¿Cuándo dejaremos de querer ser perfectos?

No sólo porque es retecansado sino porque aún cuando uno le intente harto, nunca es suficiente. Yo creo firmemente que el “debería de” hay que tirarlo a la basura.

Lo que ocurre es que nos convertimos en víctimas de nuestro propio deseo de perfección. Y ni hablar de las expectativas de los demás…

Pero incluso si nos da por no escuchar a los otros, uno nunca logra disfrutar de la cotidianeidad porque se nos ocurren mil y un formas en que nuestra vida podría ser mejor (no importa que tan linda sea ésta).

Que si nuestro trasero podría estar en mejor forma, que si en nuestro último proyecto podríamos haber hecho algo más, que si nos sale una cana en la ceja es el acabose. ¡Me rindo!

Definitivamente, uno hace lo que puede con lo que tiene y si esto no va acorde a las expectativas propias o ajenas pues… ni modo, a disfrutar de la vida tal y como ésta viene.

Ahora bien, me dirán, si uno no intenta ser mejor persona, ¿cómo evitar la complacencia, la mediocridad?

Pues, en mi humilde opinión, sólo uno mismo puede ser el juez de su propia vida. Ahora que, tampoco se vale hacer trampa, hay que tener un diálogo honesto con nosotros mismos.

De hecho, sondear cómo nos sentimos, qué pensamos y, sobre todo, qué queremos (para nosotros, para los nuestros, para los otros) sería una buena práctica cotidiana.

Preguntarnos para qué hacemos lo que hacemos, porque estamos donde estamos y cuál es la razón por la que nos juntamos con quien lo hacemos es la receta no mágica a una vida más tranquila y satisfactoria.

Así que mandemos todas esas expectativas falsas a volar, demos una mirada a nuestro alrededor y abracemos la encantadora vida que nos ha tocado.

El amor debería ser un concepto central de la Teoría Económica (o pregúntenselo a Adam Smith)

Aclaro: No me refiero al impacto que Don Valentín tuvo el día de ayer en nuestros monederos.

En la Teoría de los Sentimientos Morales, el padre de la economía moderna clarifica que el gran motivador de nuestra vida económica es “ser vistos”, ser “atendidos” o, dicho sencillamente, que el Otro se entere de nuestra existencia. Pero, queremos auto-engañarnos pensando que, en esas compras interminables de bienes y servicios, sólo buscamos una satisfacción material.

Mentira vil: Estamos guiados por un deseo mucho más profundo. Como dice Alain de Botton (filosofía contemporánea light en su versión más agradable): “Cuál es el objetivo último de la riqueza y el poder si no es más que la búsqueda del amor”.

Sin lugar a dudas, este ímpetu amoroso es el incuestionable motor de todas nuestras acciones económicas. Es más, nuestra existencia misma como homo economicus se lo debemos al Señor Cupido.

Ahora bien, como esta visión del amor no tiene nada de romántica, hemos perdido de vista el resto de sus componentes económicos.

En el amor, como en todo bien que busca satisfacer nuestras necesidades, el trabajo es una variable siempre presente. Es decir, no hay acceso al producto deseado si no hay una actividad laboral que nos permita alcanzarlo. En otras palabras, no hay relación amorosa exitosa sin trabajo.

Y si además, nos echamos un clavado con el otro gran padre de la Teoría Económica, Don Carlos Marx, nos quedaría claro que el trabajo es el espacio donde nos desarrollamos, donde alcanzamos la perfección. Y qué mejor que aplicar esta actividad esencial del hombre en su búsqueda más intrínseca: El amor.

Así que, ¿ya quedó claro que en el amor hay que trabajarle o seguiremos esperando que el destino nos ponga enfrente a nuestra media naranja y seremos felices por siempre sólo porque somos re-lindos?

Dejemos de asumir que las cosas se dan solas, que las relaciones “surgen” como las flores del campo y empecemos a darle duro por hacer de éstas el producto que deseamos comprar cada uno de nuestros días.

