¿Por qué el orgullo y el egoísmo tienen tan mala fama?

Decir que uno es chingón, bacano, chévere, cojonudo y anexos está claramente mal visto. Eso de la autopromoción es muy criticado en nuestra linda América Latina. ¡Y yo no entiendo por qué¡

Eso de la “falsa” modestia a mi me suena a ser primo de “mustio” (que, en mexicano, quiere decir algo así como que esconde su verdadero carácter). Pero con todo y eso a mis compatriotas les encanta (si, no a todos pero a muchos). Es más, tenemos una frase lindísima que confunde a todos los extranjeros para hablar de nuestro hogar/vivienda: “Aquí en su pobre casa”.

Sí, cuando hablamos de ese espacio que tanto nos ha logrado tener/arreglar y donde intentamos hacer nuestra vida, nos tiramos al piso y negamos nuestra propiedad. Claramente, la hacemos “menos”: Decimos “su” en lugar de “mi” y la adjetivamos de “pobre”, por más pisos y habitaciones que tenga. ¿No es terrible?

Pero además, si somos mujeres, la historia se pone todavía mejor. Esa tendencia a “velar” por el Otro se ha traducido en un “vivir” en función del Otro (sea éste el marido, los hijos, los padres o todos juntos).

Y esta “generosidad”, este espíritu no sólo bondadoso sino claramente heroico, no sólo está bien visto sino que se ha convertido en un elemento constitutivo de la identidad femenina. Por ello, no es extraño que las mujeres seamos presentadas por nuestros “títulos nobiliarios”: “¿Te acuerdas de Fulanita? Si, la mamá de Juanito” (O bien, “la esposa de Chuchito”, “la hija de Don Felipe”, “la cuñada de María”, etc. etc.).

¿Por qué poner a los otros primero? Entiendo lo de la máscara de oxígeno del avión (“Póngasela primero y luego ayude a otros” dicen las sobrecargos) pero, en la vida cotidiana, ¿por qué va uno hasta atrás en la fila?

Sabemos que si uno no está bien, no hay manera de estar bien con los otros. Va uno por la vida repartiendo enojos, tristezas, y, sobre todo, malos ejemplos de cómo vivir la vida.

Además, si uno le ha chingado harto (osease, se ha esforzado en ser mejor, tener una mejor calidad de vida y compartirla con los suyos), ¿por qué no decirlo?

Así que, ahí les va: ¡Yo soy una chingona y muy orgullosa de serlo¡ (Ahora les toca a Uds.).

¿Por qué los japoneses ya no quieren coger?

Las últimas encuestas lo dejan bien claro: Un porcentaje importante de japoneses no desean comenzar una relación íntima en estos momentos y, mucho menos, una relación de pareja.

Y claro, de este lado del océano uno no entiende. ¿Cómo es posible que se abstraigan de una actividad tan entretenida (por decir lo menos)?

Pero sí, así es. Los jóvenes – y las jóvenes, para no discriminar – ya no quieren tener relaciones de pareja, ni siquiera relaciones íntimas, osease coger.

Y saben qué, uno no los puede culpar. Piénsenlo bien: Una relación – por más fortuita y corta que sea – toma tiempo y esfuerzo. Y, francamente, hay muchas relaciones, románticas y anexas, que son realmente molestas y poco satisfactorias.

A ver, ¿cuántas veces hemos estado – en una cama o fuera de ella – pensando “Y yo qué diablos hago aquí”? Pero ahí está uno, por cualquier cantidad de motivos equivocados que nos hacen preferir estar mal a estar solos.

Y realmente, además de la clásica excusa universal de la falta de tiempo para buscar, construir y compartir con un Otro, hay muchas otras razones para que, en este mundo tan individualizado, uno le rehúya a echarse encima más trabajo del que ya tenemos de forma remunerada.

En las relaciones en general, nuestros fantasmas más tenebrosos aparecen, incluso sin darnos cuenta. Y, de repente, nos convertimos en nuestros padres o en cualquier otra relación que criticamos y prometimos no tener (salvo aquellos suertudos con esquemas menos enfermitos que sí tuvieron modelos de relación más sanitos en su infancia).

