Por qué soy grinch/gruñona/aguafiestas

Porque entre los festejos de Navidad y los de Año Nuevo, la verdad, no sabría cuáles me parecen más molestos: Si las demostraciones de afecto con etiqueta de centro comercial y grandes moños rojos o las afirmaciones de “ahora sí el próximo año …” de los convivios finales.

Entre el “hay que juntarnos porque es Navidad” (aunque no nos hayamos visto/hablado todo el año) o el “es importante hacer tus propósitos de Año Nuevo”(como si se cumplieran de forma mágica), no sé cuál elegir.

El tono excesivamente religioso de la Navidad me parece demasiado pero a los festejos de Año Nuevo – carentes de toda espiritualidad – les falta alma. La primera está llena de rituales formales de celebraciones cristianas pero en el segundo abundan las prácticas paganas para atraer el amor y el dinero. La verdad, ni a cuál irle.

En el fondo, lo que más me molesta es la necesidad de tanto protocolo sólo para recordarnos ser buenas personas. ¿Por qué, sencillamente, no decidimos querernos y procurar ser mejores todos los días? ¿Por qué, además, le encontramos la variante “cómprelo-cómprelo” a todo evento del calendario?

Yo me niego a llamar a mis amigos (aquellos con los que no he hablado en meses) sólo para decirles “Feliz Navidad” y a pensar que, ahora sí el próximo año va a ser mejor porque, pues, es un año nuevo y todo está por escribirse (de nuevo, sic.).

Ahora bien, dicen que los “grinch” arruinamos los momentos alegres de otros. Pero yo juro que me comporto y procuro quedarme calladita, calladita (que, como dicen en México, así se ve uno más bonita – qué tal de misógina la frase -).

Eso si, no puedo evitar no querer compartir las decoraciones cursis llenas de lucecitas, la ropa interior roja para, ahora sí, encontrar el amor o los villancicos versión Justin Bieber que suenan por todos lados.

Ser grinch no es prueba irrefutable de ser amargado, de no tener con quien festejar o bien, de traumas infantiles durante esta temporada. Yo simplemente no quiero “abrir mi corazón”, abrazar a todos y valorar lo aprendido un par de días al año.

Yo quiero a mi gente y procuro ser mejor persona los 365 días. Así que, déjenme ser grinch que no le hago mal a nadie.

¿Por qué el orgullo y el egoísmo tienen tan mala fama?

Decir que uno es chingón, bacano, chévere, cojonudo y anexos está claramente mal visto. Eso de la autopromoción es muy criticado en nuestra linda América Latina. ¡Y yo no entiendo por qué¡

Eso de la “falsa” modestia a mi me suena a ser primo de “mustio” (que, en mexicano, quiere decir algo así como que esconde su verdadero carácter). Pero con todo y eso a mis compatriotas les encanta (si, no a todos pero a muchos). Es más, tenemos una frase lindísima que confunde a todos los extranjeros para hablar de nuestro hogar/vivienda: “Aquí en su pobre casa”.

Sí, cuando hablamos de ese espacio que tanto nos ha logrado tener/arreglar y donde intentamos hacer nuestra vida, nos tiramos al piso y negamos nuestra propiedad. Claramente, la hacemos “menos”: Decimos “su” en lugar de “mi” y la adjetivamos de “pobre”, por más pisos y habitaciones que tenga. ¿No es terrible?

Pero además, si somos mujeres, la historia se pone todavía mejor. Esa tendencia a “velar” por el Otro se ha traducido en un “vivir” en función del Otro (sea éste el marido, los hijos, los padres o todos juntos).

Y esta “generosidad”, este espíritu no sólo bondadoso sino claramente heroico, no sólo está bien visto sino que se ha convertido en un elemento constitutivo de la identidad femenina. Por ello, no es extraño que las mujeres seamos presentadas por nuestros “títulos nobiliarios”: “¿Te acuerdas de Fulanita? Si, la mamá de Juanito” (O bien, “la esposa de Chuchito”, “la hija de Don Felipe”, “la cuñada de María”, etc. etc.).