¿Cómo que no eres feminista?

Con tantos y tan variados beneficios que tenemos actualmente, ¿quién se atreve a decir que no es feminista? Y no sólo pregunto a las mujeres, a los hombres también les conviene esto de la equidad.

Empecemos por el principio. La mayoría de los derechos y libertades de los que ahora gozamos son resultado de importantes batallas que muchas mujeres – y algunos hombres, hay que reconocerlo – enfrentaron vs. el statu quo.

Y no sólo se trata de triunfos muy notorios como el poder votar y ser votadas (Argentina 1942, México 1953, Kuwait 2005), sino de aspectos tan básicos como poder tener una cuenta de banco o una propiedad a nuestro nombre (Estados Unidos 1975, España 1981).

Poder divorciarnos (Chile 2004, Brasil 1977), manejar un auto (Negado en Arabia Saudita) o estudiar carreras “de hombres” son sólo otros más de los ejemplos de una lista muy larga.

Mi impresión es que hay dos grandes malentendidos en esto del feminismo. Por un lado, la creencia de que las feministas somos “antihombres” y, por el otro, la impresión de que “queremos ser hombres”. Error, sólo buscamos equidad; es decir, igualdad de oportunidades.

Pero, dirán algunos, esto ya es cosa del pasado. Las mujeres ya cuentan con tooodos los derechos. Pues déjenme decirles que no. Un ejemplo clarísimo: La notoria diferencia de sueldos entre hombres y mujeres (o pregúntenle a Robin Wright o Jennifer Lawrence que tuvieron que pelearse con los productores de sus series/películas para que les pagaran lo mismo que a sus coestrellas masculinas).

Eso sin contar los diferentes prejuicios sobre la libertad sexual que todavía permean nuestras opiniones sobre el comportamiento de hombres y mujeres: Si eres un hombre con mucha “actividad sexual” eres un “chingón”, “gran galán”, la envidia de todos pero… si eres mujer…. puta y “fácil” serán adjetivos frecuentes. Y ni hablar de temas escandalosos como la mutilación genital femenina todavía presente en más de 20 países.

Ahora, dirán ustedes, ¿por qué a los hombres les conviene ser feministas? Porque un mundo más equitativo es un mejor mundo para todos. Es más, a ellos les aligera la carga de tener que ser los fuertes, independientes y responsables de todo y todos a su alrededor.

Además, no puedo pensar en un mejor escenario que aquel en el que cada quien puede decidir libremente qué quiere hacer y quién quiere ser, sin prejuicios o restricciones legales que los limiten. ¿A poco no suena buena la idea?

Y Ud. ¿ya se masturbó hoy?

Ok, no hoy, pero, ¿esta semana?. ¿No? Bueno, este mes al menos.

A ver, si el sexo es bueno para la salud (fortalece el sistema inmunológico), el estado de ánimo (genera serotonina que nos pone de buenas), la belleza (mejora la irrigación sanguínea y con ello el tono lozano de la piel), el relajamiento (disminuye el stress) y hasta combate el insomnio, ¿por qué no lo hacemos más seguido?

Y qué mejor que hacerlo con alguien a quien conocemos profundamente (espero) y que nos cae bien (o nos tendría que). ¡Quién podría encontrar una mejor combinación!

Pero no, eso del sexo es malo y con uno mismo peor tantito. Es más, hay hasta quien afirma que eso del juego solitario es pecado mortal.

Vayamos poco a poco: La idea de que el sexo es válido sólo para fines reproductivos no se la cree nadie. El placer que se experimenta es buscado no sólo por otros primates sino también por algunos roedores y hasta los delfines amigos de Flipper.

Porque el sexo es muuucho más que placer. Es convivencia, complicidad, diversión y un montón de otras cosas resimpáticas. Cuando uno coge envía mensajes del estilo “Te quiero”, “Me caes muy bien”, “Estar contigo es genial”, etc. etc.

