Y Ud. ¿ya se masturbó hoy?

Ok, no hoy, pero, ¿esta semana?. ¿No? Bueno, este mes al menos.

A ver, si el sexo es bueno para la salud (fortalece el sistema inmunológico), el estado de ánimo (genera serotonina que nos pone de buenas), la belleza (mejora la irrigación sanguínea y con ello el tono lozano de la piel), el relajamiento (disminuye el stress) y hasta combate el insomnio, ¿por qué no lo hacemos más seguido?

Y qué mejor que hacerlo con alguien a quien conocemos profundamente (espero) y que nos cae bien (o nos tendría que). ¡Quién podría encontrar una mejor combinación!

Pero no, eso del sexo es malo y con uno mismo peor tantito. Es más, hay hasta quien afirma que eso del juego solitario es pecado mortal.

Vayamos poco a poco: La idea de que el sexo es válido sólo para fines reproductivos no se la cree nadie. El placer que se experimenta es buscado no sólo por otros primates sino también por algunos roedores y hasta los delfines amigos de Flipper.

Porque el sexo es muuucho más que placer. Es convivencia, complicidad, diversión y un montón de otras cosas resimpáticas. Cuando uno coge envía mensajes del estilo “Te quiero”, “Me caes muy bien”, “Estar contigo es genial”, etc. etc.

Y yo, la verdad, quiero decirle todas esas cosas lindas a mí misma ¿por qué sólo al Otro?

Además, viene la parte didáctica del asunto: Si yo no sé qué y cómo me gusta, cómo puedo pretender que el Otro lo averigüe, así nomás, solito, como por arte de magia. Y eso señores sólo se logra con la práctica, con el conocimiento profundo de nosotros y de nuestro cuerpo.

Ahora que si eres mujer esto se torna todavía más interesante (porque al menos los hombres sólo tienen que voltear para abajo). A ver chicas, ¿saben cómo son sus labios? ¿De qué tamaño es su clítoris? ¿Qué tan profundas son?

Pues toda esta información superinteresantísima, entretenida y valiosa no la sabrán hasta que empiecen. Así que, ¡manos a la obra! (en el sentido más literal del término).

¿Por qué los japoneses ya no quieren coger?

Las últimas encuestas lo dejan bien claro: Un porcentaje importante de japoneses no desean comenzar una relación íntima en estos momentos y, mucho menos, una relación de pareja.

Y claro, de este lado del océano uno no entiende. ¿Cómo es posible que se abstraigan de una actividad tan entretenida (por decir lo menos)?

Pero sí, así es. Los jóvenes – y las jóvenes, para no discriminar – ya no quieren tener relaciones de pareja, ni siquiera relaciones íntimas, osease coger.

Y saben qué, uno no los puede culpar. Piénsenlo bien: Una relación – por más fortuita y corta que sea – toma tiempo y esfuerzo. Y, francamente, hay muchas relaciones, románticas y anexas, que son realmente molestas y poco satisfactorias.

A ver, ¿cuántas veces hemos estado – en una cama o fuera de ella – pensando “Y yo qué diablos hago aquí”? Pero ahí está uno, por cualquier cantidad de motivos equivocados que nos hacen preferir estar mal a estar solos.

Y realmente, además de la clásica excusa universal de la falta de tiempo para buscar, construir y compartir con un Otro, hay muchas otras razones para que, en este mundo tan individualizado, uno le rehúya a echarse encima más trabajo del que ya tenemos de forma remunerada.

En las relaciones en general, nuestros fantasmas más tenebrosos aparecen, incluso sin darnos cuenta. Y, de repente, nos convertimos en nuestros padres o en cualquier otra relación que criticamos y prometimos no tener (salvo aquellos suertudos con esquemas menos enfermitos que sí tuvieron modelos de relación más sanitos en su infancia).

En las relaciones, nos confrontamos con lo que somos, no con lo que queremos ser y nos damos cuenta de todas esas heridas infantiles que todavía cargamos.

