¿Cuándo dejaremos de querer ser perfectos?

No sólo porque es retecansado sino porque aún cuando uno le intente harto, nunca es suficiente. Yo creo firmemente que el “debería de” hay que tirarlo a la basura.

Lo que ocurre es que nos convertimos en víctimas de nuestro propio deseo de perfección. Y ni hablar de las expectativas de los demás…

Pero incluso si nos da por no escuchar a los otros, uno nunca logra disfrutar de la cotidianeidad porque se nos ocurren mil y un formas en que nuestra vida podría ser mejor (no importa que tan linda sea ésta).

Que si nuestro trasero podría estar en mejor forma, que si en nuestro último proyecto podríamos haber hecho algo más, que si nos sale una cana en la ceja es el acabose. ¡Me rindo!

Definitivamente, uno hace lo que puede con lo que tiene y si esto no va acorde a las expectativas propias o ajenas pues… ni modo, a disfrutar de la vida tal y como ésta viene.

Ahora bien, me dirán, si uno no intenta ser mejor persona, ¿cómo evitar la complacencia, la mediocridad?

Pues, en mi humilde opinión, sólo uno mismo puede ser el juez de su propia vida. Ahora que, tampoco se vale hacer trampa, hay que tener un diálogo honesto con nosotros mismos.

De hecho, sondear cómo nos sentimos, qué pensamos y, sobre todo, qué queremos (para nosotros, para los nuestros, para los otros) sería una buena práctica cotidiana.

Preguntarnos para qué hacemos lo que hacemos, porque estamos donde estamos y cuál es la razón por la que nos juntamos con quien lo hacemos es la receta no mágica a una vida más tranquila y satisfactoria.

Así que mandemos todas esas expectativas falsas a volar, demos una mirada a nuestro alrededor y abracemos la encantadora vida que nos ha tocado.

¿En qué momento dejamos de ser Homo Sapiens?

¿Cuándo dejamos de aplicar el famoso “cogito ergo sum” que nos permite preguntarnos, ser reflexivos y analíticos? ¿Cuándo dejamos de pensar e incluso de dudar, como bien lo planteaba el filósofo francés René Descartes?

Esta famosa frase no sólo enfatiza el hecho de que pensamos sino de que dudamos y es el dudar la prueba irrefutable del ser. O, en otras palabras, en la medida en que dudamos (nos cuestionamos, inquirimos, criticamos) somos.

Y ésa es la característica del Sapiens: La capacidad de realizar operaciones conceptuales y simbólicas muy complejas como son el uso de sistemas lingüísticos sofisticados, el razonamiento abstracto o las capacidades de introspección y especulación. Osease, pensar y dudar.

Por eso, me pregunto ¿Cuándo decidimos “tomar la vida como viene” y aceptar “las cosas como son”? Yo, me niego. Creo firmemente que todos tenemos la obligación moral de ser mejores, cada uno en su propia y maravillosa versión personal.

Y no sólo se trata de ir contra la superficialidad y la banalidad, sino de rechazar ese pensamiento mágico religioso en el acontecer cotidiano.

No sólo en la evaluación de la vida política nacional, la situación económica internacional o, incluso, en la valoración de nuestras propias relaciones de amistad, amorosas y familiares. Tristemente, en todos estos contextos, nos ha dado por meter a nuestro raciocinio en la nevera.

Nos rige una actitud de asombro pasivo digna de un buen Australopitecus frente al fuego cuando las cosas no salen como queremos y sencillamente nos sentamos a mirar sin hacer nada.

Pero además, combinamos nuestra falta de raciocinio con la creencia digna de todo habitante del Medievo, de que las cosas se van a dar/mejorar/arreglar como por arte de magia.

Así que, empecemos a cuestionar y cuestionarnos, a buscar mejoras y mejorar y dejemos de quejarnos y criticar desde la comodidad del sillón. Explotemos la capacidad de crear nuevos mundos que nuestro gran cerebro nos permite.

Olvídate de los propósitos de Año Nuevo, sólo sé mejor persona

Y no me refiero a ser buenos versión “en la fila para la santificación” o más amables o caritativos que San Francisco de Asis. Simplemente, en lugar de hacer una lista de promesas que sabemos no cumpliremos, dediquémonos a enfrentar mejor la vida.

Y tampoco me refiero a los grandes retos o a resolver las grandes encrucijadas que se nos presentan. Se trata, solamente, de tener mejores herramientas para el día a día. En mi caso particular, hay tres cosas que he aprendido y que me han ayudado a tomar la vida con “más filosofía”.

La primera y más importante: Hablaaa¡ Así de sencillo, sólo abre tu boquita y …. Di lo que piensas, pide lo que quieres. Los demás no somos brujos (aunque a veces parezcamos) y no podemos adivinar qué hay detrás de esa indirecta o esa mirada. Por más que el Otro nos quiera y nos conozca, eso de “sólo con una mirada nos entendemos” es producto de más de una película de Hollywood (es decir, es falso de toda falsedad).

Pero, lo que ocurre, es que eso de la responsabilidad como que no nos gusta. Siempre es más lindo poder echarle la culpa a alguien más del resultado de nuestros actos/palabras/decisiones. Además, frecuentemente se nos olvida que los Otros tampoco son responsables de cómo nos sentimos. Es uno quien puede decidir convertirse en víctima u optar por un comportamiento un poco más maduro.

El segundo aprendizaje es literalmente vital: Nada es taaan grave, sobrevivirás, lo prometo. Lo que ocurre es que nos hemos acostumbrado a pensar que somos rete-importantes y que tooodo lo que nos ocurre es de suma relevancia y la verdad es que no. Realmente, muchas de las cosas que nos pasan son meramente coyunturales y pasajeras y, rara vez, afectan y modifican nuestra vida de manera definitiva. Así que, relajémonos, todo tiene solución y si no, para qué preocuparse.

Claro, creemos, o nos gusta creer más bien, que somos los dueños de nuestro destino y que son las decisiones que tomamos las que definen nuestra vida. Pero, en el fondo es que eso de convivir con la angustia de dejar ir, no se nos da. Nos llenamos de miedo y nos rehusamos a aceptar que no siempre vamos a lograr lo que queremos o tener lo que pedimos, incluso si lo planeamos cuidadosamente. Pero así es la vida, llena de sorpresas.

En tercer lugar y, no por ello menos importante, está el agradecimiento permanente. Sí, también así de sencillo: Da gracias (a la vida, a Jehová, al osito Bimbo, a quién quieras) por tooodo lo que tienes. En lugar de quejarte por lo que no tienes, fíjate en lo que sí tienes. En lugar de criticar las situaciones que atraviesas, pon atención a todo lo que has aprendido gracias a ellas. Recuerda la sabiduría detrás del “vaso medio lleno”: La vida es como la percibes, como tú decides verla.

Entonces, si logramos ser más asertivos, nos azotamos menos y nos enfocamos en lo bueno, realmente no habrá manera de pasarla mal este año que empieza. Así que… ¡a trabajar¡