El marketing de los grandes amores

A todos nos gusta pensar que eso de la “gran historia de amor” cuenta con un montón de ejemplos – incluso famosos casos históricos – que nos dan esperanza y fortalecen nuestra creencia en que, algún día, así será para nosotros.

Pero la verdad es que, cada vez que uno le escarba un poquito a alguno de esos grandes amores, uno se encuentra con cada sorpresa.

Por ejemplo, recuerdo escuchar cuando pequeña que Napoleón y Josefina se escribían laaargas cartas de amor, donde se declaraban su mutua pasión. Cartas que sirvieron incluso de pretexto para películas de esas bien románticas que uno debe ver con una caja de pañuelos desechables al lado.

Pero, frecuentemente, a los directores de cine se les olvida mencionar que esta bonita historia de amor acabó ni más ni menos que en divorcio (además de las múltiples infidelidades de ambas partes).

Otro caso bonito, digno de series y películas, es la historia de Eduardo de Inglaterra y la divorciada más famosa, Wally Simpson. Imagínense que él incluso rechazo el trono para poder estar con su amor.

Sin embargo – y con todo y los 35 años que estuvieron juntos -, las cartas de la “Americana” (así le decía su familia política que, obviamente, no la quería mucho que digamos) dejan entrever que eso de ser el objeto de adoración de un ex-rey las 24/7 es realmente una tarea muuuy pesada.

Claro, también hay historias donde el amor nunca se acaba, donde ambos miembros de la pareja continúan expresando su mutua admiración y cariño por el resto de sus días.

Pero, como el caso de Eloísa y Abelardo, esto no implica que la historia acabe bien. En pleno siglo XI, estos grandes intelectuales tuvieron la poca fortuna de ser separados, ella recluida en su abadía y él en la suya, sólo que castrado, ups. Eso si, siguieron queriéndose harto.

Entonces, ¿por qué nadie nos cuenta la parte en la que las historias rosas pierden su color? ¿Por qué ocultar que toda historia de amor contempla también todos los colores del arcoíris?

Sólo cuando dejemos de creer que el amor siempre es rosa podremos disfrutar de sus azules, amarillos y algunos rojos.

Cuando el amor aumenta, el erotismo disminuye (lo dice la física y Esther Perel)

La tercera ley de Newton establece que “siempre que un objeto ejerce una fuerza sobre un segundo objeto, éste ejerce una fuerza de igual magnitud y dirección pero en sentido opuesto sobre el primero”.

O lo que es lo mismo: A cada acción le corresponde una reacción, sólo que en sentido contrario. Así que, ¿cómo no le pensamos antes? Era obviooo: El amor y el erotismo son dos fuerzas en sentido contrario así que hace tooodo el sentido que cuando una entra full por la puerta, la otra se escabulla por la ventana.

¿Por qué ocurre esto? Pues resulta que los mecanismos que implementamos para lograr una sensación de seguridad en nuestra relación, son los mismos que, a mediano plazo, acaban con ésta. Ocurre que la estabilidad y confianza que nos permiten establecer una relación de largo plazo le dan al traste (o, en cristiano, “hacen trizas”) a la necesidad de novedad y cambio. Y, no me dejaran mentir: Lo predecible es seguro pero francamente aburrido.

Ocurre que, el riesgo y la aventura que nos ofrecen una vida vibrante, nuestro deseo por lo excitante y misterioso y la diversión de esos encuentros furtivos, no son ingredientes bienvenidos en la cama matrimonial. Y, sin embargo, son imprescindibles para una relación exitosa.

Eso de pasar del amor romántico (ése que trae una buena dosis de cama pero es de corta duración) a un apego de largo plazo, es todo un reto. Madre naturaleza decidió darnos químicos suficientes para estar juntos los primeros años de la crianza. Pero luego, asumió que sus amables súbditos (es decir, nosotros) bien podrían encontrar por ellos mismos otras razones para permanecer en pareja una vez que los sentimientos de éxtasis jubiloso pasaran.

Pero se le olvidó que a los homínidos nos da por complicarnos la vida, por pretender que todos somos parte de ese 3% de los mamíferos que establece una relación para toda la vida y que creemos que el amor todo lo puede. Así que nuestra mejor opción fue fundirnos con el otro para hacernos más fuertes, pero sólo logramos perdernos y desdibujarnos, arruinando la pasión.

Pensarnos más allá de nuestra pareja es complicado y hasta suena feo pero es la única opción que tenemos para que cada reencuentro sea una aventura vibrante, una de esas que nos emocionan y nos recuerdan que, además de estar unidos en las buenas y en las malas, también lo debemos estar en la cama, la mesa o cualquier otra superficie que se preste para el amorío desenfrenado.