Así que, ¿por qué querer siquiera convivir intensamente con un Otro aunque sea por un par de horas dando brincos? La respuesta es fácil aunque no evidente: Porque las relaciones también nos dan la oportunidad de aprender, de cambiar patrones y sí, de ser mejores personas.

No es amor, es pura calentura

Lo ves y algo en ti dice “Es él” y tú lo sabes, es tu intuición. Y claro, al conversar, te das cuenta que sí, hay una conexión profunda. Sabes que, realmente, esto es especial. Pues noooo, nos equivocamos flagrantemente.

Es madre naturaleza trabajando. Pero, a nosotros, nos encanta confundir el deseo con el amor. Se nos olvida que la famosísima frase “tienen química”, es la pura verdad: Eso que sientes, temo decirte, no es afecto, es pura feromona en acción.

El asunto es que, por alguna razón, nos hemos esforzado en traducir los mensajes de nuestra glándula pituitaria en lenguaje hollywoodesco. Ella sólo nos dice “Este DNA será bueno para procrear” y nosotros lo interpretamos como “Éste es el hombre de mis sueños, con quien me casaré, tendré hijos y seré inmensamente feliz”.

Bueno, de hecho, en sentido literal, no estamos tan mal, al menos no en eso de los hijos. Tu cuerpo sabe que sus genes y tus genes se complementan (por tener sistemas inmunes diferentes). Así que, sí, podría ser un buen padre para tus hijos pero, ojo, sólo en términos biológicos.

Es decir, podrían tener un mejor sistema inmune pero, que yo sepa, eso no cuenta – al menos en los tiempos modernos – como requisito para convertirlos en la pareja ideal. Sólo aclara que estos niños podrían ser más resistentes (y no creo que eso todavía sea garantía frente a los mutantes y alterados virus y bacterias del SXX1).

Y obvio, tampoco aplica ya eso de procrear por el miedo a los bajos índices de población (lo que tal vez era el caso cuando éramos platillo favorito de los gatos dientes de sable que, como su nombre lo indica, de gatos sólo tenían la especie ya que pesaban más de 200 kilos).

Pero, parece que madre naturaleza está un poco atrasadita de noticias y nos sigue haciendo creer que la cascada de dopamina que sentimos al ver a esa persona que le gustó a nuestra glándula sigue siendo un buen criterio para elegir pareja.

Y no quiero siquiera empezar a hablar de qué pasa cuando ovulamos o “¿Por qué todos me parecen tan guapos ciertos días del mes?”

Entonces, reconozcamos el trabajo evolutivo que realiza nuestra querida pituitaria pero sólo como punto de partida de otro candidato más en la lista, no como el ganador del sorteo evolutivo del año. Por que evolucionar implica, digo yo, saber qué hacer con nuestros instintos y no seguirlos de manera ciega como el difunto Australopithecus.

¿Por qué la equidad no sirve en la cama?

Seguro a todos nos han dicho que para tener una buena relación, las reglas tienen que ser parejas. Es decir, aplicar los mismos criterios sobre qué sí se vale y qué no, qué se espera y qué se demanda a los dos miembros de la pareja (o a los tres o a más, cada quien).

Sin embargo, se nos olvida que la equidad es una cosa y la simetría otra. Es decir, asumir que cada uno debe tener/hacer/acceder a las mismas cosas es un GRAN error.

Porque, ser equitativos no significa ser simétricos sino dar a cada miembro de la pareja lo que “se merece” en función de SUS necesidades. Una cosa son los derechos y otra, muy diferente, las necesidades.

Y aquí no hablo de diferencias de género o de estilos de vida sino de algo mucho más importante y delicado, de la vil y llana disparidad en términos de líbido.

Dicho simplemente: ¿Qué pasa cuando uno es mucho más cachondo que el otro? ¿Quién cede? ¿Qué se acuerda?

Estoy segura que, en muchas parejas, si le preguntáramos a una de las partes muy posiblemente nos diría que cogen de más mientras que para la otra, la cantidad sería mínima comparada con su ideal.

Y ese es el problema de aplicar la equidad en el sexo. No se trata de las mismas oportunidades sino de que diferentes necesidades requieren distintos criterios para cada persona.