En las relaciones, nos confrontamos con lo que somos, no con lo que queremos ser y nos damos cuenta de todas esas heridas infantiles que todavía cargamos.

Así que, ¿por qué querer siquiera convivir intensamente con un Otro aunque sea por un par de horas dando brincos? La respuesta es fácil aunque no evidente: Porque las relaciones también nos dan la oportunidad de aprender, de cambiar patrones y sí, de ser mejores personas.

No es amor, es pura calentura

Lo ves y algo en ti dice “Es él” y tú lo sabes, es tu intuición. Y claro, al conversar, te das cuenta que sí, hay una conexión profunda. Sabes que, realmente, esto es especial. Pues noooo, nos equivocamos flagrantemente.

Es madre naturaleza trabajando. Pero, a nosotros, nos encanta confundir el deseo con el amor. Se nos olvida que la famosísima frase “tienen química”, es la pura verdad: Eso que sientes, temo decirte, no es afecto, es pura feromona en acción.

El asunto es que, por alguna razón, nos hemos esforzado en traducir los mensajes de nuestra glándula pituitaria en lenguaje hollywoodesco. Ella sólo nos dice “Este DNA será bueno para procrear” y nosotros lo interpretamos como “Éste es el hombre de mis sueños, con quien me casaré, tendré hijos y seré inmensamente feliz”.

Bueno, de hecho, en sentido literal, no estamos tan mal, al menos no en eso de los hijos. Tu cuerpo sabe que sus genes y tus genes se complementan (por tener sistemas inmunes diferentes). Así que, sí, podría ser un buen padre para tus hijos pero, ojo, sólo en términos biológicos.

Es decir, podrían tener un mejor sistema inmune pero, que yo sepa, eso no cuenta – al menos en los tiempos modernos – como requisito para convertirlos en la pareja ideal. Sólo aclara que estos niños podrían ser más resistentes (y no creo que eso todavía sea garantía frente a los mutantes y alterados virus y bacterias del SXX1).

Y obvio, tampoco aplica ya eso de procrear por el miedo a los bajos índices de población (lo que tal vez era el caso cuando éramos platillo favorito de los gatos dientes de sable que, como su nombre lo indica, de gatos sólo tenían la especie ya que pesaban más de 200 kilos).

Pero, parece que madre naturaleza está un poco atrasadita de noticias y nos sigue haciendo creer que la cascada de dopamina que sentimos al ver a esa persona que le gustó a nuestra glándula sigue siendo un buen criterio para elegir pareja.

Y no quiero siquiera empezar a hablar de qué pasa cuando ovulamos o “¿Por qué todos me parecen tan guapos ciertos días del mes?”

Entonces, reconozcamos el trabajo evolutivo que realiza nuestra querida pituitaria pero sólo como punto de partida de otro candidato más en la lista, no como el ganador del sorteo evolutivo del año. Por que evolucionar implica, digo yo, saber qué hacer con nuestros instintos y no seguirlos de manera ciega como el difunto Australopithecus.

“No te necesito”. Lo que toda novia debería decirle a su futuro marido

Empecemos por la definición: “Necesidad es aquello a lo cual es imposible sustraerse, faltar o resistir” y cuya carencia, nos dice la RAE, prácticamente atenta contra la conservación de la vida.

Por tanto, “necesitar” a tu pareja implicaría que ésta es tan indispensable para vivir en un estado de salud plena que su pérdida podría – incluso – provocar el fallecimiento.

Pero, a ver, todos nos reímos de los remedios que se anuncian en la tele de productos “mágicos” que curan todo pero nos parece perfectamente serio y aceptable pensar que un sólo individuo nos puede satisfacer todas y cada una de nuestras necesidades.