P.d. ¿Y Esther? Su libro se llama “Mating in captivity”, échenle un ojo.

El amor debería ser un concepto central de la Teoría Económica (o pregúntenselo a Adam Smith)

Aclaro: No me refiero al impacto que Don Valentín tuvo el día de ayer en nuestros monederos.

En la Teoría de los Sentimientos Morales, el padre de la economía moderna clarifica que el gran motivador de nuestra vida económica es “ser vistos”, ser “atendidos” o, dicho sencillamente, que el Otro se entere de nuestra existencia. Pero, queremos auto-engañarnos pensando que, en esas compras interminables de bienes y servicios, sólo buscamos una satisfacción material.

Mentira vil: Estamos guiados por un deseo mucho más profundo. Como dice Alain de Botton (filosofía contemporánea light en su versión más agradable): “Cuál es el objetivo último de la riqueza y el poder si no es más que la búsqueda del amor”.

Sin lugar a dudas, este ímpetu amoroso es el incuestionable motor de todas nuestras acciones económicas. Es más, nuestra existencia misma como homo economicus se lo debemos al Señor Cupido.

Ahora bien, como esta visión del amor no tiene nada de romántica, hemos perdido de vista el resto de sus componentes económicos.

En el amor, como en todo bien que busca satisfacer nuestras necesidades, el trabajo es una variable siempre presente. Es decir, no hay acceso al producto deseado si no hay una actividad laboral que nos permita alcanzarlo. En otras palabras, no hay relación amorosa exitosa sin trabajo.

Y si además, nos echamos un clavado con el otro gran padre de la Teoría Económica, Don Carlos Marx, nos quedaría claro que el trabajo es el espacio donde nos desarrollamos, donde alcanzamos la perfección. Y qué mejor que aplicar esta actividad esencial del hombre en su búsqueda más intrínseca: El amor.

Así que, ¿ya quedó claro que en el amor hay que trabajarle o seguiremos esperando que el destino nos ponga enfrente a nuestra media naranja y seremos felices por siempre sólo porque somos re-lindos?

Dejemos de asumir que las cosas se dan solas, que las relaciones “surgen” como las flores del campo y empecemos a darle duro por hacer de éstas el producto que deseamos comprar cada uno de nuestros días.

La matrimania iletrada. O por qué antes de querer casarnos deberíamos aprender de literatura

Parecería que la meta principal del soltero es alcanzar ese estadio ideal de tranquilidad y, por supuesto, de felicidad total del casado.

Es como una carrera con una meta clara: Pasar de libre a unido, de solo a acompañado, de pez a pes-cado.

Pero, realmente ¿qué es el matrimonio? O más bien ¿qué versión nos hemos comprado? Pues resulta que una que refleja nuestro escaso conocimiento literario.

Empecemos por las bodas, esas fiestas que a todos nos gustan porque se nos olvida que, realmente, son una farsa (en el sentido más teatral del término).

Nos dicen los diccionarios: “La farsa es un género que se retroalimenta de las relaciones de la época y del país… para criticar la forma en la que viven… y donde los personajes se desenvuelven de manera caricaturesca o en situaciones no realistas”.

En breve, las farsas se caracterizan por exagerar la realidad. Así, lo lindo es más lindo y el amor es amorosísimo.

Pero, a diferencia de las farsas teatrales donde todos sabemos que su objetivo es burlarse, las bodas nos las tomamos muy en serio. Y cuando llegamos a casa, decimos “hay que bonito”, aunque muy en el fondo sepamos que se trata de una ficción.

Es más, tanto nos gusta esa versión teatral de la realidad que a todos nos encanta ver la “puesta en escena” pero no los ensayos. Éstos nos aburren. De hecho, la historia del casting es interesante sólo si hubo un famoso o un gran escándalo de por medio.

Y con las expectativas post boda vuelve a evidenciarse nuestra fascinación por la literatura pero esta vez del tipo Best Seller de verano (esas novelas románticas que venden mucho y en las que siempre hay buenos y malos).

Ahora bien, no cualquier “bueno” hace que la novela sea exitosa. Para ello es imprescindible que se trate de todo un héroe (o heroína en su caso).

Pero, se nos olvida que lo que hace a un héroe digno de admiración es que tiene que redimirse (Y no hay redención sin sufrimiento). Es decir, tiene que pasarla mal, re-mal para que la historia nos haga suspirar por esta súper persona que es capaz de enfrentar cualquier cantidad de desdichas con tal de estar al lado del ser amado.

Así que por qué mejor no revisamos nuestras narrativas del amor y sometemos a una seria revisión nuestras expectativas de parejas y matrimonios ¿O queremos seguir viviendo entre Walt Disney y Corín Tellado?