Claro que esto suena más fácil dicho que hecho. Seguramente todos queremos negociar con base en un espíritu de igualdad, casi democrática, característica de los padres fundadores de muchas de nuestras Repúblicas. Pero, francamente, estamos errados al equipar la dificultad para ser fiel de unos con el desinterés real por el sexo de otros.

Porque esto ocurre, y más frecuentemente de lo que pensamos. Muchas parejas son diferentes en sus gustos, en su nivel intelectual, en sus intereses y, también, en la cama.

Entonces, si somos diferentes en la cama y queremos cosas diferentes, al aplicar las mismas reglas para ambos miembros de la pareja no estamos dando un trato equitativo sino que estamos claramente perjudicando a una de las partes (o incluso a ambas al intentar un término medio que seguramente no dejará feliz a ninguno de los dos).

El reto es cómo dar solución a una situación que se perfila como re-complicada: ¿Cómo procurar prestar atención a las distintas necesidades y lograr que las reglas no sólo sean parejas sino realmente equitativas al reconocer que cada miembro puede necesitar algo diferente?

Pero bueno, si no empezamos por darnos cuenta y dejamos de aplicar nuestra falsa idea de equidad como simetría, no podremos siquiera empezar a pensar y discutir nuevos acuerdos.

Tendrías que ser mujer para entenderlo

Cuando un hombre se acerca a hablarte sin que siquiera lo hayas mirado, eso no es simpático.

Cuando un hombre se sienta en tu mesa sin haberlo invitado, eso no es simpático.

Cuando un hombre asume que deberías hacerle caso porque …. es hombre, eso no es simpático.

Y además, les da por enojarse si no les haces caso y piensan ¡Tengo derecho a hablarte¡ Pues yo pienso:¡Tengo derecho a no contestarte¡

La noción de acoso es ciertamente muy complicada pero es una sensación constante cuando madre naturaleza ha decidido de qué lado de la balanza del poder estás (sin importarle lo que tú creas o logres o pienses).

Yo siempre he sido “fuerte”, “independiente” y “segura” pero eso no me hace menos vulnerable a ese estremecimiento que recorre la piel de tu cuello cuando tienes que caminar al lado un grupo de hombres que, sencillamente, están platicando un día domingo.

Y ese es el punto, ellos están ahí, tranquilos, sin ninguna intención de molestarte, por supuesto. Y tú, simplemente, pasas por ahí, sin ninguna intención de provocarlos o entablar una conversación. Sencillamente, coexisten en ese tiempo espacio.

Pero, y este es el GRAN pero, tu no asumes que tienes el derecho de llegar a interrumpirlos, de llegar a incomodarlos con tu presencia (porque, están tan a gusto hablando entre ellos, sin nadie que los moleste). Entonces, ¿por qué ellos asumen que tiene el derecho de sí hacerlo?

Y no se trata que no queramos que nos hablen por el simple hecho de ser mamonas, difíciles, agrias.

Es básicamente por la sensación de inseguridad y, miedo (sip, miedo) que esto nos provoca. No sabemos si será un tranquilo: “Hola chica, qué guapa” o si irán más allá y empezarán a insistir e incluso a seguirnos.

Y es este sentimiento primitivo de debilidad, de vulnerabilidad frente a la fuerza física masculina la que nos hace sentir débiles, frágiles, victimas.

Porque además, a muchos hombres les da por aplaudir estas acciones, por apoyar al “otro” que ha decidido atraer a la chica. No sé si sea por diversión o mera solidaridad pero, este instinto gregario básico de “los cazadores” frente a las “presas” no es simpático, no es nada simpático.

¿Por qué los cuernos furtivos son mejores que el swinger abierto?

O ¿por qué preferimos que nos vean la cara? ¿Por qué tanto miedo a las palabras?

¿Qué pasaría si abriéramos la conversación? Si, un día cualquiera, decidiéramos preguntar ¿Qué onda contigo, con nosotros? ¿Qué haremos si el otro es infiel? ¿Queremos saber? ¿Se vale? ¿Cuáles son las reglas?

