¿Cómo no trabajé más horas?

De seguro nadie lo piensa en su lecho de muerte.

Porque trabajar mucho concentra todos nuestros esfuerzos en el presente y nos evita la angustiosa tarea de pensar en nuestro futuro, de revisar qué queremos y de tomar las decisiones pertinentes.

Pero ¿por qué no nos gusta pensar a largo plazo? ¿Por qué no tomar en cuenta tooodas las posibilidades? Porque además, de todas las opciones posibles, la muerte es la más probable.

Y realmente no creo que sea porque nos sintamos inmortales sino porque nos da miedo pensar en nuestro carácter finito.

Pero, esta forma de pensar es realmente poco eficiente. Pensar en la muerte nos permitiría ahorrarnos muchos de los arrepentimientos más frecuentes de los últimos días.

En su libro “Los cinco arrepentimientos de los moribundos” Bronnie Ware expone las principales preocupaciones de los últimos días de vida de quienes fueron sus pacientes terminales.

Y, de una manera simplista, la solución a éstas se puede resumir en una sola frase: Es tu vida, vívela.

Osease, tu eres el que decide qué quiere y cómo lo quiere, tu eres el que debe ponerse las pilas y trabajarle para lograr ser/tener/hacer lo que has decidido.

De lo contrario, uno se arrepiente de no haber hecho lo que realmente queríamos con nuestra vida porque optamos por tomar una ruta más fácil o, escuchar a los otros o, cumplir expectativas sociales o, por un montón de otras causas por las que nos olvidamos de seguir nuestro propio camino.

Claro, no es fácil. Se necesita coraje y piel gruesa para no caer en lo que la otra gente quiere o espera de nosotros, para tomar con “filosofía” las críticas y los cuestionamientos ajenos y, sobre todo, para decir lo que pensamos y sentimos. Pero se vale y, si no lo hacemos, seremos uno más de la lista de los arrepentidos a los que ya no les queda tiempo para corregir el rumbo.

Así que, por amor a ti, ve y haz lo que te plazca.

A la esperanza hay que matarla, no dejarla que muera al último

Es bonito creer que ese famoso lema “La esperanza muere al último” es reflejo de una actitud optimista, positiva, incluso socialmente valorada.

Pero yo creo que todo es un gran lavado de cerebro. Esperar que, al final, las cosas mejoren, la gente cambie, los problemas se solucionen, es tan ingenuo como creer que la Bella realmente se enamoró de la Bestia sólo por que ésta tenía un gran corazón.

Lo que ocurre es que nuestra fascinación por los cuentos de hadas nos ha llevado a una parálisis en la toma de decisiones y, sobre todo, en los cambios que nuestras vidas demandan urgentemente.

Pero es que es relindo pensar que nuestro vecino del otro lado de la cama ahora sí, seguro, deja de hacer esas cosas que nos vuelven locos y nos hacen pensar seriamente en el atractivo de una vida en solitario. Que nuestros jefes ahora sí, definitivamente, se van a dar cuenta de qué mal nos valoraron y cambiarán sus modos y hasta nos darán un aumento.

Y así, la lista es interminable: Que si mi madre, que si mi suegra, que si la vecina, que si nuestros gobernantes. Nada, la gente no cambia, sólo tiene variaciones coyunturales dentro de su script inicial.

Lo mejor sería dejar de practicar esa dependencia fáctica y empezar a hacernos cargos de nuestra cotidianidad problemática. Enfrentar los problemas como si de nadie más dependieran porque, de hecho, de nadie más dependen, sólo de nosotros y si no lo hacemos, ¿entonces quién?

Asumamos que nuestra vida y nuestra felicidad son nuestra responsabilidad, de nadie más. Y veremos que una vez que dejamos la parálisis de lado, las cosas se ponen posiblemente difíciles pero claramente más divertidas.

Y de lectura, dos blogs lindos e interesantes. El primero, “Barking up the wrong tree” de Eric Barker es la versión “tips” de investigaciones serias mientras que “Brain pickings” de Maria Popova trae referencias literarias y filosóficas sobre problemas cotidianos.

