¿Cómo que no eres feminista?

Con tantos y tan variados beneficios que tenemos actualmente, ¿quién se atreve a decir que no es feminista? Y no sólo pregunto a las mujeres, a los hombres también les conviene esto de la equidad.

Empecemos por el principio. La mayoría de los derechos y libertades de los que ahora gozamos son resultado de importantes batallas que muchas mujeres – y algunos hombres, hay que reconocerlo – enfrentaron vs. el statu quo.

Y no sólo se trata de triunfos muy notorios como el poder votar y ser votadas (Argentina 1942, México 1953, Kuwait 2005), sino de aspectos tan básicos como poder tener una cuenta de banco o una propiedad a nuestro nombre (Estados Unidos 1975, España 1981).

Poder divorciarnos (Chile 2004, Brasil 1977), manejar un auto (Negado en Arabia Saudita) o estudiar carreras “de hombres” son sólo otros más de los ejemplos de una lista muy larga.

Mi impresión es que hay dos grandes malentendidos en esto del feminismo. Por un lado, la creencia de que las feministas somos “antihombres” y, por el otro, la impresión de que “queremos ser hombres”. Error, sólo buscamos equidad; es decir, igualdad de oportunidades.

Pero, dirán algunos, esto ya es cosa del pasado. Las mujeres ya cuentan con tooodos los derechos. Pues déjenme decirles que no. Un ejemplo clarísimo: La notoria diferencia de sueldos entre hombres y mujeres (o pregúntenle a Robin Wright o Jennifer Lawrence que tuvieron que pelearse con los productores de sus series/películas para que les pagaran lo mismo que a sus coestrellas masculinas).

Eso sin contar los diferentes prejuicios sobre la libertad sexual que todavía permean nuestras opiniones sobre el comportamiento de hombres y mujeres: Si eres un hombre con mucha “actividad sexual” eres un “chingón”, “gran galán”, la envidia de todos pero… si eres mujer…. puta y “fácil” serán adjetivos frecuentes. Y ni hablar de temas escandalosos como la mutilación genital femenina todavía presente en más de 20 países.

Ahora, dirán ustedes, ¿por qué a los hombres les conviene ser feministas? Porque un mundo más equitativo es un mejor mundo para todos. Es más, a ellos les aligera la carga de tener que ser los fuertes, independientes y responsables de todo y todos a su alrededor.

Además, no puedo pensar en un mejor escenario que aquel en el que cada quien puede decidir libremente qué quiere hacer y quién quiere ser, sin prejuicios o restricciones legales que los limiten. ¿A poco no suena buena la idea?

Por qué soy grinch/gruñona/aguafiestas

Porque entre los festejos de Navidad y los de Año Nuevo, la verdad, no sabría cuáles me parecen más molestos: Si las demostraciones de afecto con etiqueta de centro comercial y grandes moños rojos o las afirmaciones de “ahora sí el próximo año …” de los convivios finales.

Entre el “hay que juntarnos porque es Navidad” (aunque no nos hayamos visto/hablado todo el año) o el “es importante hacer tus propósitos de Año Nuevo”(como si se cumplieran de forma mágica), no sé cuál elegir.

El tono excesivamente religioso de la Navidad me parece demasiado pero a los festejos de Año Nuevo – carentes de toda espiritualidad – les falta alma. La primera está llena de rituales formales de celebraciones cristianas pero en el segundo abundan las prácticas paganas para atraer el amor y el dinero. La verdad, ni a cuál irle.

En el fondo, lo que más me molesta es la necesidad de tanto protocolo sólo para recordarnos ser buenas personas. ¿Por qué, sencillamente, no decidimos querernos y procurar ser mejores todos los días? ¿Por qué, además, le encontramos la variante “cómprelo-cómprelo” a todo evento del calendario?

Yo me niego a llamar a mis amigos (aquellos con los que no he hablado en meses) sólo para decirles “Feliz Navidad” y a pensar que, ahora sí el próximo año va a ser mejor porque, pues, es un año nuevo y todo está por escribirse (de nuevo, sic.).

Ahora bien, dicen que los “grinch” arruinamos los momentos alegres de otros. Pero yo juro que me comporto y procuro quedarme calladita, calladita (que, como dicen en México, así se ve uno más bonita – qué tal de misógina la frase -).