¿Por qué poner a los otros primero? Entiendo lo de la máscara de oxígeno del avión (“Póngasela primero y luego ayude a otros” dicen las sobrecargos) pero, en la vida cotidiana, ¿por qué va uno hasta atrás en la fila?

Sabemos que si uno no está bien, no hay manera de estar bien con los otros. Va uno por la vida repartiendo enojos, tristezas, y, sobre todo, malos ejemplos de cómo vivir la vida.

Además, si uno le ha chingado harto (osease, se ha esforzado en ser mejor, tener una mejor calidad de vida y compartirla con los suyos), ¿por qué no decirlo?

Así que, ahí les va: ¡Yo soy una chingona y muy orgullosa de serlo¡ (Ahora les toca a Uds.).

La matrimania iletrada. O por qué antes de querer casarnos deberíamos aprender de literatura

Parecería que la meta principal del soltero es alcanzar ese estadio ideal de tranquilidad y, por supuesto, de felicidad total del casado.

Es como una carrera con una meta clara: Pasar de libre a unido, de solo a acompañado, de pez a pes-cado.

Pero, realmente ¿qué es el matrimonio? O más bien ¿qué versión nos hemos comprado? Pues resulta que una que refleja nuestro escaso conocimiento literario.

Empecemos por las bodas, esas fiestas que a todos nos gustan porque se nos olvida que, realmente, son una farsa (en el sentido más teatral del término).

Nos dicen los diccionarios: “La farsa es un género que se retroalimenta de las relaciones de la época y del país… para criticar la forma en la que viven… y donde los personajes se desenvuelven de manera caricaturesca o en situaciones no realistas”.

En breve, las farsas se caracterizan por exagerar la realidad. Así, lo lindo es más lindo y el amor es amorosísimo.

Pero, a diferencia de las farsas teatrales donde todos sabemos que su objetivo es burlarse, las bodas nos las tomamos muy en serio. Y cuando llegamos a casa, decimos “hay que bonito”, aunque muy en el fondo sepamos que se trata de una ficción.

Es más, tanto nos gusta esa versión teatral de la realidad que a todos nos encanta ver la “puesta en escena” pero no los ensayos. Éstos nos aburren. De hecho, la historia del casting es interesante sólo si hubo un famoso o un gran escándalo de por medio.

Y con las expectativas post boda vuelve a evidenciarse nuestra fascinación por la literatura pero esta vez del tipo Best Seller de verano (esas novelas románticas que venden mucho y en las que siempre hay buenos y malos).

Ahora bien, no cualquier “bueno” hace que la novela sea exitosa. Para ello es imprescindible que se trate de todo un héroe (o heroína en su caso).

Pero, se nos olvida que lo que hace a un héroe digno de admiración es que tiene que redimirse (Y no hay redención sin sufrimiento). Es decir, tiene que pasarla mal, re-mal para que la historia nos haga suspirar por esta súper persona que es capaz de enfrentar cualquier cantidad de desdichas con tal de estar al lado del ser amado.

Así que por qué mejor no revisamos nuestras narrativas del amor y sometemos a una seria revisión nuestras expectativas de parejas y matrimonios ¿O queremos seguir viviendo entre Walt Disney y Corín Tellado?

Lo que funciona en primavera ya no sirve en otoño (O ¿por qué la crisis de los 40s?)

Llegamos a los 40 y, de repente y casi sin querer, uno se empieza a cuestionar dónde está y a dónde va.

Si llegaste al cuarto piso y te das cuenta que no has logrado tus metas, que, la verdad, no estás donde querías ni tienes lo que deseabas, es imposible no ser víctima de un serio ataque de depresión.

Pero, qué tal si “sí la hiciste” y estás no sólo donde pensabas sino todavía mejor (en términos labores o económicos o incluso familiares). Pues, felicidades pero ¿sabes qué? A ti también te va a dar la depresión.

