

Lo que si importaba – y mucho -, era que el/la prospecto en cuestión fuera hábil en la realización de una serie de tareas básicas para el desarrollo de la vida familiar: Cultivar la tierra, coser la ropa, cuidar los animales, etc.

Dada la centralidad de estas labores, uno puede entender por qué las personas preferían emparejarse para cuidar su existencia misma – vivir en solitario representaría un riesgo muy serio a la supervivencia – más que buscar con quien vivir felices por siempre.

Pero dos fenómenos cambiaron radicalmente esta situación: El crecimiento de la vida urbana y el trabajo asalariado. Por primera vez en muchos siglos, los individuos pudieron priorizar sus intereses ya que su subsistencia no dependía más del Otro.

Y luego, para aumentar la presión por la búsqueda de la felicidad en la vida matrimonial, la disminución del número de hijos – más el aumento en la esperanza de vida – implicó que las parejas pasarían más tiempo juntas, ya no encargadas del cuidado de su progenie sino en plena convivencia.

Claramente, la idea de ser feliz con la persona que se ama adquirió mayor importancia frente a la posibilidad de pasar muuuchos años juntos.

Entonces, en pleno 2017, ¿qué justificación podríamos tener para no ser felices en nuestra vida de pareja? Francamente, ninguna.

Podemos elegirla libremente, ya no dependemos del Otro para subsistir y los hijos se van cada vez más rápido, así que ¿cómo es que nos permitimos ser miserables en nuestros matrimonios?

¿La respuesta? Como siempre, es de índole personal pero en el mismo sentido: Tomemos cartas en el asunto y hagámonos responsables de nuestra propia felicidad o qué, ¿necesitamos al Otro para, al menos, tener a quién echarle la culpa?

El compromiso versión SXXI

Resulta que hasta hace un par de décadas, la idea del compromiso estaba íntimamente ligado al Otro. Es decir, uno establecía compromisos con otras personas: Socios de negocios, familia y, sobre todo, parejas.

Pero ahora tenemos un nuevo tipo: El compromiso con nosotros mismos. Hemos establecido como prioritario en nuestras vidas ser “verdaderos a nosotros mismos”, fieles vigilantes de nuestros principios y valores pero, principalmente, estamos comprometidos con nuestra propia felicidad.

Así que vamos por la vida monitoreándonos constantemente, preguntándonos: ¿Cómo me siento? ¿La estoy pasando bien? ¿Soy feliz?

Y claro, hay evidentes ventajas a ponerse primero y no dejarse pisar ni ser usado como chancla por alguien más. Pero, no sé en qué momento de esta vida Millenial, hemos perdido la capacidad de comprometernos con el de enfrente en las buenas y en las malas.

La teoría nos dice que esto tiene que ver con nuestros modelos culturales que entran en flagrante contradicción: Somos tradicionales en unas cosas y modernos en otras, velamos por el colectivo y las instituciones pero priorizamos nuestro propio bienestar. Así que, ¿cómo salir de este enredo?

Yo, a mis casi 50 años, sigo sin tener la respuesta y ni siquiera tengo claro a qué le tengo miedo: ¿Que me lastimen? (check, ya ha pasado y sigo aquí dando lata), ¿perder parte de mi individualidad? (si, claro, como si fuera tan fácil deshacerse de una personalidad tan opinadora). En fin, es terrible, ni siquiera hay un factor claro que justifique tanta reticencia al compromiso.

Así que pregunto ¿Y ustedes, cómo le han hecho? ¿Cómo lograron decir “Sí, le entro”? Aunque al final la entrada al mundo comprometido sólo haya durado un par de buenos años y varios malos. O, tal vez, ustedes son de aquellos “suertudos” (osease, que tuvieron la suerte de trabajar constantemente en su relación y disfrutarla vaaarios, muchos y hartos años).

Creo que, en el mientras aprendo cómo se hace eso, sólo me queda fajarme los pantalones y lanzarme al vacío, no evitando el miedo sino a pesar de éste.

¿Cuál es la diferencia entre coger y hacer el amor?

La respuesta es sencilla, ninguna.

Básicamente hay dos formas en las que los grandes simios – humanos incluidos – usan el sexo: Para establecer vínculos a la buena o para instaurarlos a la mala.

Me explico, compartimos más de 98% de nuestro DNA con nuestros primos más cercanos, chimpancés y bonobos (una especie de chimpancé pequeño). Es más, somos más similares a ellos que un elefante de Asia con un elefante de África, así que dejemos los purismos y concentrémonos en lo que Madre Naturaleza nos puede enseñar.