Eso si, no puedo evitar no querer compartir las decoraciones cursis llenas de lucecitas, la ropa interior roja para, ahora sí, encontrar el amor o los villancicos versión Justin Bieber que suenan por todos lados.

Ser grinch no es prueba irrefutable de ser amargado, de no tener con quien festejar o bien, de traumas infantiles durante esta temporada. Yo simplemente no quiero “abrir mi corazón”, abrazar a todos y valorar lo aprendido un par de días al año.

Yo quiero a mi gente y procuro ser mejor persona los 365 días. Así que, déjenme ser grinch que no le hago mal a nadie.

¿Por qué el orgullo y el egoísmo tienen tan mala fama?

Decir que uno es chingón, bacano, chévere, cojonudo y anexos está claramente mal visto. Eso de la autopromoción es muy criticado en nuestra linda América Latina. ¡Y yo no entiendo por qué¡

Eso de la “falsa” modestia a mi me suena a ser primo de “mustio” (que, en mexicano, quiere decir algo así como que esconde su verdadero carácter). Pero con todo y eso a mis compatriotas les encanta (si, no a todos pero a muchos). Es más, tenemos una frase lindísima que confunde a todos los extranjeros para hablar de nuestro hogar/vivienda: “Aquí en su pobre casa”.

Sí, cuando hablamos de ese espacio que tanto nos ha logrado tener/arreglar y donde intentamos hacer nuestra vida, nos tiramos al piso y negamos nuestra propiedad. Claramente, la hacemos “menos”: Decimos “su” en lugar de “mi” y la adjetivamos de “pobre”, por más pisos y habitaciones que tenga. ¿No es terrible?

Pero además, si somos mujeres, la historia se pone todavía mejor. Esa tendencia a “velar” por el Otro se ha traducido en un “vivir” en función del Otro (sea éste el marido, los hijos, los padres o todos juntos).

Y esta “generosidad”, este espíritu no sólo bondadoso sino claramente heroico, no sólo está bien visto sino que se ha convertido en un elemento constitutivo de la identidad femenina. Por ello, no es extraño que las mujeres seamos presentadas por nuestros “títulos nobiliarios”: “¿Te acuerdas de Fulanita? Si, la mamá de Juanito” (O bien, “la esposa de Chuchito”, “la hija de Don Felipe”, “la cuñada de María”, etc. etc.).

¿Por qué poner a los otros primero? Entiendo lo de la máscara de oxígeno del avión (“Póngasela primero y luego ayude a otros” dicen las sobrecargos) pero, en la vida cotidiana, ¿por qué va uno hasta atrás en la fila?

Sabemos que si uno no está bien, no hay manera de estar bien con los otros. Va uno por la vida repartiendo enojos, tristezas, y, sobre todo, malos ejemplos de cómo vivir la vida.

Además, si uno le ha chingado harto (osease, se ha esforzado en ser mejor, tener una mejor calidad de vida y compartirla con los suyos), ¿por qué no decirlo?

Así que, ahí les va: ¡Yo soy una chingona y muy orgullosa de serlo¡ (Ahora les toca a Uds.).

La matrimania iletrada. O por qué antes de querer casarnos deberíamos aprender de literatura

Parecería que la meta principal del soltero es alcanzar ese estadio ideal de tranquilidad y, por supuesto, de felicidad total del casado.

Es como una carrera con una meta clara: Pasar de libre a unido, de solo a acompañado, de pez a pes-cado.

Pero, realmente ¿qué es el matrimonio? O más bien ¿qué versión nos hemos comprado? Pues resulta que una que refleja nuestro escaso conocimiento literario.

Empecemos por las bodas, esas fiestas que a todos nos gustan porque se nos olvida que, realmente, son una farsa (en el sentido más teatral del término).

Nos dicen los diccionarios: “La farsa es un género que se retroalimenta de las relaciones de la época y del país… para criticar la forma en la que viven… y donde los personajes se desenvuelven de manera caricaturesca o en situaciones no realistas”.

En breve, las farsas se caracterizan por exagerar la realidad. Así, lo lindo es más lindo y el amor es amorosísimo.

Pero, a diferencia de las farsas teatrales donde todos sabemos que su objetivo es burlarse, las bodas nos las tomamos muy en serio. Y cuando llegamos a casa, decimos “hay que bonito”, aunque muy en el fondo sepamos que se trata de una ficción.