Eso es el matrimonio desde la necesidad. Es la promesa de un Otro que te llenará en tooodos los aspectos: Físico, emocional, psicológico, afectivo, financiero, romántico, sexual y espiritual. Un otro cuya existencia permitirá que nunca más volverás a necesitar nada más, de nadie más ¡Qué paquetote¡

Y claro que el estar en pareja es lindo, que seguramente tú y el otro se complementan. Es más, hasta les creo que se hacen mejores personas uno al lado del otro. Pero no puedo aceptar que estemos en una relación porque necesitamos al otro y sin él nos morimos.

Tenemos que superar nuestra obsesión por los dramas tipo Romeo y Julieta y entender que esas historias de amor “necesitado” acaban literalmente en muertos (en ese caso en particular fueron 6 en 3 días. Así o más atractivo).

Por eso, una novia (o para este fin, cualquier persona que piense entrar en una relación “formal” – lo que sea que esto signifique -) no debe “necesitar” al otro, debe quererlo, amarlo pero, sobre todo, debe decidir querer estar, no necesitar estar.

Así que la próxima vez que estés a punto de decir “Mi amor, te necesito”, piénsalo dos veces. Eso no pinta bien, buscar la “píldora mágica resuelve todo” nos pone en el rumbo seguro de una decepción amorosa. Es mejor decir “No te necesito, pero me encanta la idea de compartir mi no necesidad contigo”.

Tendrías que ser mujer para entenderlo

Cuando un hombre se acerca a hablarte sin que siquiera lo hayas mirado, eso no es simpático.

Cuando un hombre se sienta en tu mesa sin haberlo invitado, eso no es simpático.

Cuando un hombre asume que deberías hacerle caso porque …. es hombre, eso no es simpático.

Y además, les da por enojarse si no les haces caso y piensan ¡Tengo derecho a hablarte¡ Pues yo pienso:¡Tengo derecho a no contestarte¡

La noción de acoso es ciertamente muy complicada pero es una sensación constante cuando madre naturaleza ha decidido de qué lado de la balanza del poder estás (sin importarle lo que tú creas o logres o pienses).

Yo siempre he sido “fuerte”, “independiente” y “segura” pero eso no me hace menos vulnerable a ese estremecimiento que recorre la piel de tu cuello cuando tienes que caminar al lado un grupo de hombres que, sencillamente, están platicando un día domingo.

Y ese es el punto, ellos están ahí, tranquilos, sin ninguna intención de molestarte, por supuesto. Y tú, simplemente, pasas por ahí, sin ninguna intención de provocarlos o entablar una conversación. Sencillamente, coexisten en ese tiempo espacio.

Pero, y este es el GRAN pero, tu no asumes que tienes el derecho de llegar a interrumpirlos, de llegar a incomodarlos con tu presencia (porque, están tan a gusto hablando entre ellos, sin nadie que los moleste). Entonces, ¿por qué ellos asumen que tiene el derecho de sí hacerlo?

Y no se trata que no queramos que nos hablen por el simple hecho de ser mamonas, difíciles, agrias.

Es básicamente por la sensación de inseguridad y, miedo (sip, miedo) que esto nos provoca. No sabemos si será un tranquilo: “Hola chica, qué guapa” o si irán más allá y empezarán a insistir e incluso a seguirnos.

Y es este sentimiento primitivo de debilidad, de vulnerabilidad frente a la fuerza física masculina la que nos hace sentir débiles, frágiles, victimas.

Porque además, a muchos hombres les da por aplaudir estas acciones, por apoyar al “otro” que ha decidido atraer a la chica. No sé si sea por diversión o mera solidaridad pero, este instinto gregario básico de “los cazadores” frente a las “presas” no es simpático, no es nada simpático.

¿Por qué los cuernos furtivos son mejores que el swinger abierto?

O ¿por qué preferimos que nos vean la cara? ¿Por qué tanto miedo a las palabras?

¿Qué pasaría si abriéramos la conversación? Si, un día cualquiera, decidiéramos preguntar ¿Qué onda contigo, con nosotros? ¿Qué haremos si el otro es infiel? ¿Queremos saber? ¿Se vale? ¿Cuáles son las reglas?