¿Cuándo dejaremos de querer ser perfectos?

No sólo porque es retecansado sino porque aún cuando uno le intente harto, nunca es suficiente. Yo creo firmemente que el “debería de” hay que tirarlo a la basura.

Lo que ocurre es que nos convertimos en víctimas de nuestro propio deseo de perfección. Y ni hablar de las expectativas de los demás…

Pero incluso si nos da por no escuchar a los otros, uno nunca logra disfrutar de la cotidianeidad porque se nos ocurren mil y un formas en que nuestra vida podría ser mejor (no importa que tan linda sea ésta).

Que si nuestro trasero podría estar en mejor forma, que si en nuestro último proyecto podríamos haber hecho algo más, que si nos sale una cana en la ceja es el acabose. ¡Me rindo!

Definitivamente, uno hace lo que puede con lo que tiene y si esto no va acorde a las expectativas propias o ajenas pues… ni modo, a disfrutar de la vida tal y como ésta viene.

Ahora bien, me dirán, si uno no intenta ser mejor persona, ¿cómo evitar la complacencia, la mediocridad?

Pues, en mi humilde opinión, sólo uno mismo puede ser el juez de su propia vida. Ahora que, tampoco se vale hacer trampa, hay que tener un diálogo honesto con nosotros mismos.

De hecho, sondear cómo nos sentimos, qué pensamos y, sobre todo, qué queremos (para nosotros, para los nuestros, para los otros) sería una buena práctica cotidiana.

Preguntarnos para qué hacemos lo que hacemos, porque estamos donde estamos y cuál es la razón por la que nos juntamos con quien lo hacemos es la receta no mágica a una vida más tranquila y satisfactoria.

Así que mandemos todas esas expectativas falsas a volar, demos una mirada a nuestro alrededor y abracemos la encantadora vida que nos ha tocado.

El amor debería ser un concepto central de la Teoría Económica (o pregúntenselo a Adam Smith)

Aclaro: No me refiero al impacto que Don Valentín tuvo el día de ayer en nuestros monederos.

En la Teoría de los Sentimientos Morales, el padre de la economía moderna clarifica que el gran motivador de nuestra vida económica es “ser vistos”, ser “atendidos” o, dicho sencillamente, que el Otro se entere de nuestra existencia. Pero, queremos auto-engañarnos pensando que, en esas compras interminables de bienes y servicios, sólo buscamos una satisfacción material.

Mentira vil: Estamos guiados por un deseo mucho más profundo. Como dice Alain de Botton (filosofía contemporánea light en su versión más agradable): “Cuál es el objetivo último de la riqueza y el poder si no es más que la búsqueda del amor”.

Sin lugar a dudas, este ímpetu amoroso es el incuestionable motor de todas nuestras acciones económicas. Es más, nuestra existencia misma como homo economicus se lo debemos al Señor Cupido.

Ahora bien, como esta visión del amor no tiene nada de romántica, hemos perdido de vista el resto de sus componentes económicos.

En el amor, como en todo bien que busca satisfacer nuestras necesidades, el trabajo es una variable siempre presente. Es decir, no hay acceso al producto deseado si no hay una actividad laboral que nos permita alcanzarlo. En otras palabras, no hay relación amorosa exitosa sin trabajo.

Y si además, nos echamos un clavado con el otro gran padre de la Teoría Económica, Don Carlos Marx, nos quedaría claro que el trabajo es el espacio donde nos desarrollamos, donde alcanzamos la perfección. Y qué mejor que aplicar esta actividad esencial del hombre en su búsqueda más intrínseca: El amor.

Así que, ¿ya quedó claro que en el amor hay que trabajarle o seguiremos esperando que el destino nos ponga enfrente a nuestra media naranja y seremos felices por siempre sólo porque somos re-lindos?

Dejemos de asumir que las cosas se dan solas, que las relaciones “surgen” como las flores del campo y empecemos a darle duro por hacer de éstas el producto que deseamos comprar cada uno de nuestros días.