Ya sé, muchas preguntas y pocas respuestas. Es más, ni yo misma logro ponerme de acuerdo y, aún cuando creo firmemente que los “cachos” no son “para tanto”, los detalles de un posible acuerdo se me escapan.

Imaginemos: Un día me entero (porque, tarde o temprano, uno siempre se entera) que soy una “cornuda” y, claro, lo primero que ocurre es que Zeus se queda corto con todo y sus relámpagos.

En mi cólera, seguramente diré cosas hirientes y, posiblemente, mande a volar al imperfecto pero, todo será culpa del ego, del orgullo. Porque, realmente, el que esté libre de culpa que tire la primera piedra (¿o a poco pecar de pensamiento no es igual de malo que pecar de obra?).

Y no se trata de aplicar el famoso “ojo por ojo”, de “cobrar” la infidelidad, sino de ver cómo le hace uno para sobrevivir esto de los retos de la vida en pareja, retos que son más viejos que las tabletas del Mar muerto.

Intentar ser más honestos con nosotros mismos y hacerles frente con un enfoque más abierto, incluso, tal vez, más realista.

Y no, no es un enfoque “moderno”. A lo largo de las décadas, de los siglos incluso, muchas parejas han tenido claro que la fidelidad emocional y la exclusividad sexual no siempre van de la mano y sus acuerdos han ido en todas direcciones. Algunos más exitosos, unos menos dolorosos pero todos ellos desafiantes.

Por ahora, baste decir que, entre el swinger abierto (osease ver al otro tener relaciones) y sólo saber de éstas o de la posibilidad de éstas, hay un gran trecho. Así que… a encontrar el espacio intermedio que nos permita ser pareja y no morir en el intento.

Con ustedes: ¡El clítoris!

Pues si, ahora resulta que ya es un descubrimiento contundente: El clítoris ES el pene femenino.

Y no se trata solamente de que “funcione igual” (osease, crezca y se ponga duro) o que sea su equivalente (como fuente de placer y excitación). Nop, el clítoris ES un pene.

Sólo basta ver los modelos 3D que están haciendo los franceses para sus clases de educación sexual. Sip, modelos a tres dimensiones y sip, clases de educación sexual.

Vayamos poco a poco. Del clítoris, como de los icebergs, sólo vemos la puntita, así que al tener un modelo completo podemos ver tooodo lo que está abajo y evitar que nos pase como al Titanic: Nadie quiere que su barco se hunda (osease, su relación, su acostón) por no saber el gran impacto que puede causar lo que está debajo de esa “pequeña puntita”.

Y de las clases de educación sexual… qué les puedo decir. Me encantaría ver la cara de la Asociación de Padres de Familia ante la sutil sugerencia de un modelo 3D, jiji. Si se niegan a hablar de disfrute y placer en la relación sexual y tratan a la masturbación como pecado capital con boleto directito al infierno, qué podemos esperar.

Pero bueno, concentrémonos en la dimensión individual, en el impacto que la falta de información sobre el clítoris tiene en nuestras encamadas.

Saber que el clítoris tiene “brazos” que rodean la labia cambia radicalmente el enfoque hasta del más dedicado “apretador de botones”. Chicos – y, obvio también, chicas -, el trabajo no es de profundidad, es de extensión. Es decir, hay que trabajar a lo largo y ancho del playground: Se trata de – aproximadamente – 10 cm de diversión de cada lado. ¿A poco no suena bien entretenido?

Esto no es todo, como estos brazos rodean la vagina, contribuyen al placer en la penetración. Y sí, se están imaginando bien, esto implica que la supuesta división entre orgasmos vaginales y clitoridianos no aplica tal cual. Si el orgasmo es “vaginal”, cuenta con ayuda de parte del clítoris y si el orgasmo es “clitoridiano”, éste recorre toda la circunferencia de la vagina ¿Así o más genial?

Pero a mi, lo que más me encanta de toda esta situación es que si podemos definir al clítoris como un “pene interno”, por qué no llamar al pene un “clítoris externo”.