Y si, no en su variante “frustrada” sino de grandes interrogantes: ¿Y ahora, qué sigue? Porque nadie nos dijo qué seguía después de tener la casa, la familia, la empresa y hasta el perro.

Claro, la respuesta podría ser fácil: ¡Quieres más¡ Pero, las preguntas siguen: ¿Más de qué? ¿Con quién? ¿Para qué?

Y te pones a analizar, de nuevo casi sin quererlo (porque, obviamente, las conclusiones a las que llegues pueden inquietarte profundamente y desestabilizarte).

En el caso de los ocupados laboralmente, uno puede empezar por un aspecto obvio, el trabajo: Querías ser jefe. Check (osease palomita, ya lo cumpliste). Pero ¿valió la pena todo el esfuerzo, la chinga, el tiempo invertido?

Y esa es la parte fácil pero, conlleva inevitablemente a la siguiente pregunta: ¿Para qué lo hice? Y, sobre todo ¿para quién?

Entonces, entramos en el siguiente tema que ya se pone emocionante: Tu pareja. Osease, la madre/padre de tus hijos o, al menos, aquella persona a quien le invertiste hartos días, meses y años.

Y claro que, seguramente, es un buen individuo a quien quieres pero, ya se te olvidó para qué lo querías contigo. ¿Necesitabas apoyo en el difícil camino hacia el éxito? ¿Querías una buena madre/padre para tus hijos?

¿Y qué pasa si ahora ya no necesitas ese apoyo sino un compañero de juegos para disfrutar tus logros? ¿Y si tus hijos ya crecieron, todavía necesitas a alguien que esté más pendiente de ellos que de ti?

Y conste que no sólo lo digo yo, lo dice uno de los grandes padres de la psicología moderna, Carl Jung:

“No podemos vivir el atardecer de la vida con el mismo programa que la mañana, pues lo que en la mañana era mucho, en el atardecer será poco, y lo que en la mañana era verdadero, en la tarde será falso”.

Y es que antes era más sencillo, para los 40 uno ya era abuelo y sólo quedaba esperar el final de la vida (apenas en el SXX la esperanza de vida promedio pasó arriba de los 50 años). Pero ahora, nos quedan varias décadas por delante y queremos vivirlas de la mejor manera y con la mejor compañía. ¡Qué gran reto¡ Así que, a deprimirnos un rato reflexionando para poder disfrutar no sólo del otoño sino de un gran invierno.

¿Por qué los japoneses ya no quieren coger?

Las últimas encuestas lo dejan bien claro: Un porcentaje importante de japoneses no desean comenzar una relación íntima en estos momentos y, mucho menos, una relación de pareja.

Y claro, de este lado del océano uno no entiende. ¿Cómo es posible que se abstraigan de una actividad tan entretenida (por decir lo menos)?

Pero sí, así es. Los jóvenes – y las jóvenes, para no discriminar – ya no quieren tener relaciones de pareja, ni siquiera relaciones íntimas, osease coger.

Y saben qué, uno no los puede culpar. Piénsenlo bien: Una relación – por más fortuita y corta que sea – toma tiempo y esfuerzo. Y, francamente, hay muchas relaciones, románticas y anexas, que son realmente molestas y poco satisfactorias.

A ver, ¿cuántas veces hemos estado – en una cama o fuera de ella – pensando “Y yo qué diablos hago aquí”? Pero ahí está uno, por cualquier cantidad de motivos equivocados que nos hacen preferir estar mal a estar solos.

Y realmente, además de la clásica excusa universal de la falta de tiempo para buscar, construir y compartir con un Otro, hay muchas otras razones para que, en este mundo tan individualizado, uno le rehúya a echarse encima más trabajo del que ya tenemos de forma remunerada.

En las relaciones en general, nuestros fantasmas más tenebrosos aparecen, incluso sin darnos cuenta. Y, de repente, nos convertimos en nuestros padres o en cualquier otra relación que criticamos y prometimos no tener (salvo aquellos suertudos con esquemas menos enfermitos que sí tuvieron modelos de relación más sanitos en su infancia).