El típico chimpancé que hemos visto de astronauta, personaje de televisión y patiño de circo, usa el sexo para demostrar su poder. Tiene relaciones sexuales para dominar y hasta viola a los miembros más débiles. En cambio, los bonobos practican el sexo para reforzar los lazos de amistad. Es más, hasta caminan abrazados y se hacen piojito (osease, no sólo se los comen, sino que se hacen cariñitos en el proceso de búsqueda y captura).

Por tanto, sería muy ingenuo pensar que los primeros “cogen” mientras que los segundos hacen el amor. Realmente es sólo el significado que queramos darle el que diferencia una relación sexual de otra.

O queremos creer que una buena cogida de una sola noche es menos significativa que una docena de camas por “obligación”, aburridas y rutinarias con “el amor de nuestra vida”?

Para complicarla un poco más, está otro primate, primo lejano nuestro, el gibón. Este simio es el único monógamo pero es bastante antisocial y, de hecho, coge muuuy poco. Si, otra forma de establecer relaciones sexuales.

El punto de todo esto es que la complejidad de las tramas sexuales es muy amplia y diversa. Así que nuestros intentos por simplificarlas y clasificarlas en sólo dos sopas (o hay harto placer sin cariñito o hay sexo normal con amorcito) es de un reduccionismo rampante.

Si algo podríamos aprender como el simio más “avanzado” es a aprovechar la riqueza de significados y significantes y disfrutar el abanico de opciones que nos presenta la vida: Coger como extraños con la pareja de años o echarle algo de amorcito al free del mes son sólo dos opciones que bien podríamos aplicar entre muchas otras.

Si quieren revisar más sus creencias sobre sexo léanse “Sex at Dawn” un tratado ya clásico sobre sexualidad humana.

Cuando el amor aumenta, el erotismo disminuye (lo dice la física y Esther Perel)

La tercera ley de Newton establece que “siempre que un objeto ejerce una fuerza sobre un segundo objeto, éste ejerce una fuerza de igual magnitud y dirección pero en sentido opuesto sobre el primero”.

O lo que es lo mismo: A cada acción le corresponde una reacción, sólo que en sentido contrario. Así que, ¿cómo no le pensamos antes? Era obviooo: El amor y el erotismo son dos fuerzas en sentido contrario así que hace tooodo el sentido que cuando una entra full por la puerta, la otra se escabulla por la ventana.

¿Por qué ocurre esto? Pues resulta que los mecanismos que implementamos para lograr una sensación de seguridad en nuestra relación, son los mismos que, a mediano plazo, acaban con ésta. Ocurre que la estabilidad y confianza que nos permiten establecer una relación de largo plazo le dan al traste (o, en cristiano, “hacen trizas”) a la necesidad de novedad y cambio. Y, no me dejaran mentir: Lo predecible es seguro pero francamente aburrido.

Ocurre que, el riesgo y la aventura que nos ofrecen una vida vibrante, nuestro deseo por lo excitante y misterioso y la diversión de esos encuentros furtivos, no son ingredientes bienvenidos en la cama matrimonial. Y, sin embargo, son imprescindibles para una relación exitosa.

Eso de pasar del amor romántico (ése que trae una buena dosis de cama pero es de corta duración) a un apego de largo plazo, es todo un reto. Madre naturaleza decidió darnos químicos suficientes para estar juntos los primeros años de la crianza. Pero luego, asumió que sus amables súbditos (es decir, nosotros) bien podrían encontrar por ellos mismos otras razones para permanecer en pareja una vez que los sentimientos de éxtasis jubiloso pasaran.

Pero se le olvidó que a los homínidos nos da por complicarnos la vida, por pretender que todos somos parte de ese 3% de los mamíferos que establece una relación para toda la vida y que creemos que el amor todo lo puede. Así que nuestra mejor opción fue fundirnos con el otro para hacernos más fuertes, pero sólo logramos perdernos y desdibujarnos, arruinando la pasión.

Pensarnos más allá de nuestra pareja es complicado y hasta suena feo pero es la única opción que tenemos para que cada reencuentro sea una aventura vibrante, una de esas que nos emocionan y nos recuerdan que, además de estar unidos en las buenas y en las malas, también lo debemos estar en la cama, la mesa o cualquier otra superficie que se preste para el amorío desenfrenado.

P.d. ¿Y Esther? Su libro se llama “Mating in captivity”, échenle un ojo.