Ya sé, muchas preguntas y pocas respuestas. Es más, ni yo misma logro ponerme de acuerdo y, aún cuando creo firmemente que los “cachos” no son “para tanto”, los detalles de un posible acuerdo se me escapan.

Imaginemos: Un día me entero (porque, tarde o temprano, uno siempre se entera) que soy una “cornuda” y, claro, lo primero que ocurre es que Zeus se queda corto con todo y sus relámpagos.

En mi cólera, seguramente diré cosas hirientes y, posiblemente, mande a volar al imperfecto pero, todo será culpa del ego, del orgullo. Porque, realmente, el que esté libre de culpa que tire la primera piedra (¿o a poco pecar de pensamiento no es igual de malo que pecar de obra?).

Y no se trata de aplicar el famoso “ojo por ojo”, de “cobrar” la infidelidad, sino de ver cómo le hace uno para sobrevivir esto de los retos de la vida en pareja, retos que son más viejos que las tabletas del Mar muerto.

Intentar ser más honestos con nosotros mismos y hacerles frente con un enfoque más abierto, incluso, tal vez, más realista.

Y no, no es un enfoque “moderno”. A lo largo de las décadas, de los siglos incluso, muchas parejas han tenido claro que la fidelidad emocional y la exclusividad sexual no siempre van de la mano y sus acuerdos han ido en todas direcciones. Algunos más exitosos, unos menos dolorosos pero todos ellos desafiantes.

Por ahora, baste decir que, entre el swinger abierto (osease ver al otro tener relaciones) y sólo saber de éstas o de la posibilidad de éstas, hay un gran trecho. Así que… a encontrar el espacio intermedio que nos permita ser pareja y no morir en el intento.

Con ustedes: ¡El clítoris!

Pues si, ahora resulta que ya es un descubrimiento contundente: El clítoris ES el pene femenino.

Y no se trata solamente de que “funcione igual” (osease, crezca y se ponga duro) o que sea su equivalente (como fuente de placer y excitación). Nop, el clítoris ES un pene.

Sólo basta ver los modelos 3D que están haciendo los franceses para sus clases de educación sexual. Sip, modelos a tres dimensiones y sip, clases de educación sexual.

Vayamos poco a poco. Del clítoris, como de los icebergs, sólo vemos la puntita, así que al tener un modelo completo podemos ver tooodo lo que está abajo y evitar que nos pase como al Titanic: Nadie quiere que su barco se hunda (osease, su relación, su acostón) por no saber el gran impacto que puede causar lo que está debajo de esa “pequeña puntita”.

Y de las clases de educación sexual… qué les puedo decir. Me encantaría ver la cara de la Asociación de Padres de Familia ante la sutil sugerencia de un modelo 3D, jiji. Si se niegan a hablar de disfrute y placer en la relación sexual y tratan a la masturbación como pecado capital con boleto directito al infierno, qué podemos esperar.

Pero bueno, concentrémonos en la dimensión individual, en el impacto que la falta de información sobre el clítoris tiene en nuestras encamadas.

Saber que el clítoris tiene “brazos” que rodean la labia cambia radicalmente el enfoque hasta del más dedicado “apretador de botones”. Chicos – y, obvio también, chicas -, el trabajo no es de profundidad, es de extensión. Es decir, hay que trabajar a lo largo y ancho del playground: Se trata de – aproximadamente – 10 cm de diversión de cada lado. ¿A poco no suena bien entretenido?

Esto no es todo, como estos brazos rodean la vagina, contribuyen al placer en la penetración. Y sí, se están imaginando bien, esto implica que la supuesta división entre orgasmos vaginales y clitoridianos no aplica tal cual. Si el orgasmo es “vaginal”, cuenta con ayuda de parte del clítoris y si el orgasmo es “clitoridiano”, éste recorre toda la circunferencia de la vagina ¿Así o más genial?

Pero a mi, lo que más me encanta de toda esta situación es que si podemos definir al clítoris como un “pene interno”, por qué no llamar al pene un “clítoris externo”.