En las relaciones, nos confrontamos con lo que somos, no con lo que queremos ser y nos damos cuenta de todas esas heridas infantiles que todavía cargamos.

Así que, ¿por qué querer siquiera convivir intensamente con un Otro aunque sea por un par de horas dando brincos? La respuesta es fácil aunque no evidente: Porque las relaciones también nos dan la oportunidad de aprender, de cambiar patrones y sí, de ser mejores personas.

¿Por qué la equidad no sirve en la cama?

Seguro a todos nos han dicho que para tener una buena relación, las reglas tienen que ser parejas. Es decir, aplicar los mismos criterios sobre qué sí se vale y qué no, qué se espera y qué se demanda a los dos miembros de la pareja (o a los tres o a más, cada quien).

Sin embargo, se nos olvida que la equidad es una cosa y la simetría otra. Es decir, asumir que cada uno debe tener/hacer/acceder a las mismas cosas es un GRAN error.

Porque, ser equitativos no significa ser simétricos sino dar a cada miembro de la pareja lo que “se merece” en función de SUS necesidades. Una cosa son los derechos y otra, muy diferente, las necesidades.

Y aquí no hablo de diferencias de género o de estilos de vida sino de algo mucho más importante y delicado, de la vil y llana disparidad en términos de líbido.

Dicho simplemente: ¿Qué pasa cuando uno es mucho más cachondo que el otro? ¿Quién cede? ¿Qué se acuerda?

Estoy segura que, en muchas parejas, si le preguntáramos a una de las partes muy posiblemente nos diría que cogen de más mientras que para la otra, la cantidad sería mínima comparada con su ideal.

Y ese es el problema de aplicar la equidad en el sexo. No se trata de las mismas oportunidades sino de que diferentes necesidades requieren distintos criterios para cada persona.

Claro que esto suena más fácil dicho que hecho. Seguramente todos queremos negociar con base en un espíritu de igualdad, casi democrática, característica de los padres fundadores de muchas de nuestras Repúblicas. Pero, francamente, estamos errados al equipar la dificultad para ser fiel de unos con el desinterés real por el sexo de otros.

Porque esto ocurre, y más frecuentemente de lo que pensamos. Muchas parejas son diferentes en sus gustos, en su nivel intelectual, en sus intereses y, también, en la cama.

Entonces, si somos diferentes en la cama y queremos cosas diferentes, al aplicar las mismas reglas para ambos miembros de la pareja no estamos dando un trato equitativo sino que estamos claramente perjudicando a una de las partes (o incluso a ambas al intentar un término medio que seguramente no dejará feliz a ninguno de los dos).

El reto es cómo dar solución a una situación que se perfila como re-complicada: ¿Cómo procurar prestar atención a las distintas necesidades y lograr que las reglas no sólo sean parejas sino realmente equitativas al reconocer que cada miembro puede necesitar algo diferente?

Pero bueno, si no empezamos por darnos cuenta y dejamos de aplicar nuestra falsa idea de equidad como simetría, no podremos siquiera empezar a pensar y discutir nuevos acuerdos.

“No te necesito”. Lo que toda novia debería decirle a su futuro marido

Empecemos por la definición: “Necesidad es aquello a lo cual es imposible sustraerse, faltar o resistir” y cuya carencia, nos dice la RAE, prácticamente atenta contra la conservación de la vida.

Por tanto, “necesitar” a tu pareja implicaría que ésta es tan indispensable para vivir en un estado de salud plena que su pérdida podría – incluso – provocar el fallecimiento.

Pero, a ver, todos nos reímos de los remedios que se anuncian en la tele de productos “mágicos” que curan todo pero nos parece perfectamente serio y aceptable pensar que un sólo individuo nos puede satisfacer todas y cada una de nuestras necesidades.