Es más, tanto nos gusta esa versión teatral de la realidad que a todos nos encanta ver la “puesta en escena” pero no los ensayos. Éstos nos aburren. De hecho, la historia del casting es interesante sólo si hubo un famoso o un gran escándalo de por medio.

Y con las expectativas post boda vuelve a evidenciarse nuestra fascinación por la literatura pero esta vez del tipo Best Seller de verano (esas novelas románticas que venden mucho y en las que siempre hay buenos y malos).

Ahora bien, no cualquier “bueno” hace que la novela sea exitosa. Para ello es imprescindible que se trate de todo un héroe (o heroína en su caso).

Pero, se nos olvida que lo que hace a un héroe digno de admiración es que tiene que redimirse (Y no hay redención sin sufrimiento). Es decir, tiene que pasarla mal, re-mal para que la historia nos haga suspirar por esta súper persona que es capaz de enfrentar cualquier cantidad de desdichas con tal de estar al lado del ser amado.

Así que por qué mejor no revisamos nuestras narrativas del amor y sometemos a una seria revisión nuestras expectativas de parejas y matrimonios ¿O queremos seguir viviendo entre Walt Disney y Corín Tellado?

Lo que funciona en primavera ya no sirve en otoño (O ¿por qué la crisis de los 40s?)

Llegamos a los 40 y, de repente y casi sin querer, uno se empieza a cuestionar dónde está y a dónde va.

Si llegaste al cuarto piso y te das cuenta que no has logrado tus metas, que, la verdad, no estás donde querías ni tienes lo que deseabas, es imposible no ser víctima de un serio ataque de depresión.

Pero, qué tal si “sí la hiciste” y estás no sólo donde pensabas sino todavía mejor (en términos labores o económicos o incluso familiares). Pues, felicidades pero ¿sabes qué? A ti también te va a dar la depresión.

Y si, no en su variante “frustrada” sino de grandes interrogantes: ¿Y ahora, qué sigue? Porque nadie nos dijo qué seguía después de tener la casa, la familia, la empresa y hasta el perro.

Claro, la respuesta podría ser fácil: ¡Quieres más¡ Pero, las preguntas siguen: ¿Más de qué? ¿Con quién? ¿Para qué?

Y te pones a analizar, de nuevo casi sin quererlo (porque, obviamente, las conclusiones a las que llegues pueden inquietarte profundamente y desestabilizarte).

En el caso de los ocupados laboralmente, uno puede empezar por un aspecto obvio, el trabajo: Querías ser jefe. Check (osease palomita, ya lo cumpliste). Pero ¿valió la pena todo el esfuerzo, la chinga, el tiempo invertido?

Y esa es la parte fácil pero, conlleva inevitablemente a la siguiente pregunta: ¿Para qué lo hice? Y, sobre todo ¿para quién?

Entonces, entramos en el siguiente tema que ya se pone emocionante: Tu pareja. Osease, la madre/padre de tus hijos o, al menos, aquella persona a quien le invertiste hartos días, meses y años.

Y claro que, seguramente, es un buen individuo a quien quieres pero, ya se te olvidó para qué lo querías contigo. ¿Necesitabas apoyo en el difícil camino hacia el éxito? ¿Querías una buena madre/padre para tus hijos?

¿Y qué pasa si ahora ya no necesitas ese apoyo sino un compañero de juegos para disfrutar tus logros? ¿Y si tus hijos ya crecieron, todavía necesitas a alguien que esté más pendiente de ellos que de ti?

Y conste que no sólo lo digo yo, lo dice uno de los grandes padres de la psicología moderna, Carl Jung:

“No podemos vivir el atardecer de la vida con el mismo programa que la mañana, pues lo que en la mañana era mucho, en el atardecer será poco, y lo que en la mañana era verdadero, en la tarde será falso”.

Y es que antes era más sencillo, para los 40 uno ya era abuelo y sólo quedaba esperar el final de la vida (apenas en el SXX la esperanza de vida promedio pasó arriba de los 50 años). Pero ahora, nos quedan varias décadas por delante y queremos vivirlas de la mejor manera y con la mejor compañía. ¡Qué gran reto¡ Así que, a deprimirnos un rato reflexionando para poder disfrutar no sólo del otoño sino de un gran invierno.

¿Por qué los japoneses ya no quieren coger?

Las últimas encuestas lo dejan bien claro: Un porcentaje importante de japoneses no desean comenzar una relación íntima en estos momentos y, mucho menos, una relación de pareja.