El amor debería ser un concepto central de la Teoría Económica (o pregúntenselo a Adam Smith)

Aclaro: No me refiero al impacto que Don Valentín tuvo el día de ayer en nuestros monederos.

En la Teoría de los Sentimientos Morales, el padre de la economía moderna clarifica que el gran motivador de nuestra vida económica es “ser vistos”, ser “atendidos” o, dicho sencillamente, que el Otro se entere de nuestra existencia. Pero, queremos auto-engañarnos pensando que, en esas compras interminables de bienes y servicios, sólo buscamos una satisfacción material.

Mentira vil: Estamos guiados por un deseo mucho más profundo. Como dice Alain de Botton (filosofía contemporánea light en su versión más agradable): “Cuál es el objetivo último de la riqueza y el poder si no es más que la búsqueda del amor”.

Sin lugar a dudas, este ímpetu amoroso es el incuestionable motor de todas nuestras acciones económicas. Es más, nuestra existencia misma como homo economicus se lo debemos al Señor Cupido.

Ahora bien, como esta visión del amor no tiene nada de romántica, hemos perdido de vista el resto de sus componentes económicos.

En el amor, como en todo bien que busca satisfacer nuestras necesidades, el trabajo es una variable siempre presente. Es decir, no hay acceso al producto deseado si no hay una actividad laboral que nos permita alcanzarlo. En otras palabras, no hay relación amorosa exitosa sin trabajo.

Y si además, nos echamos un clavado con el otro gran padre de la Teoría Económica, Don Carlos Marx, nos quedaría claro que el trabajo es el espacio donde nos desarrollamos, donde alcanzamos la perfección. Y qué mejor que aplicar esta actividad esencial del hombre en su búsqueda más intrínseca: El amor.

Así que, ¿ya quedó claro que en el amor hay que trabajarle o seguiremos esperando que el destino nos ponga enfrente a nuestra media naranja y seremos felices por siempre sólo porque somos re-lindos?

Dejemos de asumir que las cosas se dan solas, que las relaciones “surgen” como las flores del campo y empecemos a darle duro por hacer de éstas el producto que deseamos comprar cada uno de nuestros días.

La matrimania iletrada. O por qué antes de querer casarnos deberíamos aprender de literatura

Parecería que la meta principal del soltero es alcanzar ese estadio ideal de tranquilidad y, por supuesto, de felicidad total del casado.

Es como una carrera con una meta clara: Pasar de libre a unido, de solo a acompañado, de pez a pes-cado.

Pero, realmente ¿qué es el matrimonio? O más bien ¿qué versión nos hemos comprado? Pues resulta que una que refleja nuestro escaso conocimiento literario.

Empecemos por las bodas, esas fiestas que a todos nos gustan porque se nos olvida que, realmente, son una farsa (en el sentido más teatral del término).

Nos dicen los diccionarios: “La farsa es un género que se retroalimenta de las relaciones de la época y del país… para criticar la forma en la que viven… y donde los personajes se desenvuelven de manera caricaturesca o en situaciones no realistas”.

En breve, las farsas se caracterizan por exagerar la realidad. Así, lo lindo es más lindo y el amor es amorosísimo.

Pero, a diferencia de las farsas teatrales donde todos sabemos que su objetivo es burlarse, las bodas nos las tomamos muy en serio. Y cuando llegamos a casa, decimos “hay que bonito”, aunque muy en el fondo sepamos que se trata de una ficción.

Es más, tanto nos gusta esa versión teatral de la realidad que a todos nos encanta ver la “puesta en escena” pero no los ensayos. Éstos nos aburren. De hecho, la historia del casting es interesante sólo si hubo un famoso o un gran escándalo de por medio.

Y con las expectativas post boda vuelve a evidenciarse nuestra fascinación por la literatura pero esta vez del tipo Best Seller de verano (esas novelas románticas que venden mucho y en las que siempre hay buenos y malos).

Ahora bien, no cualquier “bueno” hace que la novela sea exitosa. Para ello es imprescindible que se trate de todo un héroe (o heroína en su caso).

Pero, se nos olvida que lo que hace a un héroe digno de admiración es que tiene que redimirse (Y no hay redención sin sufrimiento). Es decir, tiene que pasarla mal, re-mal para que la historia nos haga suspirar por esta súper persona que es capaz de enfrentar cualquier cantidad de desdichas con tal de estar al lado del ser amado.

Así que por qué mejor no revisamos nuestras narrativas del amor y sometemos a una seria revisión nuestras expectativas de parejas y matrimonios ¿O queremos seguir viviendo entre Walt Disney y Corín Tellado?