Eso es el matrimonio desde la necesidad. Es la promesa de un Otro que te llenará en tooodos los aspectos: Físico, emocional, psicológico, afectivo, financiero, romántico, sexual y espiritual. Un otro cuya existencia permitirá que nunca más volverás a necesitar nada más, de nadie más ¡Qué paquetote¡

Y claro que el estar en pareja es lindo, que seguramente tú y el otro se complementan. Es más, hasta les creo que se hacen mejores personas uno al lado del otro. Pero no puedo aceptar que estemos en una relación porque necesitamos al otro y sin él nos morimos.

Tenemos que superar nuestra obsesión por los dramas tipo Romeo y Julieta y entender que esas historias de amor “necesitado” acaban literalmente en muertos (en ese caso en particular fueron 6 en 3 días. Así o más atractivo).

Por eso, una novia (o para este fin, cualquier persona que piense entrar en una relación “formal” – lo que sea que esto signifique -) no debe “necesitar” al otro, debe quererlo, amarlo pero, sobre todo, debe decidir querer estar, no necesitar estar.

Así que la próxima vez que estés a punto de decir “Mi amor, te necesito”, piénsalo dos veces. Eso no pinta bien, buscar la “píldora mágica resuelve todo” nos pone en el rumbo seguro de una decepción amorosa. Es mejor decir “No te necesito, pero me encanta la idea de compartir mi no necesidad contigo”.

Tendrías que ser mujer para entenderlo

Cuando un hombre se acerca a hablarte sin que siquiera lo hayas mirado, eso no es simpático.

Cuando un hombre se sienta en tu mesa sin haberlo invitado, eso no es simpático.

Cuando un hombre asume que deberías hacerle caso porque …. es hombre, eso no es simpático.

Y además, les da por enojarse si no les haces caso y piensan ¡Tengo derecho a hablarte¡ Pues yo pienso:¡Tengo derecho a no contestarte¡

La noción de acoso es ciertamente muy complicada pero es una sensación constante cuando madre naturaleza ha decidido de qué lado de la balanza del poder estás (sin importarle lo que tú creas o logres o pienses).

Yo siempre he sido “fuerte”, “independiente” y “segura” pero eso no me hace menos vulnerable a ese estremecimiento que recorre la piel de tu cuello cuando tienes que caminar al lado un grupo de hombres que, sencillamente, están platicando un día domingo.

Y ese es el punto, ellos están ahí, tranquilos, sin ninguna intención de molestarte, por supuesto. Y tú, simplemente, pasas por ahí, sin ninguna intención de provocarlos o entablar una conversación. Sencillamente, coexisten en ese tiempo espacio.

Pero, y este es el GRAN pero, tu no asumes que tienes el derecho de llegar a interrumpirlos, de llegar a incomodarlos con tu presencia (porque, están tan a gusto hablando entre ellos, sin nadie que los moleste). Entonces, ¿por qué ellos asumen que tiene el derecho de sí hacerlo?

Y no se trata que no queramos que nos hablen por el simple hecho de ser mamonas, difíciles, agrias.

Es básicamente por la sensación de inseguridad y, miedo (sip, miedo) que esto nos provoca. No sabemos si será un tranquilo: “Hola chica, qué guapa” o si irán más allá y empezarán a insistir e incluso a seguirnos.

Y es este sentimiento primitivo de debilidad, de vulnerabilidad frente a la fuerza física masculina la que nos hace sentir débiles, frágiles, victimas.

Porque además, a muchos hombres les da por aplaudir estas acciones, por apoyar al “otro” que ha decidido atraer a la chica. No sé si sea por diversión o mera solidaridad pero, este instinto gregario básico de “los cazadores” frente a las “presas” no es simpático, no es nada simpático.

¿Por qué los cuernos furtivos son mejores que el swinger abierto?

O ¿por qué preferimos que nos vean la cara? ¿Por qué tanto miedo a las palabras?

¿Qué pasaría si abriéramos la conversación? Si, un día cualquiera, decidiéramos preguntar ¿Qué onda contigo, con nosotros? ¿Qué haremos si el otro es infiel? ¿Queremos saber? ¿Se vale? ¿Cuáles son las reglas?