Y claro, de este lado del océano uno no entiende. ¿Cómo es posible que se abstraigan de una actividad tan entretenida (por decir lo menos)?

Pero sí, así es. Los jóvenes – y las jóvenes, para no discriminar – ya no quieren tener relaciones de pareja, ni siquiera relaciones íntimas, osease coger.

Y saben qué, uno no los puede culpar. Piénsenlo bien: Una relación – por más fortuita y corta que sea – toma tiempo y esfuerzo. Y, francamente, hay muchas relaciones, románticas y anexas, que son realmente molestas y poco satisfactorias.

A ver, ¿cuántas veces hemos estado – en una cama o fuera de ella – pensando “Y yo qué diablos hago aquí”? Pero ahí está uno, por cualquier cantidad de motivos equivocados que nos hacen preferir estar mal a estar solos.

Y realmente, además de la clásica excusa universal de la falta de tiempo para buscar, construir y compartir con un Otro, hay muchas otras razones para que, en este mundo tan individualizado, uno le rehúya a echarse encima más trabajo del que ya tenemos de forma remunerada.

En las relaciones en general, nuestros fantasmas más tenebrosos aparecen, incluso sin darnos cuenta. Y, de repente, nos convertimos en nuestros padres o en cualquier otra relación que criticamos y prometimos no tener (salvo aquellos suertudos con esquemas menos enfermitos que sí tuvieron modelos de relación más sanitos en su infancia).

En las relaciones, nos confrontamos con lo que somos, no con lo que queremos ser y nos damos cuenta de todas esas heridas infantiles que todavía cargamos.

Así que, ¿por qué querer siquiera convivir intensamente con un Otro aunque sea por un par de horas dando brincos? La respuesta es fácil aunque no evidente: Porque las relaciones también nos dan la oportunidad de aprender, de cambiar patrones y sí, de ser mejores personas.

No es amor, es pura calentura

Lo ves y algo en ti dice “Es él” y tú lo sabes, es tu intuición. Y claro, al conversar, te das cuenta que sí, hay una conexión profunda. Sabes que, realmente, esto es especial. Pues noooo, nos equivocamos flagrantemente.

Es madre naturaleza trabajando. Pero, a nosotros, nos encanta confundir el deseo con el amor. Se nos olvida que la famosísima frase “tienen química”, es la pura verdad: Eso que sientes, temo decirte, no es afecto, es pura feromona en acción.

El asunto es que, por alguna razón, nos hemos esforzado en traducir los mensajes de nuestra glándula pituitaria en lenguaje hollywoodesco. Ella sólo nos dice “Este DNA será bueno para procrear” y nosotros lo interpretamos como “Éste es el hombre de mis sueños, con quien me casaré, tendré hijos y seré inmensamente feliz”.

Bueno, de hecho, en sentido literal, no estamos tan mal, al menos no en eso de los hijos. Tu cuerpo sabe que sus genes y tus genes se complementan (por tener sistemas inmunes diferentes). Así que, sí, podría ser un buen padre para tus hijos pero, ojo, sólo en términos biológicos.

Es decir, podrían tener un mejor sistema inmune pero, que yo sepa, eso no cuenta – al menos en los tiempos modernos – como requisito para convertirlos en la pareja ideal. Sólo aclara que estos niños podrían ser más resistentes (y no creo que eso todavía sea garantía frente a los mutantes y alterados virus y bacterias del SXX1).

Y obvio, tampoco aplica ya eso de procrear por el miedo a los bajos índices de población (lo que tal vez era el caso cuando éramos platillo favorito de los gatos dientes de sable que, como su nombre lo indica, de gatos sólo tenían la especie ya que pesaban más de 200 kilos).

Pero, parece que madre naturaleza está un poco atrasadita de noticias y nos sigue haciendo creer que la cascada de dopamina que sentimos al ver a esa persona que le gustó a nuestra glándula sigue siendo un buen criterio para elegir pareja.

Y no quiero siquiera empezar a hablar de qué pasa cuando ovulamos o “¿Por qué todos me parecen tan guapos ciertos días del mes?”

Entonces, reconozcamos el trabajo evolutivo que realiza nuestra querida pituitaria pero sólo como punto de partida de otro candidato más en la lista, no como el ganador del sorteo evolutivo del año. Por que evolucionar implica, digo yo, saber qué hacer con nuestros instintos y no seguirlos de manera ciega como el difunto Australopithecus.