Y yo, la verdad, quiero decirle todas esas cosas lindas a mí misma ¿por qué sólo al Otro?

Además, viene la parte didáctica del asunto: Si yo no sé qué y cómo me gusta, cómo puedo pretender que el Otro lo averigüe, así nomás, solito, como por arte de magia. Y eso señores sólo se logra con la práctica, con el conocimiento profundo de nosotros y de nuestro cuerpo.

Ahora que si eres mujer esto se torna todavía más interesante (porque al menos los hombres sólo tienen que voltear para abajo). A ver chicas, ¿saben cómo son sus labios? ¿De qué tamaño es su clítoris? ¿Qué tan profundas son?

Pues toda esta información superinteresantísima, entretenida y valiosa no la sabrán hasta que empiecen. Así que, ¡manos a la obra! (en el sentido más literal del término).

¿En qué momento dejamos de ser Homo Sapiens?

¿Cuándo dejamos de aplicar el famoso “cogito ergo sum” que nos permite preguntarnos, ser reflexivos y analíticos? ¿Cuándo dejamos de pensar e incluso de dudar, como bien lo planteaba el filósofo francés René Descartes?

Esta famosa frase no sólo enfatiza el hecho de que pensamos sino de que dudamos y es el dudar la prueba irrefutable del ser. O, en otras palabras, en la medida en que dudamos (nos cuestionamos, inquirimos, criticamos) somos.

Y ésa es la característica del Sapiens: La capacidad de realizar operaciones conceptuales y simbólicas muy complejas como son el uso de sistemas lingüísticos sofisticados, el razonamiento abstracto o las capacidades de introspección y especulación. Osease, pensar y dudar.

Por eso, me pregunto ¿Cuándo decidimos “tomar la vida como viene” y aceptar “las cosas como son”? Yo, me niego. Creo firmemente que todos tenemos la obligación moral de ser mejores, cada uno en su propia y maravillosa versión personal.

Y no sólo se trata de ir contra la superficialidad y la banalidad, sino de rechazar ese pensamiento mágico religioso en el acontecer cotidiano.

No sólo en la evaluación de la vida política nacional, la situación económica internacional o, incluso, en la valoración de nuestras propias relaciones de amistad, amorosas y familiares. Tristemente, en todos estos contextos, nos ha dado por meter a nuestro raciocinio en la nevera.

Nos rige una actitud de asombro pasivo digna de un buen Australopitecus frente al fuego cuando las cosas no salen como queremos y sencillamente nos sentamos a mirar sin hacer nada.

Pero además, combinamos nuestra falta de raciocinio con la creencia digna de todo habitante del Medievo, de que las cosas se van a dar/mejorar/arreglar como por arte de magia.

Así que, empecemos a cuestionar y cuestionarnos, a buscar mejoras y mejorar y dejemos de quejarnos y criticar desde la comodidad del sillón. Explotemos la capacidad de crear nuevos mundos que nuestro gran cerebro nos permite.

¿Por qué el orgullo y el egoísmo tienen tan mala fama?

Decir que uno es chingón, bacano, chévere, cojonudo y anexos está claramente mal visto. Eso de la autopromoción es muy criticado en nuestra linda América Latina. ¡Y yo no entiendo por qué¡

Eso de la “falsa” modestia a mi me suena a ser primo de “mustio” (que, en mexicano, quiere decir algo así como que esconde su verdadero carácter). Pero con todo y eso a mis compatriotas les encanta (si, no a todos pero a muchos). Es más, tenemos una frase lindísima que confunde a todos los extranjeros para hablar de nuestro hogar/vivienda: “Aquí en su pobre casa”.

Sí, cuando hablamos de ese espacio que tanto nos ha logrado tener/arreglar y donde intentamos hacer nuestra vida, nos tiramos al piso y negamos nuestra propiedad. Claramente, la hacemos “menos”: Decimos “su” en lugar de “mi” y la adjetivamos de “pobre”, por más pisos y habitaciones que tenga. ¿No es terrible?