Ya sé, muchas preguntas y pocas respuestas. Es más, ni yo misma logro ponerme de acuerdo y, aún cuando creo firmemente que los “cachos” no son “para tanto”, los detalles de un posible acuerdo se me escapan.

Imaginemos: Un día me entero (porque, tarde o temprano, uno siempre se entera) que soy una “cornuda” y, claro, lo primero que ocurre es que Zeus se queda corto con todo y sus relámpagos.

En mi cólera, seguramente diré cosas hirientes y, posiblemente, mande a volar al imperfecto pero, todo será culpa del ego, del orgullo. Porque, realmente, el que esté libre de culpa que tire la primera piedra (¿o a poco pecar de pensamiento no es igual de malo que pecar de obra?).

Y no se trata de aplicar el famoso “ojo por ojo”, de “cobrar” la infidelidad, sino de ver cómo le hace uno para sobrevivir esto de los retos de la vida en pareja, retos que son más viejos que las tabletas del Mar muerto.

Intentar ser más honestos con nosotros mismos y hacerles frente con un enfoque más abierto, incluso, tal vez, más realista.

Y no, no es un enfoque “moderno”. A lo largo de las décadas, de los siglos incluso, muchas parejas han tenido claro que la fidelidad emocional y la exclusividad sexual no siempre van de la mano y sus acuerdos han ido en todas direcciones. Algunos más exitosos, unos menos dolorosos pero todos ellos desafiantes.

Por ahora, baste decir que, entre el swinger abierto (osease ver al otro tener relaciones) y sólo saber de éstas o de la posibilidad de éstas, hay un gran trecho. Así que… a encontrar el espacio intermedio que nos permita ser pareja y no morir en el intento.

Con ustedes: ¡El clítoris!

Pues si, ahora resulta que ya es un descubrimiento contundente: El clítoris ES el pene femenino.

Y no se trata solamente de que “funcione igual” (osease, crezca y se ponga duro) o que sea su equivalente (como fuente de placer y excitación). Nop, el clítoris ES un pene.

Sólo basta ver los modelos 3D que están haciendo los franceses para sus clases de educación sexual. Sip, modelos a tres dimensiones y sip, clases de educación sexual.

Vayamos poco a poco. Del clítoris, como de los icebergs, sólo vemos la puntita, así que al tener un modelo completo podemos ver tooodo lo que está abajo y evitar que nos pase como al Titanic: Nadie quiere que su barco se hunda (osease, su relación, su acostón) por no saber el gran impacto que puede causar lo que está debajo de esa “pequeña puntita”.

Y de las clases de educación sexual… qué les puedo decir. Me encantaría ver la cara de la Asociación de Padres de Familia ante la sutil sugerencia de un modelo 3D, jiji. Si se niegan a hablar de disfrute y placer en la relación sexual y tratan a la masturbación como pecado capital con boleto directito al infierno, qué podemos esperar.

Pero bueno, concentrémonos en la dimensión individual, en el impacto que la falta de información sobre el clítoris tiene en nuestras encamadas.

Saber que el clítoris tiene “brazos” que rodean la labia cambia radicalmente el enfoque hasta del más dedicado “apretador de botones”. Chicos – y, obvio también, chicas -, el trabajo no es de profundidad, es de extensión. Es decir, hay que trabajar a lo largo y ancho del playground: Se trata de – aproximadamente – 10 cm de diversión de cada lado. ¿A poco no suena bien entretenido?

Esto no es todo, como estos brazos rodean la vagina, contribuyen al placer en la penetración. Y sí, se están imaginando bien, esto implica que la supuesta división entre orgasmos vaginales y clitoridianos no aplica tal cual. Si el orgasmo es “vaginal”, cuenta con ayuda de parte del clítoris y si el orgasmo es “clitoridiano”, éste recorre toda la circunferencia de la vagina ¿Así o más genial?

Pero a mi, lo que más me encanta de toda esta situación es que si podemos definir al clítoris como un “pene interno”, por qué no llamar al pene un “clítoris externo”.