Pero además, si somos mujeres, la historia se pone todavía mejor. Esa tendencia a “velar” por el Otro se ha traducido en un “vivir” en función del Otro (sea éste el marido, los hijos, los padres o todos juntos).

Y esta “generosidad”, este espíritu no sólo bondadoso sino claramente heroico, no sólo está bien visto sino que se ha convertido en un elemento constitutivo de la identidad femenina. Por ello, no es extraño que las mujeres seamos presentadas por nuestros “títulos nobiliarios”: “¿Te acuerdas de Fulanita? Si, la mamá de Juanito” (O bien, “la esposa de Chuchito”, “la hija de Don Felipe”, “la cuñada de María”, etc. etc.).

¿Por qué poner a los otros primero? Entiendo lo de la máscara de oxígeno del avión (“Póngasela primero y luego ayude a otros” dicen las sobrecargos) pero, en la vida cotidiana, ¿por qué va uno hasta atrás en la fila?

Sabemos que si uno no está bien, no hay manera de estar bien con los otros. Va uno por la vida repartiendo enojos, tristezas, y, sobre todo, malos ejemplos de cómo vivir la vida.

Además, si uno le ha chingado harto (osease, se ha esforzado en ser mejor, tener una mejor calidad de vida y compartirla con los suyos), ¿por qué no decirlo?

Así que, ahí les va: ¡Yo soy una chingona y muy orgullosa de serlo¡ (Ahora les toca a Uds.).

La matrimania iletrada. O por qué antes de querer casarnos deberíamos aprender de literatura

Parecería que la meta principal del soltero es alcanzar ese estadio ideal de tranquilidad y, por supuesto, de felicidad total del casado.

Es como una carrera con una meta clara: Pasar de libre a unido, de solo a acompañado, de pez a pes-cado.

Pero, realmente ¿qué es el matrimonio? O más bien ¿qué versión nos hemos comprado? Pues resulta que una que refleja nuestro escaso conocimiento literario.

Empecemos por las bodas, esas fiestas que a todos nos gustan porque se nos olvida que, realmente, son una farsa (en el sentido más teatral del término).

Nos dicen los diccionarios: “La farsa es un género que se retroalimenta de las relaciones de la época y del país… para criticar la forma en la que viven… y donde los personajes se desenvuelven de manera caricaturesca o en situaciones no realistas”.

En breve, las farsas se caracterizan por exagerar la realidad. Así, lo lindo es más lindo y el amor es amorosísimo.

Pero, a diferencia de las farsas teatrales donde todos sabemos que su objetivo es burlarse, las bodas nos las tomamos muy en serio. Y cuando llegamos a casa, decimos “hay que bonito”, aunque muy en el fondo sepamos que se trata de una ficción.

Es más, tanto nos gusta esa versión teatral de la realidad que a todos nos encanta ver la “puesta en escena” pero no los ensayos. Éstos nos aburren. De hecho, la historia del casting es interesante sólo si hubo un famoso o un gran escándalo de por medio.

Y con las expectativas post boda vuelve a evidenciarse nuestra fascinación por la literatura pero esta vez del tipo Best Seller de verano (esas novelas románticas que venden mucho y en las que siempre hay buenos y malos).

Ahora bien, no cualquier “bueno” hace que la novela sea exitosa. Para ello es imprescindible que se trate de todo un héroe (o heroína en su caso).

Pero, se nos olvida que lo que hace a un héroe digno de admiración es que tiene que redimirse (Y no hay redención sin sufrimiento). Es decir, tiene que pasarla mal, re-mal para que la historia nos haga suspirar por esta súper persona que es capaz de enfrentar cualquier cantidad de desdichas con tal de estar al lado del ser amado.

Así que por qué mejor no revisamos nuestras narrativas del amor y sometemos a una seria revisión nuestras expectativas de parejas y matrimonios ¿O queremos seguir viviendo entre Walt Disney y Corín Tellado?